El último punki

El espíritu navideño ha dejado en mis manos un vídeo de Iván Ferreiro y Guadi Galego, interpretando Cuento de hadas en Madrid, una versión del villancico Fairytale Of New York de The Pogues. El cantante y compositor irlandés, Shane McGowan, hizo una interpretación fantástica junto a la cantautora británica Kirsty MacCol.

No pude evitar comparar los dos vídeos. Precipitadamente, caí en un abismo oscuro y me sumí en un mundo punki. La versión de Ferreiro y Galego es un brindis a la alegría estimulada por una interpretación envuelta en guiños cariñosos y rodeada de amigos y amigas que han colaborado en el villancico.

Del otro lado, la versión de The Pogues, una historia en blanco y negro. El cantante ha perdido los incisivos y su voz, un poco quebrada, exhala un aliento a derrota que contagia el semblante de los componentes de la banda. 


Lo conozco de casi toda la vida, cuando la bebida era barata y las borracheras se podían financiar a pesar de la poca pasta que teníamos. Los bares eran lugares de encuentro donde lo primordial era beber. La música, a pesar de estar siempre presente, era secundaria. Los grandes temas y las grandes conversaciones, también eran secundarios. La cerveza y los porros eran los dueños del día y de la noche.

Yo no pertenecía a ese mundo, aunque lo frecuentaba de vez en cuando. No disponía de tanto dinero para beber todos los días, tampoco era un punki que arremetía contra todo lo establecido. 

De vez en cuando lo veía en algunos de los bares habituales de una zona que el tiempo acabó devorando con el paso de los años. Se reía mucho, disfrutaba de las veladas de cerveza, también de los vermuts, pero sobre todo disfrutaba de la compañía de sus amigos, era un gran amigo de sus amigos. 

Siempre fue generoso, hizo de la solidaridad una de sus señas de identidad, una praxis que cultivó en muchos ámbitos de su vida y que le ha acompañado hasta no hace mucho. Ser solidario, a la par que alcohólico y punki, es muy difícil, casi contradictorio, por ello pienso que aún tiene más mérito.

Disfrutó de la compañía de una gatita fiel y caprichosa, su pérdida vino acompañada de lágrimas y un sentimiento de pérdida que tardó en abandonar. Siempre me pregunté por qué no volvió a adoptar otra mascota, se entendía muy bien con ellas.

Fue un paseante empedernido, recorrió el canal de Torrero decenas de veces, esto le hizo mantenerse en forma a pesar de los cigarrillos y las ingestas de alcohol. Fue capaz de enfrentarse al Atlas en esos viajes que organizaban a Marruecos en busca de no se sabe qué. Tal vez de personas más auténticas y menos sofisticadas, tal vez de un paraíso que no llegaron a encontrar.

Recuerdo el mimetismo que envolvía al grupo, se convirtieron en llamativas copias que repetían mil veces las mismas expresiones. Había una voluntad de parecerse entre ellos a pesar de que eran muy distintos. Se convirtieron en un grupo peculiar que habitaba un ecosistema muy distinto al del resto de los mortales.

No puedo rememorar el espacio del Serón, el que fuera el salón de su casa, como él decía. Fui un ausente. ¡Cuántas horas pasó en este bar! Seguro que muchos momentos de tedio, otros de encuentro y alegría, algunos de dolor. ¿Sueños? No sé si era un soñador, sé que no era un iluso, casi siempre quiso habitar el mundo en el que vivía, lo amaba y lo transitaba. El mismo recorrido, las mismas calles, los mismos bares. Era un animal de costumbres.

Ese recorrido también estaba salpicado de salas de concierto, de las que era un usuario habitual, y de manifestaciones. ¿A cuántas manifestaciones dejó de ir? A muy pocas. En los tiempos duros no dudó en enfrentarse a los grises. 

Todo se acaba, también lo bueno, lo especial, lo sagrado. La vida dio de baja a algunos de sus amigos, lo dejaron huérfano, herido, pero el mundo no se paró. Se sobrepuso a la adversidad para intentar seguir viviendo como siempre lo había hecho, tirando de cerveza, petas y de los amigos presentes. 

Dios no lo castigó arrebatándole la vida, lo dejó como testigo de un mundo perdido, de una nostalgia caducada, de una fragilidad que muy pronto se apoderaría del él. Aparecieron los dolores crónicos y con ellos la crueldad de una enfermedad que iba a cambiar su vida para someterlo a un malestar perpetuo.

Su cuerpo se ensañó excesivamente con él, fue cruel, apenas tuvo un momento de respiro. Su humor y su carácter cambiaron. Ya no se reía, a veces se atisbaba un amago de sonrisa que apenas duraba unos segundos. Tal vez le faltó un gesto de rebeldía para acabar con la tortura.

Algunas veces comentó que le habría gustado abandonar este mundo de una forma pulcra y rápida, a una edad relativamente temprana, en la cuarentena, como uno de sus amigos. Yo imaginaba un día indeterminado, en un lugar cualquiera, una insuficiencia grave y unas horas de UCI, para pasar, sin más preámbulo, a un crematorio.


A pesar del tiempo, de los achaques, de las pérdidas, sigue ahí. Acompañado de su novia de toda la vida, programando sus cervezas con mimo para no exceder el cupo, acudiendo a urgencias de vez en cuando para superar las crisis, y pensando, imagino, en cosas de viejos. 

Su fragilidad es engañosa, sus convicciones siguen intactas. Sigue siendo un punki que desprecia el sistema. Sigue pensando que el mundo es una mierda.

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