Mujer

mujer mayor

He llegado a la jubilación un poco sola, sin esa pareja que me acompañó durante años y que abandoné, definitivamente, harta de su escasa implicación en mi vida. Fue una decisión premeditada, le rogué que cambiara para hacer que nuestra relación fuera un poco más funcional. No pedía nada extraordinario, ni siquiera le pedía que me amara, me bastaba con su estima y respeto. Al final lo abandoné sin contemplaciones, apenas sufrí, todo lo contrario, alcancé una comodidad que me produjo un gran bienestar.

Pasé algún tiempo sintiéndome muy bien hasta que un día desperté con cierta incomodidad, un poco inquieta. Tal vez fue la soledad que me acompañaba en mi casa o la última película que había visto en el cine con mis amigas, no lo sé, pero empecé a pensar que me faltaba algo.

Siempre he sido un poco exagerada, tengo tendencia a magnificar las emociones y a buscar soluciones un poco extremas. Un primer diagnóstico lleno de dudas me llevó a pensar que necesitaba la compañía de alguien, de un señor, aunque me sentía arropada por mis amigas y hasta ahora no había dudado de que mi situación afectiva fuera sólida.

Aquella noche, tomando una cerveza en un bar, les pregunté impertinentemente a mis amigas, ¿no echáis en falta un tío? Las respuestas no sirvieron de mucho para buscar un consenso que me ayudara a redondear el diagnóstico: a veces sí, en demasiadas ocasiones, no los necesito, estoy muy bien sola, … 

Yo les confesé que a veces creía echar en falta a un tío, pero no sabía qué podía obtener de él, una convicción bastante arraigada me decía que no debía esperar nada de ellos. La conversación derivó en una relación bastante larga de todo aquello que nos gustaría que nos diera una pareja sentimental. Creo que todas nos habíamos vuelto muy exigentes.

Ya en casa, después de ordenar un poco mis ideas y delante de una copa de vino, pensé que tal vez fuera una buena idea citarme con un hombre sin más pretensión que pasar la tarde de manera agradable. Buscando en Google encontré que la red social más recomendable por la OCU era Tinder. Estaba decidido, me daría de alta y utilizaría solo las opciones de la versión gratuita, no estaba dispuesta a gastar un euro en una herramienta que siempre me había parecido excesivamente artificiosa.

Cuando empecé a realizar el perfil en la plataforma me asaltaron un montón de dudas, casi miedos, aunque, para contrarrestar el ataque de pánico, pensé que no iba a exponer mi intimidad más que en Facebook o Instagram. Una vez definido el perfil decidí ponerlo en remojo y esperar a ver cómo funcionaban los contactos.

Un señor, con una escritura educada y respetuosa, me invitaba a tener un encuentro sexual en un hotel de mi elección. Otro señor, menos solemne y más dicharachero que el anterior, me invitaba a compartir su afición por la lectura y los vermuts. Un tercero se presentó con un breve curriculum vital y manifestó el propósito de conversar y querer conocerme.

Me decidí por el tercero, por Lucas que así se llamaba. Después de varias conversaciones por el chat optamos por citarnos en un bar. Me aburrí como una ostra. Sabía mi nombre de pila pero nada más, ni apellidos ni domicilio. Cuando nos despedimos decidí hacer ghosting, no volví a contactar con él.

Acabé frustrada y dolida, no solo porque la cita fue un fracaso, también porque me comporté como una grosera. 

Fin del experimento, me di de baja en Tinder e intenté canalizar mis inquietudes y esfuerzos por otros derroteros. La experiencia con la red social me sirvió para mantener jugosas conversaciones con mis amigas. Sé que alguna más lo intentó, pero no lo manifestó en el grupo. 

Una fría noche de un martes anodino, cuando volvía a casa, vi junto a los cubos de la basura un gatito, estaba aterido o eso pensé. Después de cinco largos y angustiosos minutos decidí cogerlo y subirlo al piso. Pobre, estaba tiritando. Lo arropé con una mantita eléctrica que utilizaba para mis lumbalgias y le di un poco de leche. Poco a poco fue entrando en calor y se fue reanimando, por un momento temí que no iba a salir adelante.

Sin premeditarlo, había tomado una decisión muy importante. Cuando no has tenido ninguna mascota en tu vida, enfrentarte a esa tesitura es exigente y un poco angustioso, lo ignoras todo. Aunque apenas la había tratado, recurrí a una vecina que tenía un gato, resultó ser providencial. En varias sesiones presenciales me puso al día y se ofreció a ayudarme en lo que fuera. No nos convertimos en amigas pero sí en aliadas, en una comunidad en la que los vecinos apenas se relacionaban.

Me acostumbré a sus movimientos, a sus maullidos de protesta, a su carita de infante, a sus juegos constantes, a que se durmiera en mi regazo y a acudir al veterinario más veces de las que hubiera pensado. Puskas, así se llamaba el gato, se convirtió en mi mascota y mi compañero de piso, poco a poco también en mi amigo.

Una mañana soleada de junio, dejé un momento la puerta abierta mientras iba a dejar la compra en la cocina, vi con horror cómo el gato salía de casa y emprendía una excursión escaleras abajo. Solté las bolsas y salí corriendo detrás de la criatura. Cuando ya estaba en la planta baja, me di de sopetón con un señor afable que sostenía en brazos a Puskas.

¡Qué alivio! Tomé suavemente el gato de sus brazos mientras le daba un millón de gracias. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras su mano acariciaba al animal. Me llamo Juan, soy el vecino del cuarto, encantado de conocerla. Es un gato muy cariñoso, si alguna vez tiene que dejarlo solo cuente conmigo.

Nos despedimos en el rellano de mi piso agradeciéndole de nuevo el haber rescatado a Puskas. Le seguí con la mirada mientras se perdía lentamente escaleras arriba. Un pensamiento travieso me inquietó levemente. Entré en el piso, me aseguré de que la puerta estaba bien cerrada y dejé que el gato saltara de mis brazos e iniciara una carrera loca por el pasillo.