
La semana que Marta teletrabajó en Ganuza
Aquella semana de agosto, el calor era achicharrante en Pamplona. No lo pensé dos veces: decidí teletrabajar en Ganuza, un pequeño pueblo de Navarra de 35 habitantes a los pies de la sierra de Lokiz. Iba a tener toda una semana para experimentar lo que es teletrabajar en un entorno rural.
Llegué temprano. A las 9 de la mañana ya había desplegado sobre mi mesa de trabajo todo el material. Lo siguiente fue encender el ordenador y probar que las conexiones funcionaban. Estaba nerviosa, no tanto por el trabajo, como por encontrarme en un caserón enorme con todo el espacio y toda la soledad para mí.
Al final del día acabé rendida. Creo que, además de los nervios derivados de la nueva situación, intentaba que el día fuera productivo, quería demostrarme que se puede teletrabajar en el pueblo. Dormí como un lirón.
Eran las 7 de la mañana. Preferí levantarme temprano para dar un paseo antes de conectarme. Un café rápido y salí pitando, mordiendo una magdalena. Me fui hasta San Pablo. La panorámica de la sierra era impresionante. Sentí con placer el fresco de la mañana. Regresé a casa. En unos minutos encendí el ordenador.
La mañana transcurrió con una tranquilidad poco habitual. Sin interrupciones, solo una llamada telefónica al final de la mañana que aproveché para hacer una pausa y comer. La tarde se fue consumiendo lentamente, dando paso a una noche calurosa llena de estrellas.
A la mañana siguiente, la luz del nuevo día entró con fuerza por la ventana. Teníamos una reunión virtual programada a las 9:30 h. A las 9:45, el panadero del pueblo pasó delante de la casa con su furgoneta, tocando el claxon como si no hubiera un mañana. Las risas recorrieron las pantallas. Me vi obligada a dar explicaciones. Cuando les conté que estaba teletrabajando en Ganuza, algunos compañeros sonrieron y más de uno confesó que le gustaría estar en mi lugar. La reunión continuó con un ambiente mucho más relajado.
Al caer la tarde, un viento fuerte barrió el calor sofocante de la jornada. La noche refrescó. Me acurruqué bajo la manta, apagué la luz y me dormí.
El silencio me despertó y me acompañó hasta que abrí el grifo de la ducha. Se respiraba paz en la casa. La amplitud de los espacios contrastaba con el salón de mi casa de Pamplona. Una tranquilidad, ya conocida, me condujo hasta el escritorio. La ausencia de sonido se hizo más palpable al recordar el ruido de fondo de los coches de la ciudad.
Sin darme cuenta, empecé a mirar el pueblo con otros ojos. La sierra de Lokiz descendía hasta el pueblo en una inclinación verde muy pronunciada de robles y bojes. Un trozo de ese paisaje entraba por la ventana que daba a mi mesa de trabajo y me acompañaba a lo largo de la jornada. Es fácil olvidar que estaba trabajando.
Cuando me quise dar cuenta, la semana estaba llegando a su fin. Todos los días, excepto el primero, pasaron volando. Hice una limpieza rápida de los espacios que había utilizado. Me sorprendió comprobar que apenas había utilizado ropa. Hice la maleta en dos minutos. Recoger el espacio de trabajo costó un poco más: el ordenador a su funda y varios cartapacios a una bolsa de Ikea.
Tengo que volver a Pamplona. Tengo que dejar la casa que ha sido, durante 5 días, un espacio de vida y trabajo. Me invade una suave melancolía. Me acompañan paisajes, paseos y silencios. Ya en el coche, cuando arranco el motor, una leve sonrisa se dibuja en mi rostro: he descubierto un lugar donde puedo teletrabajar.

