Cumpleaños con el Beato de Liébana

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Cumpleaños con el Beato de Liébana

Apocalipsis 6, los cuatro caballeros.

Era sábado. Habíamos quedado a comer todos los amigos. Se celebraba el cumpleaños del decano de la cuadrilla, tal vez el más sabio de todos nosotros. Previamente habíamos quedado en el Sidecar a tomar el vermut. Nos enseñaron el regalo, una edición especial de los Comentarios al Apocalipsis de San Juan, del Beato de Liébana. A nuestro amigo le gustaban los libros.

Nos acercamos al apartamento de la calle Las Heras. Una mesa colorida llena de platos nos dio la bienvenida. Los anfitriones llevaban preparando la comida desde las 10 de la mañana, estaban cansados, se les notaba. Nos recibieron con besos y sonrisas, pero no había ninguna exaltación en sus gestos, estaban demasiado fatigados para mostrar alegría.

Mientras llegaban los últimos invitados se fueron formando corros y parejas de conversación. Las cervezas empezaron a salir con velocidad de un frigorífico repleto de bebidas. Opté por el vino, descorché una botella de tinto de Toro y con la copa en la mano me fui desplazando por los distintos grupos “haciendo oreja”.

Una vez que ya no faltaba nadie nos indicaron que nos sentáramos. Se montó el desconcierto habitual. Mientras unos encontraban asiento sin dudar, otros buscaban con la mirada unos ojos que les confirmaran que ésa era la silla que les correspondía. Al final, la distribución en la mesa reflejó una geografía bastante precisa de cómo iban la relaciones en la cuadrilla.

Casi todos los congregados teníamos  “una edad”. Para que nadie cayera en la tentación de sentirse joven, había dos personas, hijas de mis amigos, que representaban el paradigma de la juventud. Ellas tuvieron que lidiar con un mundo de maduros ajeno al suyo y nosotros fuimos condenados a sentirnos muy mayores. Tal vez sólo lo percibiera yo.

Me senté enfrente de un amigo del anfitrión del que tenía referencias muy escasas, sabía que era diseñador. Durante un buen rato estuve atento a su conversación, fue entretenida e ilustrativa.

La comida fue transcurriendo dando buena cuenta de las viandas y la bebida. Algunas risas y chistes acaparaban la atención de toda la mesa, sin embargo, la dinámica de la misma se movía entre dos grupos ubicados en ambos extremos. Los anfitriones estaban más pendientes de las exigencias del evento que de las conversaciones.

Llegadas las copas, la ginebra con tónica ganó por goleada. Las voces fueron subiendo de tono y los comensales empezaron a mostrarse inquietos, a levantarse de las sillas, a cambiar de lugar. Antes de que el caos se adueñara de la mesa, se decidió entregar el regalo al anfitrión. El “cumpleaños feliz” comenzó a entonarse tímidamente para acabar en un tono elevado y muy desafinado.

Apagados los cánticos, el homenajeado solicitó silencio y atención. Abrió el libro y se dispuso a leer un párrafo: “Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: “Ven”. Miré, y vi un caballo bayo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.

Cuando levantó los ojos del texto se quedó estupefacto. Todos los invitados habían caído en un extraño sopor, sus cabezas descansaban en la mesa o colgaban grotescamente de sus gaznates. Algunas copas se habían derramado por el mantel. Empezó a zarandear el cuerpo de al lado, pero sólo consiguió que cayera al suelo.

Contrariado, la celebración se había ido al carajo, apagó las luces, cerró el apartamento y salió a la calle. Decidió que lo mejor era sosegarse, una caña en el bar de al lado le ayudaría. Acodado en la barra pensó en lo que acababa de suceder. No encontró explicación. Se fue al piso del Coso, tenía que descansar, mañana recogería y limpiaría el apartamento de la calle Las Heras. Ya vería qué hacer con los invitados.