Buscando un destino

Estella. Fotografía de Miguel Angel García

Era un día soleado del mes de agosto de 1874, un emisario del general Mendiri pasó por el pueblo invitando a los aldeanos a sumarse al ejército de Carlos VII. Sebastián se encontraba en la pocilga limpiando el estiércol de los cerdos. Esa mañana, como de costumbre, se había levantado con un dolor de cabeza horrible, acentuado por los gritos que le propinaba su padre, hastiado de ver cómo echaba a perder su vida con el vino.

Desde niño ya mostraba una inquietud y un desasosiego extraño en un crío, era taciturno y pendenciero, perdía los nervios enseguida. Entre las bofetadas que recibía de los chicos mayores y los varazos que le daba su padre tenía el cuerpo lleno de moratones. Con el paso del tiempo fue domeñando los nervios con el vino hasta convertirse en un borracho.

Aquel día no aguantó más, estampó la horquilla contra el pilar de la cuadra, cogió un morral y salió con lo puesto a la plaza donde se encontraba el emisario. Sus padres tuvieron el tiempo justo para despedirse y ponerle un trozo de queso en la alforja. Al día siguiente, en Estella, se incorporaba a uno de los batallones de infantería.

Reinaba cierta euforia no exenta de preocupación, después de la batalla de Abárzuza los liberales se habían reagrupado y amenazaban Oteiza. No tuvo tiempo ni de probar las tabernas de Estella, tuvieron que partir rápidamente para afianzar las posiciones de la localidad que estaba en plena faena de atrincheramiento.

Escenario de las andanzas de Sebastián

El 11 de agosto, con un sol cegador, se desplegaron los dos ejércitos, el general Moriones con los liberales y Mendiri con los carlistas. Después de varias escaramuzas y mucho tiro de fusilería, los carlistas se retiraron a Estella. Fue un mazazo para Sebastián, era la primera batalla en la que participaba y tuvo que retirarse.

Aquel atardecer, después del recuento de bajas y revisar el material, se escapó del batallón y se fue de taberna en taberna hasta acabar borracho en el lecho de una cuneta. Al alba lo despertó una joven, presentaba magulladuras en el rostro y una herida en su brazo izquierdo. Sólo pudo escuchar su nombre, María, partió rápidamente al acuartelamiento antes de que notaran su ausencia.

Se quedó prendado, ya no pudo quitarse de la cabeza la imagen de María. Su carácter mudó, dejó de frecuentar las tabernas y emborracharse, empezó a buscarla ansioso en cada mujer que veía, en cada esquina que doblaba. Después de varios meses, desesperado, desistió de su búsqueda.

La llegada de un invierno especialmente frío trajo el derrocamiento de la república y la instauración de la monarquía con Alfonso XII. El 21 de febrero de 1875 los liberales lanzaron una gran ofensiva para acabar con el sitio de Pamplona y tomar Estella. El batallón de Sebastián, desplazado a las inmediaciones de Pamplona, tuvo que retirarse rápidamente hacia Estella ante el empuje de los liberales, en varias ocasiones su unidad estuvo a punto de caer. En la retirada se produjo uno de los episodios bélicos más celebrados del carlismo, la guarnición de Lácar fue tomada por sorpresa, paralizando la ofensiva liberal y cambiando otra vez el signo de la contienda.

Hubo muchas bajas, era la primera vez que Sebastián pasaba miedo, no tanto por el enfrentamiento en el pueblo de Lácar si no por esa presurosa retirada con un enemigo que le pisaba los talones. Fue ascendido a Sargento y felicitado por el propio General Mendiri. Regresó de nuevo con su batallón al acuartelamiento de Estella.

Mientras se recuperaba de las fatigas y se protegía de los rigores del invierno, de nuevo empezó a buscar a María. Aquel jueves pidió permiso para salir por la mañana, acudió al mercado de la plaza de Santiago y después de dar varias vueltas la localizó detrás de un mostrador de coles y puerros.

María apenas lo recordaba, su expresión había perdido el rastro de juventud que trajo cuando se alistó y su uniforme había borrado la imagen desaliñada y sucia de aquel primer encuentro. Descubrió la apostura y el atractivo del sargento. Después de un breve intercambio de palabras se citaron a las doce y media, a la una y media tenía que estar en el cuartel. Una sonrisa olvidada asomó en el rostro de Sebastian.

En una hora se contaron todo lo que cabía en sus vidas, confesaron sus anhelos, hablaron de sus padres y plantearon el futuro inmediato. Los tiempos que vivían eran muy peligrosos, en mentideros y tabernas ya se comentaba la pronta derrota del carlismo, había que decidir deprisa.

El 7 de marzo de 1875, el oficial del batallón le dio dos días de permiso para visitar a sus padres. Al poco de abandonar el acuartelamiento se juntaron en el almacén de una taberna próxima a la plaza de Santiago, se puso la ropa que había traído María y partieron hacia Pamplona. Escaparon por el norte, dirección a Abárzuza, era la zona menos vigilada.

Fueron cinco días de miedo y penosidades. Cuando llegaron a Pamplona fueron a visitar a un pariente de María. Los tuvo alojados en su casa hasta que encontró un trabajo de carbonero y pudieron alojarse en una pensión.

El 28 de febrero de 1876 Don Carlos pasaba la frontera de Francia por Valcarlos, un mes más tarde María comunicó a Sebastián que se había quedado embarazada. El 31 de diciembre los padres de Sebastián recibieron una carta sin remite en la que les comunicaba que se encontraba bien y que habían tenido un nieto, también les decía que se había casado con María, una chica de Mulugarren.

Celebraron con discreción la buena nueva en la intimidad, todo el pueblo sabía que Sebastián había desertado. Sintió un orgullo extraño por la suerte de su hijo, el destino tuvo que vapulearlo, casi matarlo, para encontrar lo que buscaba.