Días de angustia y terror

violencia de generoOtro sábado, son las doce y aún no ha vuelto. Ya habrá bebido lo suficiente para estar muy borracho. Temo su llegada.

Un ruido de llaves hurgando torpemente en la cerradura, el rumor de una respiración agitada se cuela por el pasillo. Con paso inseguro atraviesa el umbral del salón para caer en el sofá.  No dice nada. Le pregunto si le caliento la sopa, asiente con desgana.

Una bandeja protege mi entrada en el comedor, le pido que se siente a la mesa. Se levanta airado. —Quién te has creído que eres para decirme lo que tengo que hacer. Un manotazo lanza la bandeja por los aires, la sopa se derrama salpicando su cara y el vino mancha su camisa. Una ira irracional se apodera de él.

Un empujón me arroja al suelo y una lluvia de patadas acompañada de insultos cae sobre mí. Una de las patadas me alcanza de lleno en el rostro y me deja semiinconsciente. Apenas si siento los golpes, apenas si oigo sus gritos.

Ha parado, estoy quieta, no quiero despertar su furia de borracho desalmado. Un mundo del pasado llega a mí con imágenes desdibujadas. Juntos de la mano paseando por una carretera estrecha, rodeados de verdes prados y acompañados por un sol apagado de atardecer. Un bar, unas botellas de sidra, amigos, risas y besos.

Casi siempre estaba fuera, vendía lámparas por media España. Recordaba el sabor a cerveza de sus besos y las constantes salidas a los bares, una rutina que acabó por sacar a la luz una inclinación desmesurada por la bebida. Con el tiempo dejó de ser él mismo, el sabor de su boca se agrió, el brillo de sus ojos se apagó.

Las dudas fueron ganando peso, le propuso romper la relación. —Si me dejas me mato. Un llanto incontrolado se apoderaba de él mientras volvía a recitar las disculpas y promesas tantas veces pronunciadas. Quedó atrapada en un compromiso de juventud, en un chantaje emocional del que no supo escapar.

 Vestidos blancos y trajes de Armani, narcisos amarillos y rosas rojas adornaron la nave central de la iglesia. Un sí quiero ajeno a su voluntad salió de sus labios, un presagio sombrío la estremeció.

La fiesta acabó muy tarde, él con una borrachera de espanto. La noche de bodas fue el inicio de una violencia que ya no cesaría. Dos bofetadas sonoras la sumieron en un llanto silencioso mientras él caía rendido en el lecho nupcial. Seguirían noches idénticas donde ocasionalmente la doblegaría con un sexo agresivo que la despojaría de la escasa dignidad que aún le quedaba.

Cuando estaba sobrio, una mirada apagada y ausente, una expresión sombría y avergonzada lo impregnaba todo. Cuando bebía, insultos, empujones y bofetadas se iban alternando en una ruleta que la ahogaba de angustia y la paralizaba de terror.

 

En el portal se agolpan algunos curiosos alrededor de un improvisado cordón policial. Dos ambulancias cargan sendas camillas y arrancan apresuradamente rompiendo el silencio de la noche con su algarabía de sonidos y luces.

Al día siguiente, en el bar de al lado, un parroquiano lee en voz alta la noticia aparecida en el periódico. «La policía alertada por los vecinos accedió a la vivienda. Encontró en la cama el cuerpo sin vida de un varón M.P., y tendida en el suelo del comedor el cuerpo de una mujer. Según las mismas fuentes, el cuerpo de la mujer presentaba múltiples heridas, el del hombre había sido degollado».

Un silencio espeso e incómodo se apodera del bar. Las miradas de los presentes se refugian bajo la observación atenta del cortado o de la televisión. Nadie quiere ver la complicidad en los ojos de sus compañeros de barra o de mesa, nadie quiere sentirse culpable de consentir, de no denunciar, de celebrar con M.P. su undécima cerveza.