Cuando el amor se desvanece

Los primeros amores aparecieron en mi vida a una edad tardía, eran compañeras de aula, de trabajo que no tenían una intención clara excepto divertirse e independizarse de unas familias excesivamente controladoras.

A la postre resultaron relaciones muy frágiles, vientos de cambio llegaron para derribar prejuicios y erigir nuevos valores. Una tendencia alocada nos empujó a precipitarnos en pequeños abismos de exaltación. Las experiencias y fracasos de esta vorágine fueron dejando un poso de pesimismo que ya no me abandonaría.

En este caos surgió con fuerza el desamor, quedé postrado, paralizado, sin energía para vivir esa vida que me despistaba. Cuando superé el duelo me hice el propósito de no volver a sufrir, construí un blindaje que me liberó del mal de amores y mermó mis sentimientos hasta casi hacerlos desaparecer, pasé de ser una persona enamoradiza a convertirme en un geranio.

Dejé de anhelar el amor soñado, me instalé en una vida cómoda de diversión donde el alcohol y la noche seguían jugando un papel importante, llegué a pensar que tenía una vida demasiado fácil, llegué a desear complicaciones que enriquecieran mis días.

Una noche que regresaba a casa con muchas cañas tropecé y caí de bruces en la acera, me hice daño. Conseguí llegar a urgencias como pude, ningún taxi me paró, me curaron el rostro y me escayolaron el brazo, el cúbito se había roto.

Sufrí una conmoción emocional, no me perdoné el accidente ni la estupidez. Estuve un mes sin salir de casa enfadado y deprimido, me flagelé con todo el repertorio de insultos que conocía. Cuando adquirí cierta cordura decidí que debía cambiar mi vida, tenía que hacer algo.

Un día de camino al trabajo, no sé por qué, entré en la Iglesia de San Braulio, eran las ocho menos cinco, había muy pocos feligreses en espera de la misa de ocho. Para no llamar la atención me senté en un banco de las últimas filas, la iglesia olía a incienso, a pesar del frío el ambiente era cálido.

Cinco minutos fueron suficientes para sosegarme, para pensar más despacio. Cuando salí entregué diez euros al indigente que estaba en las escaleras de acceso a la iglesia. Creo que ya estaba preparado para tomar una pequeña decisión, iría al comedor social de la Casa de Misericordia tres días a la semana.

Esta experiencia me liberó de la superficialidad en la que había caído. Me enfrenté a una realidad dura de hombres y mujeres desamparadas que habían quedado expuestas a las inclemencias de una vida brutal. Trabajadores en paro, madres sin hogar, personas de escasa dignidad con una autoestima desgastada por la dureza de la calle. Fue mi primera cura de realidad.

Un miércoles muy especial una mujer distinta apareció en la fila del comedor, sobresalía del resto porque iba muy aseada, no tenía aspecto de haber sufrido las inclemencias de la calle. Tardé más de un mes en atreverme a dirigirle la palabra y cuatro meses en preguntarle si podía invitarle a tomar un café a la salida del comedor.

Fue el inicio de una amistad tramposa, la necesidad de verla a menudo se impuso, el geranio que llevaba dentro había desaparecido surgiendo con fuerza el enamoradizo que había mantenido en hibernación. A pesar de todo no manifesté mis sentimientos.

Tuvieron que pasar dos largos años para que ella encontrara trabajo, abandonara el comedor social y recuperara parte de su dignidad para que advirtiera que me sentía atraído. Aún tardamos dos años más en compartir piso. Fue un tiempo extremadamente lento, el anhelo de vivir con ella me empujaba a desear que el tiempo transcurriera más deprisa.

Fue un período de felicidad, ella consiguió un trabajo mejor, seguíamos acudiendo al comedor social tres días a la semana y nos divertíamos con cualquier cosa. Un ambiente de sosiego y amor despertó en ella la necesidad de tener hijos, mi gran aportación fue asumir ese deseo no compartido.

Después de un primer aborto el tocólogo anunció el peor diagnóstico, no podría tener hijos, una malfomación en el  útero haría imposible la implantación del óvulo. Su rostro se demudó, no pudo contener las lágrimas, un dolor profundo lastimó su corazón.

Ya no fue la misma, el sol dejó de brillar, una tristeza crónica se apoderó de nuestra vida. Los días fueron pasando lentamente dejando de lado ilusiones y futuro, nos convertimos en compañeros de un viaje a ninguna parte, en habitantes de un paisaje gris.

Apenas quedan en mi memoria vestigios de ese largo período, apenas logro recordar qué hacíamos, qué música escuchábamos, qué series tenían éxito. En mi memoria quedó un gran vacío, la evocación de una larga travesía por un desierto de sombras casi invisibles.

La senectud nos llegó reconciliados con la vida, la tristeza de antaño o lo que quedaba de ella se fundió con la melancolía de viejo, pagamos un alto precio por un hijo que no tuvimos pero aquello dejó de doler.

Un mes de abril, paseando por el parque del Ebro, rompimos un letargo de años, el contacto de sus manos desbarató el maleficio, volví a descubrir el brillo en su mirada, a desear su compañía. Hemos vuelto a caminar juntos por la vida sin otra ilusión que compartir los días que nos quedan.