La encantadora de gatos

Fotografía de Brida_Starigth

La recuerdan correteando, persiguiendo torpemente a los gatos y al perro por el patio de su casa, con la rodillas sucias y los brazos cargados de arañazos. Vivía en una parcela de Valdefierro, una casita de un piso con un patio de 25 metros que una madre aficionada a la jardinería había tapizado con multitud de plantas y un ailanto indomable que pujaba por liberarse de la tierra y perderse en el cielo.

Poco a poco los arañazos fueron desapareciendo mientras aumentaba su destreza para tratar a los felinos, ya no los perseguía, ya no los acariciaba con torpeza, aprendió a tratarlos con delicadeza y a llamarlos por su nombre.

Pasó de una curiosidad exagerada a un aprecio visceral por el mundo animal. Cuando salía de casa la calle se convertía en un calvario para su madre, siempre se empeñaba en llevarse a casa gatitos desamparados o palomas cojas, muchas veces acababa en un llanto desolado por la negativa de su madre a incorporar a la familia más animales abandonados a su suerte.

En la escuela un halo de marginación la rodeó, la niña de los gatos, hasta que una riña feroz con un niño la cambió de categoría, ya nadie podría despreciar a los gatos sin pagar un alto precio, pasó a ser temida. Enfrentarse a la realidad de otros niños la convirtió en una niña rara y taciturna.

El paso por el instituto fue extraño, a su aura de niña rara poco amigable añadió una indumentaria zafia que le ayudó a crear un espacio de marginación y aislarse aún más del contacto con sus compañeros. Para entonces ya había sufrido la pérdida de dos gatitos, ambos murieron en su regazo, uno de ellos ayudado por una sobredosis de anestesia que le puso el veterinario. El sufrimiento de estas experiencias le ayudaron a conocer mejor la realidad de los animales y a fortalecer el carácter.

A pesar de sus problemas con la experimentación animal hizo Veterinaria, era una forma de estar cerca de ellos y la mejor manera de protegerlos y ayudarlos. Las asignaturas curriculares las complementó con contenidos relacionados con estrategias y paliativos que ayudaran a los animales moribundos.

Trabajó en varias clínicas veterinarias y como voluntaria en refugios. Con la experiencia se convirtió en un experta en tratar animales desahuciados. Además del acervo químico, desarrolló un sexto sentido para comunicarse con ellos. Adquirió cierta notoriedad en el ámbito veterinario aunque solo le sirvió para que se mofaran de sus métodos.

Una tarde de primavera estando trabajando en el refugio, una señora de edad avanzada preguntó por ella. Se llamaba Juana, su marido se estaba muriendo, no quería fallecer en el hospital, lo habían trasladado a su casa pero no sabía cómo ayudarle. Después de muchas negativas y una insistencia tenaz accedió a ver al paciente.

Encontró a un moribundo con la expresión crispada, estaba sufriendo a pesar de la dosis de morfina que le habían recetado en el hospital. No sabía qué hacer, se sentó al borde de la cama, le cogió ambas manos y empezó a hablar con él. Se llamaba Sabino, como apenas le oía acabó susurrándole al oído: Me llamo Angélica, soy la encantadora de gatos, he venido para ayudarte, quiero que te tranquilices e intentes dormir, yo estaré contigo…

En apenas dos minutos Sabino se relajó, después de muchas horas de insomnio consiguió conciliar un sueño inquieto. Se despidió de Juana y le dejó su tarjeta. Ya en la calle se preguntó si la comunicación que tenía con los gatos también servía para las personas. Tal vez fuera así, notó un leve sobresalto en el corazón, una perturbación que no había sentido con los mininos.

Aquella experiencia supuso un cambio radical, muchas personas, casi todas mujeres octogenarias, solicitaron su ayuda. Inició una actividad intensa, tuvo que acompañar a muchos pacientes en su agonía, incluso tuvo que abandonar la compañía de sus animales.

Era una actividad emocionalmente demoledora, extenuante, en la mayoría de los casos se enfrentaba a pacientes con dolores o con un miedo inquietante a la muerte. Solo podía utilizar palabras susurradas al oído, ese era su único arsenal terapéutico. Muchas veces echó en falta los sedantes y anestésicos que utilizaba con los animales, pero no podía usarlos con los ancianos, la hubieran crucificado, se había convertido en una personaje extraño que no generaba simpatía, solo la querían los viejos.

Poco a poco, paciente a paciente fue perdiendo fuerza, cada fallecimiento consumía un trocito de su vida, su corazón se fue debilitando mientras una tristeza profunda se apoderaba de ella.

Un día la encantadora de gatos cayó enferma y no volvió a salir de casa, varias octogenarias la cuidaron hasta el final. Cuentan que se rodeó de sus mascotas y pasó sus últimos días acariciándolas y susurrándoles palabras. Al anochecer escuchó el susurro de un minino que se asomó a su oído, fue su último acto, el amanecer se la llevó acompañada por la mirada triste y penetrante de sus gatos. Tenía 35 años.