De policías y caseros

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Un día nos llamó una agente para comunicarnos que teníamos la obligación de registrar en la web de la policía a todos los huéspedes que pernoctaran en el piso. Era una norma que los hoteles venían cumpliendo hacía mucho tiempo, querían extenderla a todos las viviendas que hospedaran en régimen de alquiler vacacional.

Me acerqué a las dependencias policiales, tenían que darme las normas y las credenciales de acceso a la web. Mientras me registraban en su sistema, una agente me comentaba. — Los “malos” siempre buscaban lugares poco controlados donde hospedarse. No es infrecuente que una pareja separada, con una orden de alejamiento, intente tener un encuentro sexual. Concluía. — Inevitablemente estos encuentros acaban con la mujer maltrecha física y emocionalmente. Por eso pedimos que el registro en la web se haga inmediatamente, para actuar rápidamente en el caso de que salte la alarma.

Nos hicimos con una app que, a partir de la fotografía del DNI, extraía los datos, solicitaba la firma en la pantalla del móvil y enviaba el registro a la web policial. Aún fuimos más lejos, para abreviar la recepción, hicimos del registro “on line” una práctica habitual, enviábamos un formulario a través del correo electrónico al huésped, éste lo cumplimentaba y firmaba, y, automáticamente, se grababa en la web de la policía. Nos acostumbramos a esta forma de trabajar.

Pensamos que habíamos resuelto bien este nuevo trámite, nos preocupaba entretener a los huéspedes con cosas que no tuvieran que ver con la estancia en el piso. Este mismo sistema lo aplicaríamos en la casa de Ganuza.

Ya teníamos un sistema de registro de huéspedes no presencial. El pago del alquiler se hacía a través de las pasarelas de los portales o por medio de una transferencia electrónica. El control de la calefacción lo habíamos solucionado con un termostato controlado vía wifi. Ya sólo nos faltaba poner un sistema de apertura de puerta que permitiera el acceso controlado a la vivienda sin necesidad de una llave o tarjeta. Cuando consiguiéramos esto, el huésped ya no pasaría por el trámite obligado de conocer al anfitrión, pensábamos que esto era un gran salto en la calidad de atención al cliente.

Unos precios ajustados y unas opiniones muy generosas habían permitido que el alquiler del piso funcionara muy bien. Casi todos los fines de semana estaba alquilado, esto nos obligaba a ocupar mucho tiempo en limpieza, lavadora, plancha y recepción, los huéspedes casi nunca llegaban a la hora prevista. Acabamos cansados, nos estábamos planteando el alquilarlo por meses.

Un sábado a las diez de la noche, estando en Zaragoza tomando vinos, recibimos una llamada de la policía instándonos a que nos presentáramos urgentemente en la vivienda. Un taxi nos acercó. Dos policías nos recibieron en la puerta de la casa y nos invitaron a subir al piso, estaba precintado. Preguntamos qué había pasado, no nos dieron ninguna explicación, únicamente nos ordenaron que acudiéramos a la mañana siguiente a la Comisaría del Paseo María Agustín con el libro de registro y las fichas de los huéspedes.

A la mañana siguiente, a las nueve, ya estaba en el hall de la comisaría. A las diez, un uniformado me acompañó a un despacho, me pidió que me sentara y que le entregara las fichas de las personas que habían accedido al piso ese fin de semana. Después de echarles un vistazo por encima, empezó a hablar.

— Ayer a las 8 de la tarde se recibió una denuncia en la comisaría, la denunciante nos comunicaba que se oían gritos de socorro de una mujer en el piso de alquiler. Mis compañeros se personaron en la casa y con la ayuda de una vecina lograron acceder a la vivienda. Encontraron a una mujer sentada en el sofá con la mirada perdida y la cara ensangrentada. Una ambulancia la trasladó al hospital. El parte de lesiones incluía, además de múltiples contusiones, la nariz partida, una fisura en una costilla y un ojo dañado. No encontraron al agresor, está en busca y captura.

Continuó con el tono cada vez más elevado. — Esto no tenía que haber sucedido, las alarmas tenían que haber saltado, el agresor tenía una orden de alejamiento, nuestros compañeros habrían detenido al sujeto antes de producirse la agresión. Las fichas que me ha traído no se corresponden con la identidad del agresor y la agredida, son falsas.

Aprovechando una pausa intenté explicarle el sistema de “check in”. Me cortó gritando. — Es una puta mierda, le han engañado. Se le va a caer el pelo.

Dejé las fichas y el libro de registro, y salí del despacho. Me sentí humillado, culpable e impotente ante la violencia que se había cebado en una mujer desesperada. La calle me recibió con las aceras vacías y un aire lúgubre. Conseguí encontrar una floristería abierta, con un ramo de rosas me dirigí al Miguel Servet. No me vio, le pedí a una auxiliar que le entregara el ramo, en el interior había dejado una tarjeta en la que había escrito “Un amigo”. Abandoné el hospital encolerizado y con la determinación de hacer lo necesario para que esta mujer no volviera a sufrir una agresión.

Fui condenado a pagar una multa de 3.000 euros y nos prohibieron alquilar la vivienda en régimen vacacional durante un año. A pesar de considerar injusta la sanción, no me enfadé, lo acontecido había sido muy grave.

Tres meses más tarde fui citado de nuevo por la policía. El maltratador, después de pasar por los juzgados y estar a la espera de un nuevo juicio, había sido hallado muerto en su apartamento. Los forenses habían encontrado narcóticos y cianuro en su cuerpo. En principio la tesis era el suicidio, pero no habían descartado otras causas. Estaban investigando el entorno familiar de la maltratada y las personas que había tenido alguna relación con él. Me preguntaron si podía aportar alguna información. Con cierto nerviosismo les respondí que no. — Puede usted marcharse.

La calle estaba animada, una luz de final de verano le daba un aire irreal. Cogí el autobús a Torremedina, Pili vendría a recogerme con el coche para llevarme a casa. Un trayecto de media hora me devolvió imágenes de una mujer maltratada acompañadas de un recuerdo perturbador. Un desasosiego pasajero dio paso a una sensación de alivio, el mundo contaba con un malnacido menos.