En estado de shock

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He caído en la misma trampa, he confiado en un amor destinado al fracaso, en un hombre que me ha decepcionado. Tengo mala suerte, no elijo bien, no me eligen bien, soy víctima de una necesidad afectiva que me destroza la vida. Tal vez no sirva para mantener una relación larga, tal vez los asuste con mis cosas.

Me da igual preguntarme, no encuentro respuestas. Quizás esta última ruptura tenía que darse por necesidad, había demasiados problemas que resolver, decisiones difíciles que tomar, una convivencia complicada. A la postre resultó un error infantil vivir juntos.

Por él, por nosotros, nos retiramos a un pequeño paraíso alejado de la ciudad. Pensamos que era lo que necesitábamos, el proyecto para dibujar un futuro de esperanza, la decisión que nos haría valientes y nos permitiría enfrentarnos a los males que nos habían acompañado toda la vida.

No fue así. ¡Qué ciega estaba! Creía que las exigencias de la nueva casa nos ayudarían a estabilizarnos, a ser pragmáticos, que transformaríamos esa pequeña parcela de tierra en el cimiento de los sueños tantas veces postergados. Tuvimos en nuestras manos la ocasión de crear un mundo a nuestra medida. ¡Qué oportunidad perdida!

Se marchó de casa furtivamente, casi sin avisar, como si le diera vergüenza. Arrastrando sus viejos problemas, abandonando todas las responsabilidades, dejándome en una estacada de desolación y vacío. Ese día pensé en todo, algo me ayudó a llegar al día siguiente, no sé, tal vez la intensidad de la crisis personal que él arrastraba y que lo hacía tan vulnerable o la serenidad y el amor de mis animales.

Inicié un calvario largo y duro. El llanto, la familia y los terapeutas estuvieron a mi lado, el tiempo se convirtió en mi aliado, sabía que cada minuto que pasaba me alejaba un poco más del infierno.

Después de cuatro meses puedo respirar con cierta tranquilidad, noto cómo la herida se va cerrando. A veces pienso que no me convenía, he mejorado mucho, tres meses antes creía que no podía vivir sin él. Mis amigos me dicen que me encuentran mejor, que han vuelto a descubrir mi sonrisa.

He empezado a salir de esta prisión que me protegía, de la compañía segura de mis animales, de este pequeño mundo de árboles y plantas. Mañana he quedado a comer, necesito recomponer mi vida social rota por la ruptura y el alejamiento de la ciudad.

No sé, tal vez en un mañana próximo conseguiré que el recuerdo no sea doloroso, que el episodio más apasionado de mi vida sea una historia para contar, que cuando lo vea por la calle no sienta la necesidad de ocultarme.

Quiero recuperar mi vida, recomponer mi mundo sin él, soñar con un futuro sin dolor ni ausencias. No sé si estoy preparada, me siento huérfana sin el amor de una pareja. Tal vez no crea en mí misma y no asuma la responsabilidad de gestionar mi destino. Tengo que pensar qué voy a hacer con mi vida.

A veces, el curso de mis pensamientos se rompe martilleado por un recuerdo que me desborda. Es él, está a mi lado, cuando los sueños aún eran posibles, cuando el amor lo podía todo. Entonces me ahogo en un mar tranquilo de angustia, el llanto se apodera de mí y me compadezco.

Anoche soñaba con un pequeño príncipe hecho de sonrisas y amor que me protegía y me conducía por mundos de ensueño. Así lo recuerdo, así era al principio. Tal vez se cansó de hacer de príncipe, tal vez la magia lo abandonó y se perdió en la espesura del bosque.