En el cementerio

La ciudad había cambiado, un inusitado crecimiento económico propiciado por las nuevas energías había sido la responsable. La desigualdad social seguía vigente, pero la pobreza afectaba a menos familias. Se dio un fenómeno extraño, la presencia de indigentes en las calles se redujo drásticamente.

En estas circunstancias se produjo un recorte severo de cadáveres indocumentados que entraban en la morgue y que nadie reclamaba. El problema afectó inmediatamente al ámbito universitario. El jefe de estudios de la Facultad de Medicina se quejó agriamente del material que estaban manipulando los alumnos en las prácticas. Ante la escasez de nuevos cadáveres, estos se utilizaban una y otra vez hasta que solo quedaban despojos irreconocibles.

Este era un problema nacional, la escasez afectaba a todo el territorio. Se creó una comisión interministerial, Universidades, Interior y Exteriores, para estudiar el problema. Se propuso importar cadáveres de Marruecos, desde Europa era imposible, tenían el mismo problema de escasez que en nuestro país.

Muy pronto se detectaron problemas, los cadáveres en Marruecos iniciaron una escalada de precios sin precedentes, a ello había que sumar una burocracia infernal, se trataba de una mercancía muy sensible. Además, el coste del mantenimiento y traslado de los finados era muy alto, ataúdes herméticos dotados de refrigeración. 

Las Universidades protestaron, no podían asumir el elevado coste de los cadáveres para las prácticas de los estudiantes. Muy pronto no tardaron en llegar a los responsables universitarios otras propuestas para proveer de cadáveres más baratos las prácticas médicas. 


Todas las noches, los habitantes del cementerio se juntaban, en una de las capillas de los difuntos más adinerados, para dar un paseo y observar el estado de la comunidad. Después del paseo volvían al punto de encuentro para comunicar las incidencias. Si todo había ido bien, cada uno regresaba a su tumba.

Aquel martes, como todas las noches, se juntaron para hacer la ronda. Comprobaron alarmados que dos cadáveres habían sido sustraídos, uno de ellos en una tumba del ala Este y el otro en un nicho ubicado en la zona del Santo Rosario, junto al aparcamiento. 

Fue una reunión muy agitada, hacía mucho tiempo que no sucedía algo semejante. Estuvieron hasta el alba haciendo propuestas de todo tipo. Decidieron contar los vivos. Intentaron por todos los medios que los empleados del servicio de limpieza y mantenimiento vieran el desaguisado montado en la tumba y el nicho expoliado, confiaron en que denunciarían este hecho a las autoridades.

Se tranquilizaron un poco. Dejaron que la denuncia siguiera su curso para que esto no volviera a suceder. Transcurridos unos días, en la ronda llevada a cabo el miércoles por la noche, descubrieron con horror que dos nuevos cadáveres habían sido robados. 

Conforme los días avanzaban, el problema se fue agravando, el robo de cadáveres se convirtió en una práctica habitual. La alarma se extendió por todo el cementerio, la situación se hizo tan insostenible que sus habitantes se plantearon organizar grupos de autodefensa.

Se convocó una asamblea urgente, la asistencia fue multitudinaria. Después de algunas discusiones, una de ellas fue especialmente acalorada, tomaron una drástica decisión. Se desearon éxito y regresaron de nuevo a sus tumbas. 


La Universidad se alarmó de nuevo, otra vez faltaban cadáveres para las prácticas médicas, uno de los proveedores más importantes había desaparecido. El Jefe de Estudios se puso en contacto con la familia para recabar información sobre el empresario. Una voz femenina contestó lacónicamente al teléfono, hace tres días que no aparece por casa, hemos denunciado la desaparición a las autoridades.

Quince días después de la denuncia, encontraron en el cementerio dos cadáveres enterrados en sendas tumbas, una al lado de la otra, en una de ellas se encontraba el empresario desaparecido. Según la policía, señalaba la prensa, las primeras investigaciones apuntaban a un ajuste de cuentas.

En el cementerio se celebró este hecho por todo lo alto, no solo porque ya no se producían robos de cadáveres, también porque se habían incorporado a la comunidad dos finados experimentados en la profanación de tumbas. Por aclamación se decidió nombrarlos asesores permanentes.

El camposanto volvió a ser un lugar de paz y sosiego, los muertos pudieron descansar tranquilos y pasear plácidamente por la noche, acompañados por la cálida luz de las luciérnagas.