En el cementerio
La ciudad prosperaba de día, pero en los cementerios la inquietud crecía. Las luces de neón iluminaban las avenidas, mientras las sombras más densas se acumulaban entre las tumbas. La desigualdad social seguía vigente, aunque los mendigos casi habían desaparecido. Y con ellos, también escaseaban los cadáveres sin reclamar en las morgues.
El jefe de estudios de la Facultad de Medicina se quejó agriamente: los alumnos manipulaban cuerpos ya convertidos en restos irreconocibles. La escasez era nacional. Una comisión interministerial buscó cadáveres en Marruecos, pero los precios se dispararon y la burocracia fue infernal.
Las universidades protestaron. Entonces comenzaron a llegar propuestas más discretas, más baratas… y mucho más siniestras.
Todas las noches, los habitantes del cementerio se reunían en la capilla de un difunto adinerado. Sus huesos crujían al andar, y los que aún conservaban piel dejaban un rastro húmedo sobre el suelo. Algunos se acomodaban en bancos cubiertos de polvo, otros sostenían flores marchitas pegadas a sus manos rígidas. Después de la reunión, daban un paseo lento entre las tumbas, vigilando la comunidad. Luego regresaban para compartir noticias.
Pero un martes, al recorrer el ala Este, se encontraron con un nicho vacío. Y en la zona del Santo Rosario, otro más había sido profanado. El aire de la capilla se llenó de murmullos ásperos, como viento arrastrando hojas secas. El miedo se extendió: si alguien era capaz de arrastrar cuerpos de sus tumbas, ¿quién les aseguraba que mañana no los desmembraran también a ellos?
Las noches siguientes trajeron nuevos robos. El cementerio entero se estremecía con cada descubrimiento. Se convocó una asamblea multitudinaria, donde las calaveras se golpeaban unas contra otras discutiendo. Finalmente, adoptaron una drástica decisión: organizar su propia defensa.
Mientras tanto, la Universidad sufría de nuevo: uno de sus proveedores de cadáveres había desaparecido. Su familia denunció la ausencia con voz quebrada. Quince días más tarde, en el cementerio hallaron dos nuevas tumbas abiertas. En una reposaba el empresario desaparecido. La prensa habló de un ajuste de cuentas. La policía apenas investigó.
En el cementerio, sin embargo, hubo celebración. No solo habían acabado los robos: se habían incorporado dos finados expertos en la profanación de tumbas. Esa misma noche fueron nombrados asesores permanentes.
Y desde entonces, cada ronda nocturna resonaba con sus consejos. Sus voces secas dictaban nuevas estrategias para defender el camposanto. Poco a poco, los vivos que se atrevían a pasar junto a la verja empezaron a desaparecer.
El cementerio volvió a ser un lugar de calma. Los muertos descansaban tranquilos, paseando bajo la luz mortecina de las luciérnagas. Pero en la capilla, dos figuras recién llegadas seguían sonriendo, con las cuencas vacías brillando en la oscuridad.
