Encuentro a ciegas

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Fotografía de Alejandro Groenewold

Una solicitud de amistad de una mujer llegó a mi muro de Facebook. La acepté. Me invitaba a formar parte de un grupo de personas solteras cuyo objetivo era pasarlo bien. Amablemente decliné la oferta.

Poco tiempo después, me puse en contacto con ella y le pedí que me añadiera al grupo, me encontraba sólo y me apetecía. Leí con mucha curiosidad el contenido de la página: encuentros en restaurantes, viajes para conocer ciudades o asistir a eventos especiales, bailes, club de lectura, … Me pareció un grupo muy interesante.

Habían programado una comida en el Restaurante Urola, ya lo conocía, había degustado su menú y además tenía muy buenas referencias, me apunté. Para familiarizarme con mis nuevos amigos, empecé a establecer contacto con alguno de los asistentes a través de facebook.

Llegó el día, estaba un poco nervioso, moverme en grupos nunca se me ha dado bien. Acudí el primero a la cita, pedí un Somontano en la barra e hice acopio de valor para enfrentarme a mis nuevos compañeros. Los fui saludando uno a uno conforme iban llegando. Creo que con la mayoría logré aparentar una seguridad creíble. Uno de ellos manifestó una altivez que me desconcertó y me despojó de buena parte de la confianza que había acumulado.

Iniciamos un acercamiento titubeante hacia el comedor. Una vez acomodados pude fijarme con más detenimiento en los comensales: hombres y mujeres serios y atentos, tal vez un poco estirados, lucían una sonrisa discreta y poco expresiva, escuchaban con atención y hablaban con seguridad, … Me sentí más intimidado de lo que ya estaba. Empecé a pensar que no había sido una buena idea acudir a este encuentro.

Empezamos a comer. Unos pimientos asados con cebolletas y anchoas, y un vino joven, me llevaron a un mundo más amigable que me liberó de algunas cautelas. Cuando llegamos a los cafés, mis compañeros ya habían desterrado el rictus de sus sonrisas y ablandado sus gestos, casi podía sentirme integrado en el grupo.

Salimos del restaurante un poco achispados, alguien propuso que nos dirigiéramos al Anábasis-Ανάβασις, un local peculiar situado en la calle Heroísmo, un bar-restaurante abierto solo para socios. Cuando llegamos, me di cuenta de que era el mismo que aparecía repetidamente en Facebook mencionado por varios de los asistentes.

Era un local amplio, con un gran espacio para montar mesas u organizar bailes. Estaba ambientado con una luz tenue y una música suave. A la derecha había una barra larga, al fondo lo que parecía ser el acceso a los baños o la cocina. A la izquierda se podían ver unas escaleras un poco siniestras que descendían hacia un sótano oscuro.

Paulatinamente me fueron presentando a todos. Apretones de manos, gestos de camaradería y sonrisas blancas me fueron acompañando hasta un vaso con dos cubitos de hielo y una medida de Cardhu. Unos sorbos fueron suficientes para caer en una borrachera inesperada y total. La borrosa discusión entre dos señores con corbata, es el último recuerdo que guardo de aquel viernes por la tarde.

A la mañana siguiente dos policías se presentaron en mi casa. El sonido insistente del timbre dio paso a unas voces autoritarias en el pasillo. ─ Abra la puerta, policía. Salí de la cama con mucho esfuerzo, una resaca de espanto me estaba taladrando la cabeza mientras un temor profundo se apoderaba de mí. Nada más quitar el pestillo, la puerta se abrió violentamente empujada por dos armarios uniformados. ─ Vístase, nos vamos a comisaría.

El mundo se abrió a mis pies. ¿Qué había pasado? Me hundí en un pozo de aturdimiento y desesperanza mientras un coche me trasladaba hasta la comisaría de Delicias. Una luz apagada me mostró por unos segundos la profundidad de la Avenida Madrid.

Un reducido despacho con mobiliario pasado de moda y olor a viejo se convirtió en una escenario de miedo y expiación. Un interrogatorio de película intentaba sonsacarme aquello que no conocía, una supuesta realidad que no recordaba.

Me encerraron en una celda mientras esperaba ser trasladado a los calabozos del juzgado. Después del ajetreo, la resaca volvió a ocupar su lugar, un enorme cansancio me hundió en un sopor de desolación y fatalismo.

Alrededor de la una me sacaron y me llevaron a un despacho. Un sujeto de paisano, que se presentó como teniente Ramírez, me pidió disculpas. Todo había sido una confusión, una identificación errónea había provocado el arresto. Me tomó levemente del brazo, me condujo hasta la puerta que daba a la calle y se despidió lacónicamente. ─ Puede usted marcharse.

El sol del mediodía me deslumbró con una luz de incredulidad e impotencia que dio paso a un dolor intenso. No pude evitar el llanto. Una vulnerabilidad desconocida se apoderó de mí. Sentí una necesidad urgente de escapar, de desaparecer de la ciudad que me había violentado. Quería perderme de vista a mi mismo, abandonar a ese atolondrado que había permitido esta violencia.

La rutina de los días fue curando las heridas, intenté enterrar esta vivencia en lo más profundo de mis entrañas.

Al cabo de un mes aproximadamente, leí un pequeño homenaje en Facebook dedicado a uno de los que habían participado en el encuentro de aquel viernes, invitaban a sus exequias. Había fallecido en la UCI del hospital Miguel Servet después de 29 días en coma.