Viviendo solo II

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Este texto es la continuación del relato publicado el miércoles,
Viviendo solo


Poco a poco fui saliendo de ese estado raro y apagado provocado por las noches de insomnio. El desasosiego llegó a desaparecer, pero no la tristeza. Quedó incorporada de forma natural a mi carácter, va conmigo, no desentona, ninguno de mis amigos ha notado cambio alguno.

Los días se fueron convirtiendo en una rutina confortable, el trabajo me absorbía una buena parte del tiempo y de las energías, pero estaba a gusto en él. Después de bastantes años, volví a engancharme a series de televisión, prácticamente todos los días tenía una cita ineludible con un nuevo capítulo.

Volcaba todas mis esperanzas de vivir en el fin de semana, pero éste acabó por convertirse en una rutina de bares y conversaciones de escaso interés para mí, empecé a aburrirme con mis amigos. Moverme en un mundo de parejas no me resultaba cómodo, había que impostar unos modos y una suficiencia que no tenía. Ya no encajaba en el grupo.

En mi trabajo había varios clubs de ocio, decidí apuntarme en dos ellos, el de Montaña y Arte. Este último se organizaba en torno a la visita de museos y monumentos en distintas ciudades. Entre uno y otro ocuparía varios fines de semana.

En Ordesa

Fotografía de Sonia Górriz Domingo

Mi primera experiencia colectiva fue una excursión a Ordesa, se trataba de subir a la explanada por el Turieto bajo y bajar por el Turieto alto, antigua senda por la que los habitantes del valle subían a Ordesa. Combinaba la espectacularidad de las cascadas del río Arazas con la penumbra fantasmal del bosque por la que discurría la senda del Turieto Alto.

Guardo una historia muy triste. Nos contaron que en el bosque había fallecido, atrapado bajo un árbol, el último bucardo, una subespecie única en el mundo. Me imagino a la pobre y solitaria cabra vagando por ese bosque de árboles destrozados por las avalanchas.

A pesar de su belleza, la excursión no me gustó. Mi incapacidad para socializarme hizo imposible integrarme en unos grupos ya establecidos y formar parte de unas relaciones ya consolidadas. Soportaba mal la servidumbre de tanta gente, acabé harto de su alegría fácil, cansado de su simpatía mecánica.

En Tarazona

Fotografía de Jesús Pérez Pacheco

A pesar de la experiencia, decidí probar suerte con el grupo de arte. Había programada una visita a la catedral de Tarazona, una profesora de arte de la Universidad ejercería de cicerone.

Un soleado domingo de abril, a las 9 de la mañana, salíamos de Zaragoza rumbo a la capital del Moncayo. Nada más llegar nos dirigimos a una cafetería para quitarnos el letargo del viaje, la cafeína y la tonalidad de la luz nos mostraron una ciudad hermosa rebosante de espiritualidad.

Ya en el templo nos dispusimos a seguir con atención las explicaciones de la profesora. En un momento dado, el ambiente me sobrecogió, una sensación extraña se apoderó de mi. Me descolgué del grupo e inicie un periplo lento, en solitario, por los rincones de la catedral, quería percibir con nitidez aquello que me estaba afectando.

Después de un tiempo indefinido alguien me gritó, — que nos vamos. No fui consciente del tiempo transcurrido, sospeché que algo me había ocurrido, no tenía ninguna consciencia de la última media hora. Me asusté.  Un refresco en una terraza antes de salir me tranquilizó.

En la carretera

En el autobús me senté al lado de una monja, una mujer más joven que yo, trabajaba de profesora en el Colegio María Inmaculada. Se había apuntado a este grupo al acabar la carrera, ya había visitado con ellos un montón de ciudades. Estaba encantada.

Aproveché su condición de religiosa y su simpatía para contarle desenfadadamente lo que me acababa de suceder en la catedral. Ella me escuchó muy atenta pero no pudo ocultar su perplejidad. Le pedí disculpas por ser tan descarado. Me tranquilizó, le alegró que le hubiera confesado esa experiencia. No sé si por corresponder a mi confianza o por seguir una conversación de tono trascendental, me contó cómo había llegado a ser monja.

Un desamor le había roto el corazón. Nunca había sufrido ni llorado tanto. No sabía qué hacer con su vida. Un día, mientras paseaba por la calle, contempló cómo un chico abofeteaba a su pareja. Sin pensarlo se lanzó sobre el maltratador derribándolo de un empujón. Con rabia le espetó . — Cómo vuelvas a tocarla te corto los huevos. El joven mal nacido no salía de su asombro, se levantó sin decir palabra y huyó de una escena en la que ya se habían congregado varios espectadores.

Siguió hablando.— Este incidente violento me cambió. Dejé de sufrir y llorar. No entendí mi reacción, desconocía que pudiera ser capaz de comportarme así. Estuve varios días intentando interpretar lo que había sucedido. Empecé a intuir que la experiencia de acudir en ayuda de esa chica había sido trascendental, sospeché que algo o alguien me había empujado a actuar así. Una conversación con la hermana Alejandra me ayudó a tomar la decisión.

Me dejó atónito. Una admiración sin reservas me empujó a buscar su compañía. Me apunto a todas las excursiones, siempre que puedo me siento a su lado. Disfruto de su conversación, de su mirada, de su risa, … Contemplamos con entusiasmo la singularidad de exposiciones y edificios, la belleza de museos e iglesias. Un cielo azul acompaña la carretera, un tiempo de color naranja es testigo de un pequeño milagro.

Espero con impaciencia la próxima salida para sentarme a su lado, para disfrutar de un domingo sin fin. El desasosiego se ha incorporado a mi vida, no sé cuánto tiempo podré aguantar sin confesar esta locura. Me he enamorado.