Flores en el Nacedero del Urederra

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Fotografía de Jaime Juan

En busca del río

La casa rural había quedado libre unos días de septiembre, decidimos ocuparla nosotros para hacer turismo y descansar. Pili aún no había visto el Nacedero del río Urederra, ésta era una buena oportunidad para visitarlo, el lunes reservamos plaza y al día siguiente, a las once de la mañana, salíamos para Baquedano.

Cuando llegamos nos quedamos sorprendidos, un martes de septiembre y el parking estaba casi lleno. Haríamos una excursión acompañados de un montón de gente.

La bajada hasta el bosque de hayas que protege el conjunto del Nacedero fue rápida, adelantamos a un montón de viandantes. Es un paseo familiar apto para acompañarse de niños muy pequeños. Vimos un señor con muletas, hace falta tener coraje y mucho fondo para hacer un paseo tan largo con las exigentes muletas.

El Nacedero del Urederra se podría dividir en dos partes, la más baja donde el río forma remansos de aguas azul turquesa que dan al entorno un aire irreal y fantástico. Y la parte más alta, donde se encuentra la pequeña cascada de agua que surge de la roca y da lugar al nacimiento del río. La mayoría de los visitantes se quedan extasiados en la parte baja, el resto deciden acabar el recorrido y subir por una senda rota por pequeños arroyos, rocas dispares y multitud de raíces.

Unos minutos antes de llegar al Nacedero, desde una de las múltiples pasarelas que hay en la senda, vimos unos claveles rojos y blancos depositados en una de las pozas del río. Nos sorprendió muchísimo. Lo primero que pensamos es que se trataba de los restos de un homenaje a alguien que había fallecido. Nos quedamos con la duda, de regreso al pueblo preguntaríamos a la señora que gestiona la entrada del parking.

Volvimos por el camino indicado por los gestores del parque, una estrecha pista muy poco frecuentada que discurre apaciblemente por el bosque de hayas. En muy poco tiempo estábamos enfrente de la caseta del aparcamiento.

 

El misterio de las flores

Fotografía de Miguel Angel García

Preguntamos a la señora por el sentido de las flores que habíamos visto en el río. La expresión de su cara cambió, una mueca de disgusto asomó en su rostro. Se disculpó por no poder darnos razón alguna. Estaba claro que no quería hablar, no insistimos, le dimos las gracias y nos despedirnos, seguiríamos indagando en otro lugar.

Habíamos decidido comer en la Venta de Larrión, antes de subir al comedor nos pasamos por el bar para tomar una cerveza. Aprovechamos para preguntar al camarero, ya nos conocía de otras veces, si había ocurrido algo en Baquedano o en los pueblos de alrededor, sin darle tiempo a contestar, le hablamos de las flores que habíamos visto en una de las pozas del río.

También cambió la expresión, se puso muy serio. — La semana pasado enterraron en el pueblo a uno de sus vecinos. Dicen que se quitó la vida porque no podía soportar en qué se había convertido el Nacedero del Urederra. Ha agitado la conciencia de los habitantes de las Amescoas, no les gusta cómo se está gestionando el Parque Natural.

No nos pudo decir más, los clientes requerían su atención. Nos quedamos sorprendidos, no habíamos sospechado algo así, siempre habíamos pensado que los habitantes de las Amescoas estaban encantados con los turistas que visitaban el Nacedero. Nos quedamos con las ganas de conocer más de aquél hombre que había sucumbido a la tristeza de un paisaje perdido.

Después de comer bajamos a la barra a tomar el café, queríamos encontrarnos de nuevo con el camarero. No hizo falta preguntarle nada, vino hacia nosotros y nos señaló una mesa, — ese cliente es de Baquedano, me ha comentado que no le importa hablar con vosotros, seguro que os puede contar más cosas.

 

En pos de la tragedia

Nos acercamos y nos presentamos, ya sabía de qué queríamos hablar. Nos invitó a sentarnos. Después de algunos comentarios amables y justificar nuestra curiosidad, empezó a contar la historia.

— Ya desde niño había hecho del Nacedero un lugar propio al que huía de la rutina de la escuela y del colegio. Muchas veces fui su compañero de juegos, cuántas veces creamos reinos imaginarios delimitados por los pequeños arroyos y defendidos por enormes hayas, cuantas veces metimos la cabeza en el río en busca del hechizo que teñía las aguas de azul turquesa.

Su infancia estuvo marcada por la magia del Nacedero. Se fue a estudiar a la capital pero nunca dejó de acudir al río cuando venía de vacaciones. Cuando acabó los estudios decidió instalarse en el pueblo y rehabilitar una casa para turismo rural, necesitaba tener cerca el río, ese paraíso de agua y hayas que había marcado su infancia.

Fotografía de María Pilar Gorriz

La rehabilitación de la casa puso fin a un período muy activo lleno de ilusiones y proyectos, probablemente fue una de las épocas más felices de su vida. Todo cambió repentinamente. En un breve margen de tiempo, el Nacedero del Urederra pasó de ser un espacio natural visitado por amantes de la naturaleza a convertirse en objetivo turístico de miles de visitantes. Cuando fue consciente de este hecho su vida cambió, los sueños se esfumaron, los días de felicidad tocaron a su fin.

Paulatinamente las orillas del río se fueron degradando, las aves y los pequeños mamíferos abandonaron el soto para refugiarse en lugares recónditos, los turistas se adueñaron del parque natural.

Tomó un sorbo de café frío, la emoción casi no le deja hablar. — Yo creo que el día que fue consciente de que el turismo era un proceso irreversible, decidió que este mundo no era lugar para él. Cambió, la amargura lo embargó, se volvió un tipo taciturno y poco sociable. Poco a poco se fue ganando la antipatía de los vecinos.

Tuvo un respiro cuando se habló de regular las visitas, por un momento pensó que los criterios de conservación del entorno iban a pesar más que los intereses turísticos. No fue así, el objetivo no era conservacionista, simplemente querían gestionar con más eficacia la marea humana que día a día hollaba las orillas del río.

El relato se cortó mientras pedíamos otro café. Le pregunté a qué se dedicaba, era guarda forestal, al igual que su amigo, una vez acabados los estudios, decidió regresar al pueblo, se presentó a unas oposiciones para estar cerca del bosque de hayas. Huvo suerte, aprobó.

Después de acabar con el café, no quería que se le enfriara de nuevo, continuó con la historia. — Estuvimos hablando tres días antes del fatal desenlace. Me contó que había acudido al atardecer al Nacedero, ahora sé que era una despedida. Me describió cómo las orillas estaban peladas, el musgo y los helechos habían desaparecido totalmente, también me habló del silencio espectral, ya no quedaba más vida que las truchas que nadaban en el río, incluso mencionó el deterioro del equipamiento de las sendas: vallas rotas, sirgas sueltas, … No había tristeza en su relato, solo una profunda amargura y el atisbo de un abismo.

El miércoles de la semana pasada se dirigió al Mirador de Ubaba y saltó al vacío. Fue visto por unos turistas que rápidamente llamaron al 112. En el valle nadie se sorprendió ni de que se quitara la vida ni del lugar elegido. Muchos vimos en este acto una venganza contra todos aquellos que habíamos consentido el deterioro del río y contra ese turista aborregado que todo lo invadía. Los medios silenciaron este hecho para no “asustar” a los visitantes.

 

La despedida

Por un momento dejó de hablar y bajó la cabeza, algo se cruzó en su pensamiento que cortó el hilo de su discurso, pasados unos instantes continuó. — El funeral fue triste e incómodo. Todos nos sentimos aludidos. Sabíamos que tenía razón, el Nacedero había perdido la magia de antaño, solo quedaban las aguas turquesas cada vez más turbias y unas hayas sombrías que habían perdido la alegría de las aves que se guarecían en ellas. Hemos convertido el río en una gran maqueta acartonada, sin vida, donde los únicos protagonistas son los turistas.

Una pausa demasiado larga, rota por el rugir de un camión que pasaba por la carretera, dio paso a una declaración que puso el punto final a la historia. — Es el sino de nuestro tiempo, sentimos la necesidad de visitar todo aquello que nos sugieren, tenga o no significado para nosotros.

Ya era un poco tarde. Nos despedimos. Se dirigió al aparcamiento, arrancó el coche y condujo lentamente hacia el asfalto mientras levantaba la mano. Nos quedamos ensimismados en la mesa esperando una caña, la televisión emitía el informativo regional, un presentador estirado daba una noticia que llamó nuestra atención: El Nacedero del Urederra fue en 2017 el espacio natural más visitado de Navarra con 150.000 personas.