A la sombra de una tuba wagneriana

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Un domingo por la noche recibimos un mensaje de wasap de una persona que decía conocerme, se presentó como exalumno de la Universidad Laboral de Gijón. Querían alquilar la casa para el fin de semana, les habían hablado de nosotros y les pareció una buena idea darse una vuelta por Tierra Estella.

Me cité con ellos un sábado, llegarían alrededor de la seis de la tarde, venían tranquilos, sin prisas, querían disfrutar de la libertad de viajar solos, un lujo que hasta entonces no se habían podido permitir.

Una llamada de teléfono me comunicó que ya estaban en la puerta de la casa. Un individuo afable y sonriente descendió del coche, tenía que ser él, mi compañero de estudios. Nos abrazamos con alegría. Estos encuentros son para mí un reto, mi memoria es muy endeble y temo quedar como un imbécil.

Al poco se apeó la conductora, una mujer cálida venida de las frías aguas del Mar del Norte, que acabó asentándose en el Mediterráneo por amor a ese hombre afable y sonriente. Con cierta celeridad les enseñé la casa, apenas pudimos hablar, ellos tenían que ir de compras a Estella y yo había quedado en Zaragoza. Nos despedimos con un selfie que no llegué a ver. Ya en el coche pensé mucho en ellos, habían despertado mi curiosidad.

A los tres días volvimos a Ganuza, había que preparar el apartamento para los siguientes huéspedes. Un vecino me contó una anécdota que me conmovió.

Estaba paseando mi compañero por el pueblo, por el camino paralelo al “regacho”, cuando vió una cámara frigorífica semioculta en la maleza de la orilla, la sacó del matorral y la transportó como pudo hasta los contenedores de basura ubicados detrás del frontón.

Este gesto no pasó desapercibido, sorprendió, un forastero, un turista comprometido con la limpieza del pueblo. Aquellos que lo vieron, lo felicitaron. De alguna manera su conducta trascendió y se difundió por el pueblo. A la mañana siguiente, una vecina agradecida por su gesto le obsequió con unos calabacines de su huerta.

No fue una casualidad, solía llevar varias bolsas de plástico en el bolsillo en las que iba introduciendo los objetos que encontraba abandonados en sus paseos. Estaba comprometido con las personas y con su entorno, allá donde iba su conducta era la misma, contribuía con discreción a mantener limpio el escenario que pisaba, como hacía en su pueblo cuando se entrenaba para las carreras de maratón.

En algunos mensajes que intercambiamos, me contó que en el pueblo estuvieron muy tranquilos, llenaron el tiempo con paseos por el campo, ejercicios de yoga en el jardín y una excursión a la ermita de Santiago de Lokiz. Las comidas, las siestas y el relajo acapararon el resto del tiempo. No ambicionaban más, Ganuza era la antesala de un deseo largo tiempo esperado.

Aguardaban con impaciencia abrazar a su hija, el continente Sudamericano la había tenido ocupada durante nueve largos meses, demasiado tiempo para unos padres que amaban apasionadamente. Yo creo que fueron a Ganuza a preparar el corazón para las emociones fuertes del encuentro y calmar la ansiedad de la espera.

Recogieron a su hija en el aeropuerto y se fueron a su pueblo, quería disfrutar de su presencia, echar un vistazo al negocio y preparar un viaje al lejano oriente en el que ejercería de embajador musical. Dirigía una empresa ejemplar donde el trasiego de instrumentos musicales se solapaba con iniciativas solidarias y el balance de las cuentas estaba mediatizado por una impronta social que le había valido reconocimiento y premios.

Me quedé fascinado con el personaje. Un día me acercaré a su tierra,  me gustaría que me enseñara las naves que albergan los instrumentos musicales, que me contara el ambicioso proyecto del Conservatorio de Música y me invitara a uno de los múltiples conciertos que organizan en su pueblo. Cuando llegara la hora, en torno a una paella y un vaso de vino, querría que me hablara de las claves que han gobernado su vida.

Sí, es un hombre especial al que quiero conocer más, apenas tuve tiempo de cruzar unas palabras con él. El poco tiempo que estuvo en Ganuza dejó testimonio de su calidad como persona.

Me he convertido en su admirador. Hace tiempo que mi ambición se centra en conocer personas que me inspiren, que me ayuden a darle sentido a una vida basada en un guión demasiado manido, que me animen a forjar actitudes solidarias que me reconcilien con el mundo. Creo que he encontrado a una de esas personas.