La inquietud de una ecoturista

4.8 (95%) 4 votes

La vida comienza al otro lado de la desesperación.
Jean-Paul Sartre. 


La casa rural deparaba de vez en cuando alguna pequeña contrariedad a los visitantes. La última vez el equipo de música se apropió de un CD muy apreciado por la huésped, no encontraron la forma de encender el equipo y recuperarlo. La tranquilicé, lo recuperaría y se lo enviaría por correo. Nos desplazamos a Ganuza para limpiar la casa, entraban otros huéspedes ese mismo día, logré que el equipo funcionara de nuevo y pude recuperar el CD.

Antes de enviárselo a Barcelona me pudo la curiosidad y lo escuché, música de piano, preciosa, con melodías ondulantes y luminosas que transmitían sosiego y placer. Por un momento pensé que si escucháramos habitualmente melodías tan apacibles y bellas, la serenidad se haría con nosotros y la crispación se alejaría.

La audición me trajo a la mente la imagen de la dueña del disco, un figura esbelta, una melena dorada, un mentón rotundo y unos ojos azules de cielo otoñal. Un sonido, como de golpes de madera, añadía un halo de misterio a la apariencia que estaba componiendo.

Rumbo a Zaragoza

Hacía ya tres años que había roto con él, no lo había superado, lo seguía echando de menos. Se negó a seguir una vida dirigida por una brújula sin norte, nunca llegó a entender la deriva de su pareja, pensó que con el tiempo convergerían en una visión en la que ambos se sintieran cómodos. No fue así, todo lo contrario, el tiempo se encargó de certificar que entendían la existencia de una manera completamente distinta.

delicias

Fotografía de Wojtek Gurak

Su rostro había cambiado, el dolor de la separación había matizado el contorno de su boca, su sonrisa ya no era la misma, su mirada era más difusa y menos concentrada, como si hubiera perdido la curiosidad de antaño. Una serenidad ausente la distanció del mundo y la encerró entre paredes de indiferencia.

Aquel otoño había decidido ir a Zaragoza unos días, quería perderse en su casco viejo, disfrutar de sus terrazas y arroparse en esa hospitalidad provinciana que la hacía tan especial. Nunca había necesitado excusas para salir, pero esta vez tenía un objetivo, quería liberarse del manto de tristeza que le acompañaba hacía ya demasiado tiempo, quería recuperar ese interés que antes mostraba por la vida. Ultimamente se sentía excesivamente encerrada en sí misma, estaba ya hastiada de la celda que había construido para aislarse de su entorno.

El tren llegó puntual. La ciudad estaba bañada por el sol de un verano que se resistía a partir, una temperatura muy agradable y un paisaje urbano teñido de tonos otoñales realzaban su belleza. Le agradó la visión que obtuvo desde el taxi que la trasladaba de la estación de Delicias a su alojamiento. Una recepción sin prisas en un hotel del centro y una habitación cómoda dieron paso a un ritual que repetía en estas circunstancias: ir al baño, lavarse las manos y refrescarse la cara, poner la ropa en el armario, quitarse los zapatos y tumbarse en la cama.

Se sentía bien, ligera, el viaje no la había cansado y la melancolía, que a veces la asaltaba, seguía dormida. Le sorprendió la imagen que le devolvió el espejo del baño, más alegre y más guapa, parecía que había acertado con este viaje, la ciudad le estaba devolviendo buenas sensaciones, se animó a salir.

Las calles del casco

Aún era pronto para ir a comer, se puso los “maripis” y salió del hotel, quería caminar. Se quedó parada en el portal contemplando la calle, numerosos viandantes hormigueaban por las aceras entrando y saliendo de tiendas y bares. La luminosidad del cielo azulado contrastaba con las acusadas sombras que cubrían el asfalto.

Fotografía de Marco Chiesa

Un caminar sin prisa y un plano que le habían dado en recepción la fueron llevando por las calles del casco viejo, sucesivamente fue pasando por la calle Mayor, Menéndez Núñez, Vírgenes, Santa Cruz, … Por un momento revivió alguno de los paseos que daba con él por el barrio Gótico, les encantaba, habían hecho de ese trozo de ciudad un refugio en el que hablar y entenderse. Nunca se sentían tan cerca el uno del otro como estando allí, tal vez fueran esas piedras centenarias, o las historia que contaban las estrechas calles. Cuando volvían a su casa, en el Ensanche, todo volvía a la normalidad de un desencuentro que los hacía sentirse incomprendidos e infelices.

Se dejó seducir por una música cercana, se dirigío hacia ella buscando con la mirada el cartel que daba nombre a la calle, Espoz y Mina. Un poco más allá, a la derecha, se vislumbraba el escaparate de una pequeña tienda de discos, se paró, la melodía cada vez la atraía más. Decidió entrar y preguntar por el disco que estaba sonando. El vendedor la recibió con una sonrisa, le comentó que era el última obra de un director de orquesta portugués, Rui Massena, también le dijo que no era la primera persona que entraba en la tienda al escuchar al pianista. Compró el cd.

Salió contenta de la tienda, volvió a pensar que la ciudad le seguía devolviendo buenas sensaciones. Con este ánimo decidió volver al hotel para comer, había leído el menú a su llegada y le pareció sugerente. Un risotto y una ternera con salsa de parmentier de patatas y setas, acompañado de un rioja crianza y una tarta deliciosa de arándanos le hicieron perder la noción del espacio, había olvidado que no estaba en casa. Después de este opíparo festín sintió la necesidad de una siesta..

Despertó sobresaltada, era ya un poco tarde, más de las 6. El sabor de la boca y un punto de molestia en la cabeza le recordaron que había bebido demasiado vino. Una ducha larga le ayudaría a situarse de nuevo en el mundo. Dedicó más tiempo del habitual para prepararse, pequeños retoques en pestañas, contornos de ojos, labios y pómulos acentuaron los perfiles de su rostro, le gustó cómo había quedado.

La calidez de la noche

De nuevo estaba en la calle, las ganas de caminar acudieron en su ayuda, el sol había abandonado la ciudad y había sido sustituido por un alumbrado eléctrico que acentuaba la calidez de sus vías. Iba muy despacio, parándose en escaparates y cruces de calles, entrando en tiendas, asomándose a bares y cafeterías, disfrutando de una curiosidad casi impertinente que sólo tienen los turistas.

tubo zaragoza

Fotografía de lovinkat

Casi sin pretenderlo acabó pidiendo un agua en la barra de un bar, todavía era pronto para empezar con vino, quería estar despejada para seguir curioseando. Alguien la saludó desde atrás.

— Hola. ¿No me recuerdas? Estaba en la tienda de discos, te vendí el cd de Rui Massena.

Iniciaron una conversación animada sobre la tienda, se sorprendió, lo que más vendía eran vinilos, sobre todo música de los 70 y clásica. Siguieron hablando sobre la dificultad de sacar adelante un negocio como ése. Finalmente se despidió, había quedado con unos colegas, estaban preparando una exposición de discos antiguos.

Después del subidón propiciado por la aparición del vendedor de discos, tuvo un momento de abatimiento, lo aprovechó para decidir que ya había llegado la hora de beber vino. Le sirvieron un tinto de una marca desconocida, estaba sabroso, hubiera estado mejor si su temperatura hubiera sido más baja. Se deleitó con la copa mientras se evadía de la realidad del bar.

Le encantaba el vino del Priorat, era costumbre que todos los domingos descorcharan una botella antes de comer, los primeros sorbos los acompañaban de retazos de conversaciones agradables, guardaban en su memoria una antología de buenos momentos que aireaban en estas ocasiones, “te acuerdas de aquella bodega …”, “del viaje a Bretaña …”, “de Joan y Miquel …”. Les producía un enorme placer recurrir al pasado, abrían un espacio de tiempo que les permitía reconocerse, entenderse y olvidarse por unos minutos de la realidad que los ahogaba. Invariablemente la deriva de estas conversaciones cambiaba dando entrada a unos reproches gastados que se abrían paso sin dificultad, frecuentemente iniciaban la comida medio enfadados.

Una camarero llamó su atención para preguntarle si deseaba algo más. La sorprendió y la rescató del pozo de recuerdos en el que había caído. Pagó y se fue a la calle. De nuevo se congració con la ciudad, las bulliciosas calles del casco le infundían una alegría que no era capaz de reconocer en Barna. Tal vez viviera en una ciudad triste donde los últimos acontecimientos habían acabado con el contento de la gente. No quiso pensar en ello, ya tenía bastante con sus tristezas.

Decidió que sólo tomaría un vino más, le daba miedo caer de nuevo en ese pequeño abismo doméstico que habían supuesto los últimos años de su vida en pareja. Creía que ya había pagado el tributo necesario, tres años añorando el pasado era mucho tiempo, tenía que pasar página definitivamente.

Las notas de un piano

La puerta de un pub se abrió a su izquierda, unas notas emitidas por un piano escapaban al exterior, decidió entrar para echar un vistazo. Un ambiente de semioscuridad, gente sentada, algunos de pie y un pianista al fondo acompañado de su piano. Localizó un rincón en la barra, sin pensarlo fue hacia él con un ansia desmedida, cuando se sentó en el taburete sintió la alegría del que ha logrado algo importante.

Fotografía de Wilfred Paulse

Mientras esperaba al camarero se serenó, de nuevo había tenido otro subidón con la conquista del taburete. Tengo que serenarme, no es normal que por estas tonterías mis ánimos se deslicen por un vaivén tan pronunciado.

Dejó al lado este pensamiento, el camarero ya venía con una botella y una copa. Escanció el tinto con delicadeza teniendo buen cuidado en no tapar la etiqueta y ensalzar con su buen hacer la calidad del vino. Ella quiso contribuir al protocolo, acompañó el ritual con mirada atenta y un “muchísimas gracias”. Había conseguido centrarse de nuevo en el ambiente del bar. Las notas del piano empezaron a colarse por sus oídos, su mirada buscó el haz de luz que alumbraba al pianista, su cuerpo se relajó dejándose mecer por las notas del piano y la calidez del vino, un sensación de ingravidez la trasladó a un mundo fascinante de armonías.

Un ruido de aplausos la llevó de nuevo al bar, la gente se había levantado para aplaudir efusivamente, se sumó a esta fiesta de reconocimiento, sin lugar a dudas el pianista había gustado mucho. Dió el último sorbo a la copa de vino y salió del bar. Le encantó la vivencia que había experimentado con el concierto, algo había cambiado en su interior para ser capaz de deleitarse con tanta intensidad, hacía muchísimo tiempo que no sentía algo así, echó de menos a alguien a quien gritar su enorme satisfacción.

De nuevo alguien la llamó, otra vez era el vendedor de discos, había acabado su reunión. Le propuso tomar una copa más, se dejó convencer. Entraron en un bar y se sentaron en una mesa, ella continúo con vino, él con ginebra y tónica, ambos se contaron en que habían pasado la última hora y media, se entretuvieron versionando sus respectivas vivencias. Una mirada demasiado concentrada, una mano que rozaba de vez en cuando su mano, la del vino, una entonación más intimista que buscaba complicidad, la pusieron en alerta, estaba flirteando.

En la intimidad de un hotel

Hacía más de un año que no tenía relaciones con un hombre, no lo había buscado, no había surgido, aún seguían frescas en su mente imágenes eróticas del pasado, su mejor y casi único amante seguía siendo él. Buscaban el placer con un empeño y una curiosidad adolescente, follar se les daba bien, en no pocas ocasiones, las expectativas de un polvo los liberó de discusiones ya anunciadas. Nunca domesticaron el sexo, a pesar de conocer bien sus cuerpos, siempre tenían algo que explorar, algo que experimentar, no tenía reparos en probar posturas raras, a veces humillantes. Después del orgasmo no había caricias, solo un silencio incómodo. Se levantaba cabizbajo y salía de la habitación rápidamente, como queriendo escapar a mi mirada.

Fotografía de Turol Jones

No se atrevió a responder a sus insinuaciones, no quería romper el estado de ánimo que le había creado el concierto de piano. No se sentía sola, no estaba tan necesitada como para aceptar la primera invitación de un hombre a echar un polvo. Metódicamente fue enfriando el ambiente para modificar las expectativas de su acompañante, había sido muy amable, no quería herir su sensibilidad. Era ya un poco tarde, no hizo falta poner excusas extrañas para retirarse, él tenía que trabajar y ella quería estar despejada, al día siguiente quería patear la ciudad y ver algunas de sus iglesias y monumentos. Le dio un beso en la mejilla y agradeció su compañía, una sonrisa puso final a aquel encuentro.

Se quedó un poco excitada, no era tan inmune como pensaba al hechizo de los hombres. Aún tenía un paseo hasta el hotel, lo utilizó para tranquilizarse y volver a retomar el pulso de una noche más sosegada. El hall del hotel le devolvió un ambiente excesivamente luminoso que deslució la magia que la envolvía. Ya en la habitación, el baño fue su primera parada, una mirada al espejo le devolvió la imagen de un rostro cansado pero bello, seguía sintiéndose atractiva. Se limpió la cara, se desnudó y se metió en la cama. No podía leer, seguía demasiado excitada, la música de piano y el hombre de los discos seguían en su sabeza.

Le gustaba pensar en su ex, las imágenes eróticas surgían sin dificultad y elevaban rápidamente el nivel de excitación. Acompañada de estas imágenes se acariciaba el cuello, debajo de la barbilla,  descendía lentamente para entretenerse en los pezones, el cuerpo iniciaba un suave contoneo, sin transiciones llegaba a la vulva para finalizar el recorrido en un clítoris ya muy excitado que la llenaba de placer. Un orgasmo más intenso de lo habitual provocó una sensación agradable de bienestar, se relajó, un sueño placentero se abrió paso entre el desorden de las sábanas y el calor de su cuerpo.

[Continúa en La inquietud de una ecoturista II]