La inquietud de una ecoturista II

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Este relato es la continuación de La inquietud de una ecoturista.


Le costó levantarse, las sábanas se le habían pegado, ya eran las nueve, había dormido más de ocho horas seguidas, el sopor la mantuvo indecisa durante veinte minutos en la cama, por fín pudo poner el pié en el suelo. Con lentitud se dirigió al baño y se sentó en el inodoro, los recuerdos la asaltaron. Al principio la cama ocupó muchas horas de su vida, no sólo era sexo, les encantaba estar en ella amodorrados, casi sin conciencia, pegados el uno al otro. No encontraban la hora de levantarse, al final las ganas de comer o de hacer pis se imponían y les obligaba a mirar un mundo que tardaban en reconocer. El sofá sustituía a la cama, una pizza pasada por el horno se encargaba de saciar el hambre y el ronroneo de la televisión sustituía a la modorra de las sabanas. Seguían tirados durante horas y horas.

Una ducha larga y un acicalamiento hecho a conciencia la ayudaron a mirarse en el espejo, unas bolsas emergían inoportunas debajo de sus ojos, el vino, se dijo. Prefirió no desayunar en el restaurante del hotel y salir en busca de una cafetería. No tuvo que andar mucho, a la vuelta de la esquina decidió entrar en un “bistro” con un buen escaparate y una clientela “de traje”. En la barra pidió un agua, tres churros y un café con leche, pagó y se sentó en una mesa.

Zaragoza Mudéjar

Mientras desayunaba echó un vistazo a la agenda que había preparado para hoy. El viaje en tren lo aprovechó para buscar en la red reseñas de interés sobre Zaragoza, dio con un blog muy interesante, El blog de Zaragoza, en torno a él había podido apuntarse a una visita guiada por la Zaragoza mudéjar, la cita era a las diez y media en la puerta principal del Palacio de la Aljafería. Solo verían el exterior de los edificios, harían una pequeña parada en cada uno de ellos para recibir una breve explicación y hacer fotografías.

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@ Aljafería. Santiago López Pastor

Se juntaron once personas, se reconocieron porque llevaban una hoja con la inscripción “ruta mudéjar”. El bloguero hizo de maestro de ceremonias y dirigió las presentaciones. El grupo era mayoritariamente femenino. Una disertación muy breve sobre el Palacio de la Aljafería dió el pistoletazo de salida, cuando llegaban a un edificio, se reagrupaban y el guía hacia su disertación. La ruta era entretenida, pasaron más tiempo en los desplazamientos que admirando los monumentos seleccionados. Los paseos dieron lugar a una relaciones fluidas y cambiantes entre personas que no se conocían pero que compartían un vivo interés por el arte.

Cuando llegaron al Arco del Dean, había habido suficientes intercambios como para descubrir las simpatías y afinidades. Se empezaron a definir algunos emparejamientos, esto la despistó, se fue quedando un poco descolgada en los desplazamientos, no participaba de las conversaciones.

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@ Arco del Dean. Turol Jones

Interrumpieron el paseo para tomar café en un bar. Se quedó un poco aislada en una de las esquinas de la barra, una mujer joven se colocó a su lado. — ¿Qué te parece la ruta? He estado varias veces en Zaragoza y nunca había realizado una visita de este tipo. Me está gustando mucho.

Una conversación fluida y amable empezó a deslizarse entre sorbo y sorbo de café. Primero mencionaron a los acompañantes, después al bloguero, siguieron con los edificios que estaban visitando para acabar en temas más personales. 

Era de un pueblo de Navarra, había cogido el autobús y se había plantado en Zaragoza. Se sentía enclaustrada en el pueblo, se estaba asfixiando en su casa. Había aprovechado que tenía fiesta para hacer esta visita, su marido se había quedado en casa, tenía que trabajar. Ella le habló de su separación, de la frustración que se respiraba en Barcelona y de la voluntad que la había traído a esta ciudad.

La conversación se cortó, el guía les pidió que fueran saliendo, era ya un poco tarde, y quería, por lo menos, enseñar dos monumentos más. Aunque no estaba en la ruta, pasaron por la Plaza de la Seo, quería que vieran la Catedral de San Salvador, uno de los edificios religiosos más notables de la ciudad.

@ La Seo. Turol Jones

Ya estaba emparejada, ya podía comentar con alguien las impresiones que estaba sintiendo con esa visita guiada tan exclusiva. Asió su brazo con el suyo para tenerla más cerca, ella le devolvió un suave respingo. Siguieron hablando, creando una pequeña telaraña de pequeños secretos y complicidades que se fue estirando hasta la Iglesia de la Magdalena. Cuando llegaron, se reagruparon en torno al guía y éste esbozó una breve historia del edificio, para finalizar añadió,

— Si restauraran el interior dejando a la vista la antigua techumbre mudéjar, este edificio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, podría ser un Centro de Interpretación Mudéjar y una Sala de Conciertos magnífica.

El bloguero les transmitió su pasión por el edificio. Admiraron emocionadas la belleza del exterior de la Iglesia, las ventanas ojivales, la puerta, fruto de una época posterior, su espléndida torre, … Acabaron conmovidas, ebrias de una belleza cargada de historia.

La complicidad de un vermú

La visita había terminado, se iniciaron lo prolegómenos de una diáspora programada, alguna tímida iniciativa para quedar a comer o tomar el vermú fracasó. Las personas se fueron despidiendo con sonrisas y saludos de mano, del grupo solo quedaron ellas en la plaza. Se habían liberado del corsé de la visita, se adueñaron del espacio y el tiempo, de la voluntad para diseñar su propia ruta. Decidieron tomar una caña en un bar cercano.

Se notaba nerviosa, había algo en su compañera que la atraía. Tal vez fuera esa facilidad con la que lograron comunicarse, esa naturalidad espontánea que ambas podían manifestar sin necesidad de un aprendizaje previo. Daba igual, se sentía muy a gusto con ella, quería disfrutar de su compañía.

Sentadas en una mesa, recibieron con alegría la bandeja que portaba el camarero: una caña, un tinto y dos pinchos de tortilla. Tenían hambre, dos horas de paseo turístico las había dejado un poco cansadas y hambrientas. Comieron y bebieron deprisa, como si no hubiera un mañana, se miraron a los ojos y pidieron otra ronda de lo mismo. Esta vez no pudo evitar sonreír, no necesitaban hablar, bastaba con una mirada para conocer lo que quería la otra. Su compañera se dio cuenta, no dijo nada pero sus ojos de devolvieron una mirada más incisiva.

La segunda copa se hizo más lenta, pequeñas preocupaciones e historias ocuparon el lugar del pincho de tortilla.

— No estoy contenta con la vida que llevo, tampoco sabría decir qué es lo que quiero. Creo que el aburrimiento me está matando, nos está matando. También mi marido es víctima, ha perdido el brillo de sus ojos, su curiosidad ha sido borrada por una rutina espesa que lo está convirtiendo en un infeliz. Ha cambiado, ambos hemos cambiado.

Escuchaba atentamente, entendía qué le estaba pasando, sabía de la desesperación del que se siente atrapado, de la angustia que provoca la falta de una salida. Ante este desvalimiento se sintió fuerte, había cambiado, la entereza había ido ganando espacio a la incertidumbre. La acompañó con su mirada, tomó su mano y le salió una frase de consuelo un poco estúpida. — Tranquila, la luz llegará e iluminará vuestra vida.

El río Ebro

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@ Parque de la ribera del Ebro. Angel

Salieron a la calle, estaban un poco achispadas, decidieron dar un paseo para despejarse, tomaron el Coso para bajar hasta el Parque del Ebro. Los árboles otoñales bañaban con su color la ribera de un río envalentonado con las últimas lluvias. Le cogió la mano pero su acompañante se soltó. Se quedó un poco desconcertada. No entendía cómo se había atrevido. ¿Qué estaba buscando? Se paró y se disculpó.

— No te preocupes, no me has incomodado, es que no estoy acostumbrada a ir cogida de la mano.

Siguieron paseando lentamente por la orilla del Ebro, esta ciudad la estaba cambiando, le estaba haciendo sentir cosas nuevas, conducirse de una manera distinta, en Barna no se habría atrevido a ser tan espontánea. No quiso darle más vueltas, lo achacó a las bondades del anonimato. Se pararon ante unos patos que graznaban escandalosamente disputando unas migas. Sacó el trozo de pan que se había guardado en el bar, lo hizo migas y las lanzó hacia los palmípedos. Una nueva algarabía de graznidos acompañadas de risas llenó esa parte de la ribera.

Se lo estaban pasando muy bien, disfrutando como unas crías viendo las carreras de los patos. De nuevo pensó en ello, esta ciudad también le había devuelto las ganas de reír, no recordaba cuándo fue la última vez.

Era ya un poco tarde, casi las cinco, no habían comido y se encontraban cansadas y hambrientas, llevaban un montón de horas dando vueltas por la ciudad. Decidieron que ya era hora de retirarse al hotel, había que comer algo, descansar y asearse, querían salir por la noche.

Se citaron a las ocho y media en el bar en el que habían tomado el vermú. Se alegró de que el hotel estuviera tan cerca, tenía ganas de quitarse los zapatos y tirarse en la cama, ya comería algo antes de salir. Ya en la habitación, se relajó, pasó por el baño, se desnudó y se metió en la cama. Unas hojas rojas y amarillas, unos patos muy pequeños y la risa de una mujer hermosa velaron la transición al sueño.

La magia de la noche

El móvil la despertó, eran las ocho y media y aún no se había preparado. Era ella, se disculpó y le pidió que se acercara al hotel y que subiera a la habitación, no quería que se consumiera en una espera innecesaria. Otra vez el mismo ritual pero esta vez había que ir  más deprisa. Cuando se estaba vistiendo llamaron.

Abrió la puerta disculpándose de nuevo y fue rápidamente al espejo. Mientras manipulaba la crema, el rimel y el colorete, su compañera se acercó por detrás, abrazó suavemente su cintura y le dio un beso muy leve en el cuello. Se quedó un poco turbada pero no dijo nada, siguió acicalándose como si nada hubiera ocurrido. No se reconocía a sí misma, era como si su mente fuera permeable a todo, casi nada le extrañaba, todo le parecía agradablemente posible. — Ya estoy lista.

Después de piropearse mutuamente y reírse de las tonterías que se dijeron, optaron por dar una vuelta por alguno de los bares de tapas que les había señalado el bloguero. Empezaron por El Windsor, siguieron por el Gallizo, a continuación El Sidecar y por último Bodegas Almau, en todos ellos tomaron una tapa con la consumición, ella vino, su acompañante cerveza.

Una vez saciadas las ganas de” tapear” se plantearon qué hacer. Estaban cansadas, el día había sido largo y el alcohol las había amodorrado. Se dirigieron lentamente hacia sus alojamientos, cuando llegó la hora de separarse se pararon a un lado de la acera.

— Ha sido un día muy especial, dijo su compañera, he encontrado una complicidad que necesitaba hacía ya demasiado tiempo, la soledad me estaba matando. No quiero que te vayas, no quiero dormir sola.

La abrazó con ternura y le dio un beso muy leve en los labios. Le propuso ir a su hotel, ella no estaba casada, su reputación no peligraba. Cuando llegaron no había nadie en recepción, atravesaron el vestíbulo a hurtadillas. Ya en la habitación la trató como a una invitada. Su compañera pasó primero al baño, ella se desnudó y se puso una camiseta. Intentó tranquilizarse, no era la primera vez que dormía con una amiga. Cuando salió del baño iniciaron un diálogo intrascendente mientras iniciaban los movimientos para meterse en la cama.

Se acomodaron en ambos extremos, muy separadas, mirando al techo. Después de unos segundos interminables ambas se volvieron, sus miradas se encontraron mientras sus manos se buscaban debajo de las sábanas. Se acercaron más, se abrazaron estrechamente, se besaron con delicadeza, …

La despedida

Se despertó antes de lo que hubiera deseado, la primera visión fue su espalda desnuda, tenía un cuerpo bonito. Teniendo cuidado en no despertarla, salió de la cama y se fue al baño. Se quedó helada, cuando se metió de nuevo en la cama la abrazó por la espalda buscando el calor de su cuerpo. La despertó.

Se entretuvieron durante un buen rato mirándose y acariciándose. Sus ojos se interrogaban pero no buscaban respuestas, no era necesario, estaban ahí, sólo había que prestar atención para intuir el significado de esa experiencia.

Se levantaron remoloneando, se asearon y salieron a la calle, ella ya con la maleta, no quería volver al hotel. Desayunaron copiosamente en una cafetería cercana, estaban hambrientas, después la acompañó hasta la puerta de su hotel para que se cambiara y cogiera su maleta. No quiso subir, la esperó abajo, en un banco de la calle, quería reposar el aluvión de emociones que había experimentado.

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@ Estación Delecias. Wojtek Gurak

Desde el otro lado de la acera la vio salir por la puerta del hotel, era guapa y esbelta, la cercanía le había impedido ver su figura. Tomaron un taxi para la estación Delicias, cogidas de la mano atravesaron media ciudad, el otoño seguía vivo pero los colores se habían apagado. Pagaron el taxi y se apearon, ella tenía que descender al andén cuatro, su compañera a la dársena donde estacionaban los autobuses.

En el enorme y desierto vestíbulo se fundieron en un abrazo largo sin palabras, un beso y unas miradas tristes  pusieron el broche final a la despedida. Ambas descendieron por sus respectivas escaleras mecánicas y desaparecieron en las entrañas de la estación.

 

El tren salió puntual, a las tres menos cuarto estaría en Barcelona. El sonido del móvil le notificó la llegada de un mensaje, “Voy a dejar a mi marido”. Durante cinco segundos dirigió la mirada a la ventanilla del tren, el paisaje se deslizaba veloz a través del cristal. De nuevo devolvió la mirada al móvil, una navegación rápida por los menús, un instante de duda y bloqueó el número de teléfono.