La sombra de la sospecha. La investigación

El mes de junio fue muy lluvioso, aquel martes salió especialmente nublado, una fina lluvia empapaba el ambiente haciendo necesario los paraguas. Tres vehículos del Grupo de Rescate de la Guardia Civil cruzaron rápidamente el pueblo para dirigirse a San Pablo y desplegarse por los aledaños de las peñas de Lokiz.

A las doce de la mañana, en una de las aristas del puerto nuevo fue descubierto el excursionista desaparecido. Un guardia civil descendió rápidamente y comprobó que estaba inconsciente pero aún respiraba. Lo izaron de la profundidad de ese pequeño abismo y lo sujetaron a una camilla, si en la caída hubiera rodado un poco se habría despeñado por un precipicio de más de 40 metros.

Iniciaron el descenso cuando ya había escampado. A la una ya estaban en San Pablo, sujetaron la camilla a uno de los vehículos e iniciaron el regreso. Lo ingresaron en urgencias del hospital de Estella, pudieron rellenar la ficha de ingreso con los datos de la documentación que encontraron en el chubasquero del herido. La unidad de rescate partió hacia Pamplona donde tenía su base. 

A las seis de la tarde llegó un correo electrónico a la Guardia Civil de Estella con el Informe del rescate, a las siete se recibió una llamada del hospital informando de que el herido había despertado y se encontraba plenamente consciente. Media hora más tarde un agente lo estaba interrogando sobre las circunstancias del accidente. Una respuesta temblorosa y concisa rompió la quietud de la habitación. — Me empujaron.

La unidad judicial de la comandancia de Pamplona inició la investigación. El juez estableció el secreto del sumario. La primera disposición fue solicitar a la sección judicial de la Guardia Civil de Estella que, a la mayor brevedad posible, iniciara las pesquisas interrogando a los vecinos de Ganuza. 

El interrogatorio duró dos días. Las preguntas giraron en torno a dos cuestiones básicamente, ¿Dónde se encontraba el domingo entre las diez y las once?, ¿qué opinión le merecía el aumento de los excursionistas que acudían a la cueva de San Prudencio? Todo el proceso fue grabado en vídeo. Una vez finalizada la ronda de interrogatorios la Guardia Civil abandonó el pueblo dejando un rastro de miedo y sospecha.

El lunes siguiente fueron llamados a declarar por separado dos vecinos, en ambos concurría la circunstancia de que a la hora indicada estaban en la sierra. Una vez finalizadas las diligencias en Estella, la documentación anexa y el material gráfico se remitió a Pamplona.

Los investigadores de la Comandancia de Pamplona estaban indagando en las relaciones del entorno familiar y económico del herido. Descubrieron con sorpresa que era una persona denostada por casi todos, las relaciones con su familia eran inexistentes y el herido había mantenido varios pleitos en torno a la venta de plantas de roble micorrizado. Varios de sus clientes se habían sentido estafados y habían interpuesto denuncias en los juzgados.

Una llamada anónima denunció en la guardia civil que el domingo se vió un Land Rover blanco alrededor de las once de la mañana por la pista que lleva a la Balsa Grande. Las indagaciones llevaron a la localización del conductor, era un trufero del valle de Lana, en el interrogatorio declaró que en ningún momento se acercó a las peñas Lokiz. 

El herido se recuperó rápidamente, a los tres días le dieron el alta, salió con algunas magulladuras, el brazo en cabestrillo y siete puntos en la cabeza. Hasta entonces apenas había dicho nada excepto que no había visto a nadie ni recordaba lo sucedido.

Las indagaciones de los investigadores los habían llevado hasta un conocido club de alterne ubicado en la carretera  de Irurzun. Era un asiduo de este club, la fuente anónima comentaba que no era extraño verlo rodeado de chicas consumiendo copas y esnifando coca, gastaba un dineral en el local. 

Una noche estalló una sonora bronca en el club, la encargada le pidió que abonara la deuda que había acumulado a lo largo de los dos últimos meses, el cliente se enfureció y se largó del bar lanzando una copa contra uno de los espejos de la barra. La misma fuente añadió que ya no se le volvió a ver por el local.

El sujeto fue citado en la comandancia de Pamplona, se le presionó para que contara qué había pasado exactamente, sabían que había adquirido una deuda importante con el propietario del club y que andaban detrás de él para saldar la deuda. No aguantó mucho, cabizbajo confesó.

Se había arruinado. Aquel domingo, huyendo de los problemas decidió hacer una excursión a la sierra de Lokiz, le habían hablado de la cueva de San Prudencio. Cuando estaba en la Peña Rajada, divisando el valle reconoció pendiente abajo a dos individuos del club, eran dos de los matones. Se asustó e inició una huida atropellada hacia las peñas. Dejó a un lado San Prudencio y decidió subir por el puerto nuevo, fue ahí, en esa senda estrecha y peligrosa donde resbaló y cayó al vacío estrellándose contra un saliente de la roca. Lo siguiente que recordó fue la habitación del hospital de Estella.

Dos semanas más tarde, en una nota marginal de la sección de sucesos de la prensa regional, algunos vecinos se enteraron de lo que había sucedido realmente. Fue un shock pasar por aquel interrogatorio de película, fue una burla convertir en sospechoso a todo el pueblo.

Días después llegó una misiva de la guardia Civil que fue leída en el concejo, en ella se describía brevemente lo acontecido y se justificaba el silencio en torno al caso por el secreto del sumario. Mientras se comentaba la nota entre los asistentes, un vecino interrumpió atropelladamente la conversación. — En el frontón un jugador ha caído fulminado.