Realidad virtual

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realidad virtual - gafas2Había quedado con Paola en que pasaría el lunes por la óptica. Cuando llego, una puerta automática de cristal se abre cortésmente y me deja pasar. Ella me recibe con amabilidad y una alegría comedida, está trabajando y tiene que ejecutar su papel con profesionalidad. Por un momento echo en falta a mi amiga de los sábados, más cariñosa y efusiva.

Comentamos los problemas que tengo últimamente con la visión de cerca. Habrá que graduar la vista y hacer lentes nuevas. De paso elegiremos montura ya que las últimas están muy estropeadas por las innumerables caídas y roces.

Me hace pasar a un espacio acristalado donde la tecnología se hace visible de manera ostentosa. La cordialidad queda camuflada por la multitud de dispositivos que va a utilizar para realizar la mediciones. Primero me toma la presión intraocular, después me hace sentar delante del autorrefractor. Me pide que mire al frente y que siga sus instrucciones.

Cada prueba, cada paso es explicado por Paola hasta que, en un momento dado, pierdo el hilo de lo que va diciendo. Empiezo a sentirme inquieto, las señales visuales me aturden, estoy desorientado. Una voz me susurra que están probando unas gafas de realidad virtual. La franquicia les ha pedido que realicen pruebas entre los clientes que se presten a ello.—¿No te importa, verdad? Obediente, sigo sus instrucciones.

Súbitamente me veo bajando por un tobogán de agua a una velocidad de vértigo rodeado de una vegetación exuberante. La respiración la noto agitada, las pulsaciones se han acelerado. Empiezo a sentir como la adrenalina se apodera de mí. Una rama golpea violentamente mi cara, los ojos empiezan a lagrimear, mi visión se hace borrosa. El entorno se desdibuja en un sinfín de puntos minúsculos de distintos colores. De pronto una luz me ciega, al poco consigo ver el rostro amable de Paola.—¿Te encuentras bien?

No digo nada, estoy confuso. Me pregunta si quiero que dejemos por un momento la graduación, le digo que no. Prefiero continuar.

Una vez que han finalizado las pruebas nos dirigimos hacia los distintos muestrarios de  monturas. A la quinta decidimos que esa es la gafa que me queda bien. La acompaño al ordenador para realizar el pedido y actualizar los datos. Pago en el mostrador con la tarjeta y me dispongo a salir.

Ya en la puerta, dejando a un lado mi desconcierto, le pregunto si he estado probando unas gafas de realidad virtual. Me mira con cara de sorpresa. Le cuento brevemente lo que me ha sucedido mientras estaba realizando las pruebas. Se quedó muy desconcertada. Pidió a Ana que se acercara para corroborar que sólo había realizado las mediciones rutinarias. Avergonzado les pido disculpas y me excuso diciendo que esta noche pasada no había dormido nada. Me despido y quedamos en vernos el sábado.

Salí muy preocupado. Había sufrido una alucinación. Cuando llegué a casa pedí una cita para el médico de cabecera. Al día siguiente me recibía con amabilidad y con mi historial encima de la mesa, ya me conocía. Preparó el informe para el especialista, me examinaría en tres o cuatro días.

Intentó tranquilizarme, me comentó que este episodio nada tenía que ver con las causas del ingreso anterior, que seguramente sería algo pasajero. Insistió en que era prudente estar siempre acompañado por una persona de confianza. Me despedí dándole las gracias y me fui mucho más preocupado de lo que había entrado.

¿Qué me estaba pasando? No quería pensar qué podía ser. Bajaba lentamente las escaleras del centro de salud sumido en esos pensamientos mezcla de tristeza y desesperanza cuando llegué a la calle. Un sol cegador y un calor asfixiante me dieron la bienvenida. Al poco oí el frenazo de un coche y un grito. Noté un violento empentón. Antes de desvanecerme me pregunté si estaba protagonizando otro brote psicótico. Este fue mi último pensamiento.