Sin retorno

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El reloj marcaba las nueve de la noche, había elegido una tarde bochornosa del mes de junio para montar la cocina. Un calor sofocante lo acompañó durante todo el tiempo que permaneció en el piso. Tenía ganas de marcharse. Recogió la herramienta y salió hacia el coche. Media hora lo separaba de la ducha y una cerveza fría.

No le gustaba acabar tan cansado, el agotamiento le impedía pensar, soñar, elevarse esos dos palmos por encima de la realidad que necesitaba para ir tirando. Estaba siendo una semana larga, no había un día que no llegara reventado a casa.

Un cielo descolorido cargado de luz había dado paso a un azul muy oscuro que presagiaba tormenta. Se dirigió al cuarto cinturón, se incorporaría a la autopista por la entrada de Mercazaragoza. Algunos rayos acompañados de truenos apagados se dejaban ver en el horizonte, tenía que darse prisa o le pillaría el chaparrón de lleno.

Todos los automovilistas debieron pensar los mismo, observó como los coches le adelantaban velozmente llevados de unas prisas excesivas. Uno de ellos le pasó muy cerca, casi le roza. Se asustó un poco, se reacomodó en el asiento para ganar una postura más atenta a la conducción.

Vio un vehículo parado en la cuneta con las luces de emergencia puestas, pensó en la mala suerte del conductor, en la lluvia que estaba a punto de caer. Dos kilómetros más allá una furgoneta de mantenimiento de la autopista le sorprendía con una enorme flecha encendida. ¡Dios! Por qué no la apagan si ya no están trabajando.

Decidió relajarse un poco, la amenaza de tormenta lo había puesto nervioso. El “display” del coche le indicaba que estaba consumiendo muy poca gasolina. Cada vez conducía más despacio, le cansaba, le aburría. Seleccionó la carpeta de Emmylou Harris y Mark Knopfler y se dejó arrastrar por la música. La fantasía se hizo un hueco en la dejadez provocada por el cansancio.

A veces comían en una sala anexa al vestuario de trabajo. En las fiambreras ya no quedaba nada. Una breve sobremesa de bromas y anécdotas precede la vuelta al taller. Están solos. Se levantan, al pasar uno al lado del otro se rozan casi involuntariamente. Sin premeditación alguna hacen un giro en redondo buscando sus cuerpos. Acaban abrazados, envueltos en besos ávidos de boca y piel, en caricias que se deslizan rápidamente a lo largo del cuerpo. Una corriente de aire cierra la puerta del vestuario con gran estruendo y violencia…

Despierta en la cama del Miguel Servet, le duele la cabeza, uno de sus brazos está ocupado por dos vías para sendos goteros, el otro está en cabestrillo, descansando en una férula de color azul. Una enfermera le comenta que se salió de la autopista, que llevaba inconsciente más de seis horas, que se recuperará pronto.

Hacen pasar a alguien que cree reconocer, apenas presta atención, está cansado, no le apetece ver a nadie. Cierra los ojos, sólo quiere recuperar las últimas imágenes previas al despertar, las que no recuerda, esas que le dejaron una sensación intensa de estar vivo.

Su corteza cerebral lo traiciona. Ve como el coche rompe el “quita miedos” y rebota violentamente contra la acequia que delimita el asfalto dando varias vueltas de campana. El mareo y la nausea se apoderan de él. Quiere escapar de estas imágenes, abrir los ojos, volver a la cama del hospital. No puede. Siente cómo un reguero de sangre caliente mana de su cuello, cómo las escasas energías abandonan su cuerpo. Un desvanecimiento negro lo sume en la oscuridad.