Un cadáver en el lago

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E lagoUn caluroso día de finales de agosto apareció un cadáver flotando en el lago. Estaba boca abajo, parecía el cuerpo de un varón. El “wasap” de la urbanización inició una actividad frenética, multitud de mensajes se agolpaban a la espera de ser leídos. Varios vecinos habían acudido al lugar del hallazgo, uno de ellos ya había llamado al 112. Estaban esperando a la guardia civil, ellos se encargarían de las diligencias necesarias.

En las semanas previas al suceso un ambiente espeso y hostil presagiaba problemas. Una serie de acontecimientos habían desencadenado un cambio sustancial en el comportamiento de los residentes. De una convivencia normal, sosegada, se había pasado a una crispación que había enrarecido notablemente la relación entre sus habitantes. El primer síntoma se detectó en los coches, circulaban más de prisa y sus bocinas empezaron a sonar con estrépito.

En la última asamblea varios vecinos se habían enfadado por la instalación de una mini rotonda. El tono de las discusiones nunca había sido tan alto. Ni el presidente, un señor prudente y respetado, pudo controlar las intervenciones, después de quince minutos broncos se suspendió la asamblea.

La comunidad se había dividido en dos bandos irreconciliables, el de la mayoría social y los otros, una minoría descontenta con las decisiones que se estaban tomando. Este enfrentamiento se trasladó a la calle, había personas que ya no se dirigían la palabra, que se evitaban.

Contribuyó a aumentar el enconamiento un verano muy caluroso. Se hacía necesario dormir con las ventanas abiertas. Los perros, no sabemos si mimetizando el comportamiento de sus crispados dueños, estaban especialmente sensibles, no dejaban de ladrar haciendo imposible el sueño de los que infructuosamente intentaban dormir.

El mal humor se instauró en la urbanización. Los malos modos y la agresividad se impusieron en el trato con los vecinos que tenían canes molestos. Las reclamaciones y denuncias empezaron a llegar al Ayuntamiento de Pinseque, nunca la policía local tuvo que acudir tantas veces al Lago.

El enfrentamiento alcanzó todas las facetas de la vida social. En una fiesta conmemorativa de un 40 cumpleaños, dos individuos irrumpieron airados quejándose del volumen de la música y amenazando con llamar a la policía. El disgusto de los presentes fue tal que dieron por terminada la fiesta. Al día siguiente, el wasap, haciéndose eco del incidente, vomitó reproches y algún insulto, varios participantes se dieron de baja.

La convivencia se volvió complicada. Las salidas de las casas se programaban para no coincidir con el vecino. El bar se quedó sin clientes, ya no se acudía por temor a quién encontrar, el parque del lago dejó de ser un lugar de paseo. En la piscina los espacios quedaron acotados para los distintos bandos. En El Idealista las ofertas de casas en venta se multiplicaron.

Agosto llegaba a su fin, muchos esperaban que la vuelta a los trabajos y colegios impusiera una cotidianidad que ayudara a normalizar una situación que se había descontrolado. Nadie entendió muy bien cómo se había llegado a esto.

 

El wasap de la urbanización inició de nuevo una actividad frenética. En uno de los mensajes se comentaba que el cuerpo avistado no era de un varón, era un espantapájaros sustraído de una finca ubicada entre la valla y el camino de Cantavieja. Algo cambió en la actitud de los habitantes del Lago, los coches empezaron a circular lentamente, las bocinas dejaron de sonar.