Una historia escondida

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Juan, María y Javier

Hace unos meses vi Dieta Mediterránea, una comedia dirigida por Joaquín Oristrell en la que se plantean las peculiaridades de algunas relaciones. Una de esas relaciones es un trío, dos hombres y una mujer manteniendo una relación estable y visible.

Quise acercarme a esta figura, sentía la necesidad de conocer algunos de sus secretos. Internet no me ayudó, mucha paja y glamour, artículos banales de periódicos y muchas referencias a una moda que está en voga, el poliamor. Opté por buscar a alguien que hubiera estado sumergido en esta experiencia.

Empecé a interrogar a mi entorno, envié mensajes, me registré en foros, investigué en los grupos de las redes sociales y, por fin, dí con una dirección de correo electrónico.

Fue un proceso arduo y comprometido contactar con ella, fueron necesarios  tres meses y muchas confesiones para que confiara en mí, en este proceso fueron emergiendo mis dudas e inquietudes. Al fin accedió.

Me desplacé a Lérida, habíamos quedado en una cafetería del centro. Nos saludamos con cierta timidez, le agradecí efusivamente que hubiera acudido a la cita. Nos sentamos en una mesa un poco retirada y pedimos un café con leche y un cortado. Después de una breve conversación para familiarizarnos, le invité a que me contara su historia.

El principio

— Los conocí en la Universidad en un tiempo en que todo era nuevo para nosotros, en el que España, con la muerte del dictador, nos sorprendió con una apertura para la que no estábamos preparados. Todo quedó patas arriba, nada servía, una nueva etapa de aprendizaje se abría paso. Se impuso una radicalidad muy inocente que nos llevó a experimentar vivencias que creíamos nuevas. En este galimatías experiencial estaban ellos, dos pardillos de pueblo dispuestos a sumergirse en esa piscina de aguas revueltas y poco claras.

Iban juntos a todas partes, no se perdían una asamblea, una farra, tampoco una clase. Un día, después de la agitación producida por una manifestación y la correspondiente gira por los bares, acabé con ellos en la cama. El alcohol y el hachís propiciaron este encuentro amoroso. Lo que debiera haber finalizado como una noche loca, fue el inicio de una rutina de acompañamiento, allí donde iba siempre los encontraba, esperándome, dispuestos a llevarme a todos los sitios, incluso al ginecólogo.

Fue una época muy bonita e inocente en la que jugamos a vivir y a demostrar al mundo que la felicidad era un juego de amor, entrega y fe. Pensábamos que estábamos viviendo en una burbuja que tarde o temprano explotaría, pero no fue así.

Unos lazos invisibles comenzaron a forjarse, un sentido de pertenencia se manifestó con fuerza. A partir de ese momento todo cambió, unas ganas enormes de vivir juntos nos llevó a alquilar un piso en Delicias e iniciar una convivencia en común. Una vida más organizada y comprometida se  abría ante nosotros. El ritmo de salidas decayó, la vida se volvió más pausada, el estudio ganó más horas y los desacuerdos se manifestaron con más énfasis.

Mientras la burbuja de la diversión nos envolvió, todo pareció ir bien, todo cabía en ese trío de jóvenes alocados. Cuando tomamos la decisión de compartir piso, nos subimos a un carro invisible de compromisos para el que no estábamos preparados y al que hubo que hacer frente. Pasamos de hacer planes disparatados a razonar como una familia normal, pensando en trabajos, futuro, vivienda, hijos, etc. Nos dotamos de unas normas básicas para proteger la relación de nuestro entorno y de nosotros mismos.

Finalizados los estudios y después de varios trabajos temporales, decidimos cambiar de aires y alejarnos del medio urbano. Nos asentamos en Gerb, un pueblo cercano a Balaguer, en el que tuvimos dos hijos e intentamos desarrollar nuestras expectativas profesionales. Aquí hemos pasado la mayor parte del tiempo, viendo crecer a nuestros niños.

Hemos vivido una vida sin sobresaltos, previsible, con los problemas típicos de una familia, pero creo que hemos tenido más capacidad para enfrentarnos a las exigencias del día a día, al desgaste del paso del tiempo. La peculiaridad de nuestra relación nos animó a cuidarla como si de algo único se tratara, a pesar de las dificultades hemos sabido prolongar un amor que aún mantiene viva una parte de la ilusión que nos trajo hasta aquí.

Ahora todo es distinto, hemos tenido que reinventarnos, nuestros hijos se han independizado y Juan se fue de nuestro lado. Hace cinco años un accidente de tráfico se lo llevó, todos nos sumimos en una profunda tristeza, no hubiera sobrevivido sin Javier. Amaba a los dos, pero con Juan me entendía mejor, éramos almas afines.

El final

Mientras seguía hablando, un tipo delgado de pelo cano se acercó a la mesa, vestía vaqueros y chupa. Nos levantamos de la silla. — Te presento a Javier. Tomé su mano con fuerza y escruté su mirada con interés. Tomó asiento y pidió una cerveza. Hablamos de sus hijos, de su actividad en la cooperativa, también de su vida.

— Siempre ha sido María la que ha tirado del carro, la que ha sabido mantenernos unidos, la que supo sacar lo mejor de nosotros. Ambos sentíamos por ella una gran admiración, creo que cuando la conocimos empezamos a intuir cuál podía ser nuestro camino. Juan la acompañaba muy bien con su sensatez y un optimismo que fue necesario en momentos difíciles. Lo echamos mucho de menos, no sabemos cómo hemos podido salir adelante sin él.

Seguimos hablando de ellos, de mí, del futuro, … A las dos de la tarde nos despedíamos en la puerta de la cafetería, los vi alejarse cogidos de la mano mientras el sol del mediodía alcanzaba su cenit.

Sigo pensando mucho en ellos, también en Juan, al que no conocí, la evocación de sus vidas me enternece al tiempo que una nostalgia de lo no vivido me sume en la tristeza.