Ramón González Ferreira

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Yataity. Fotografía de José Bogado

Se llamaba Ramón, lo conocí en Paraguay en el verano de 2014. Estábamos montando una antena en un montículo cercano a Guayabí, cuando un hombre de cierta edad se acercó tímidamente pidiendo trabajo. Se dirigió a Samuel y a mí, aunque estábamos tostados por el sol, éramos los dos blanquitos de la cuadrilla, el resto eran vecinos de los pueblos cercanos. Le comentamos que no le podíamos pagar, el trabajo formaba parte del proyecto de una ONG que intentaba llevar internet a las zonas más desfavorecidas de la región, todos los que estábamos allí, incluidos los residentes, éramos voluntarios, no nos pagaban ningún jornal, nos alimentaban y a los que no teníamos alojamiento nos lo daban.

Se quedó con nosotros, no tenía dónde ir. Había venido andando desde Asunción manteniéndose con trabajos esporádicos que le daban por los pueblos que pasaba. Procedía de un suburbio, una de las riadas del río Paraguay se había llevado su chabola y todos sus bienes, su mujer había muerto un año antes víctima de una angina de pecho. Harto del lugar, no encontró ningún motivo para volver a levantar la chabola, decidió escapar del río y dirigirse al interior en busca de una vida con menos sobresaltos.

Era un tipo especial, a pesar de todo lo que había pasado seguía manteniendo una fe en la vida que no se entendía muy bien, eso le ayudaba a tener buen carácter y a mostrar un optimismo a prueba de catástrofes. Sólo le vi cabizbajo el día que celebramos el final del proyecto, tenía razones para ello, el grupo de trabajo se disolvía y nosotros regresábamos a España. A pesar de ello, en la despedida recuperó su optimismo y no dudó en insistir en que volveríamos a vernos. Ya tenían Internet en el departamento de San Pedro, le indicamos cómo podía ponerse en contacto con nosotros.

Yo también sentí dejarlo, estando a su lado aprendí a discernir nuevos matices en una realidad que parecía repetirse día a día, me enseñó a acompasarme a las horas del día. Me decía — No debes conducirte igual por la mañana que al atardecer, soségate, observa el brillo apagado del ocaso del sol, es el momento de relajarse y disfrutar del descanso. Incorporé el sol a mi vida como un tutor que me daba sabios consejos.

Ya en España, Samuel y yo nos separamos, él se fue a su Cantabria de mar y verde, yo regresé a Zaragoza, a seguir con ese curro que había dejado por dos meses. Me costó mucho volver a tomar las riendas de mi vida, la estancia en Paraguay me había influído más de lo esperado. Me había aproximado a una vida mucho más simple y esencial. A pesar de los horarios de trabajo y del calor agobiante, gocé de una paz que nunca antes había disfrutado, me liberé del estrés y las prisas, de la vanidad y el orgullo, me esforcé en entender a aquellas gentes y, por primera vez, sentí la necesidad acuciante de ayudar a mejorar la vida de los que me rodeaban.

La rehabilitación de la casa de Ganuza me dio aire que respirar y un mundo para soñar en proyectos radicales. Añoraba a Ramón, seguro que él hubiera sabido decirme cómo debía interpretar esos cielos, esas paredes de piedra, ese desasosiego que tenía desde mi regreso.

Intenté comunicarme con él a través del enlace que la ONG tenía en Guayabí, no fue posible, me comentó que al poco de marcharnos nosotros, abandonó la ciudad. Intenté organizar mis ideas pero no pude, el caos se había apoderado de mí, no podía conciliar la experiencia en Paraguay con la realidad de Zaragoza, estaba paralizado.

Decidí llamar a Samuel, le pedí que se acercara a Ganuza, podíamos disfrutar del fin de semana e intercambiar experiencias y pareceres. A él le pasaba un poco lo mismo, la experiencia paraguaya le había pesado más de lo que había pensado, para sobreponerse a ella, trabajaba como voluntario en una asociación que atendía en lo que podía a los indigentes de Torrelavega, esto le ayudaba a sentir cierta coherencia.

Le encantó la casa y el proyecto de hotelito rural. De sopetón me suelta, — ¿por qué no te traes a Ramón? Le podrías dar trabajo, podría hacerse cargo de la limpieza y la recepción de viajeros. Le comenté que había intentado ponerme en contacto con él pero que no lo había localizado. Me animó a que siguiera adelante y a que intentará localizarlo.

El tiempo fue pasando, Samuel se casó y siguió con su voluntariado, nosotros conseguimos finalizar las cinco habitaciones de la primera planta y abrir el hotelito con la  ayuda de una chica del pueblo de al lado. Un día llegó un mensaje electrónico de Guayabí, era el enlace de la ONG, habían localizado a Ramón, estaba de nuevo en la ciudad. Le contesté rápidamente  pidiéndole que me ayudara a comunicarme con él. Por fin pude transmitirle mi deseo de que viniera a España a trabajar.

A través Western Union le mandé dinero para el viaje y por correo electrónico le envíe el localizador del billete de avión. Un tres de octubre, a las diez de la mañana, llegaba a Madrid, lo recogí en el aeropuerto y salimos rápidamente para Ganuza. En el trayecto me fue contando cómo había pasado esos últimos cuatro años. Lo noté cambiado, más apagado, menos animoso. Me comentó que no se encontraba bien.

A las tres y media ya estábamos en Ganuza, nos esperaban Pili, que se había encargado de la comida, Samuel y su mujer. Fue un encuentro entrañable, una comida que siempre permanecería en la memoria, no dejé de escrutar su mirada y sus gestos, de sentir un placer enorme por tenerlo a mi lado.

Los meses que siguieron fueron grises, el invierno se adelantó empujado por un viento frío del norte que borró los últimos vestigios del verano. El hotelito funcionaba bajo mínimos, con un tiempo tan desapacible apenas se acercaban viajeros a Ganuza. En noviembre decidimos cerrar la temporada.

Un manto de tristeza cubrió la casa, sólo quedó espacio para la resignación y el dolor. Ramón murió en el hospital de Estella el tres de diciembre, un cáncer de páncreas diagnosticado tardíamente acabó con su vida. Samuel y yo velamos sus últimos días. Nos confesó que ya sabía que padecía algo grave, había venido a morir a nuestro lado. Sus últimos recuerdos fueron para su país y para aquella mujer que se quedó a orillas del río.