Una postal desde el Nilo

5 (100%) 1 vote[s]



Finalizamos la campaña de alojamiento el cuatro de enero y cerramos la casa rural durante tres meses para descansar y realizar algunas obras de mantenimiento. Entre otras cosas, queríamos poner una estufa de hierro fundido, para ello había que desplazar las estanterías y sacar los libros para después volver a colocarlos. En este proceso llamó mi atención una especie de marca páginas que asomaba en un libro de Antonina Rodrigo. Era una postal, Faluca por el Nilo.

Querida Amelie, Hoy ha sido un día maravilloso, después de visitar los templos de Abu Simbel, nos hemos desplazado en una faluca, a través del río, hasta una aldea nubia. Por primera vez desde que estoy en Egipto he llegado a ver y sentir cómo vive este pueblo. Estoy emocionada. Ojalá estuvieras aquí. Un abrazo. Camille.

 

Era de Souraïde, un pueblo francés al lado de la frontera. Había estudiado en San Juan de Luz, Bayona y Burdeos, y había venido a España como profesora de francés en el colegio “El Puy” de Lizarra. Se había integrado rápidamente, además de estar a menos de dos horas de casa compartía con sus nuevos vecinos un mismo territorio cultural, Euskal Herria.

Su vida transcurría apaciblemente entre clase y clase, la piscina cubierta, las salidas de viernes y sábados por bares, exposiciones y restaurantes, y alguna excursión dominguera por los montes de Navarra, muy de vez en cuando visitaba a sus padres.

El primer año estuvo muy entretenida adaptándose al trabajo y a la gente, pero ya en el segundo, cuando sólo llevaba tres meses de curso, empezó a sentir una angustia con la que ya estaba familiarizada. En San Juan de Luz y Bayona le pasó algo similar, pensó que estudiar en Burdeos, una ciudad mayor, le sentaría bien. No fue así, se sentía encerrada entre paredes y calles, agobiada por un cielo que no le daba la luz que necesitaba, espoleada por una inquietud que no sabía cómo canalizar. Empezó a ser consciente que no eran las ciudades las responsables de esa necesidad de cambiar.

Seguía con su rutina y sus pensamientos grises cuando un amigo, Maxime, que estaba dando clases de Francés en Madrid, le propuso preparar un viaje a oriente próximo, ya decidirían a qué país o países irían. Fue una bocanada de aire fresco, una puerta abierta a espacios sin fronteras. Los preparativos del viajes rebajaron sustancialmente su angustia.

Después varios mensajes y conversaciones telefónicas, descartaron Israel, Jordania y los países de la península arábiga. Desecharon la modernidad de las grandes urbes y optaron por un turismo arqueológico y cultural, también buscaban un pueblo que aún conservara sus viejas tradiciones. Egipto fue el país elegido.

Para preparar el viaje recurrió fundamentalmente a los blogs de viajeros. Mientras iba leyendo cada vez mostraba más rechazo a la oferta turística mayoritaria, no le seducía compartir su aventura con miles de viajeros que aterrorizaban a las piedras con sus fotografías, que visitaban pueblos nubios modelados para el turismo, que estaban siempre subiendo o bajando de un autobús con aire acondicionado, que no se libraban de un crucero por el Nilo.

Nuevos mensajes y llamadas telefónicas consiguieron centrar el viaje. A ambos les había seducido Nubia, esa nación de hombres oscuros que habían llegado a gobernar el antiguo Egipto. Para sortear las rutas turísticas más transitadas, viajarían por aldeas nubias cercanas a la frontera con Sudán.

Ambos hicieron todo lo necesario para dejar finalizado el curso en la primera quincena de Mayo, en la segunda estarían de turismo por Egipto. Sólo contrataron el avión de ida y vuelta, Madrid-Hurghada en Turkish Airlines, el resto lo contratarían in situ.

El avión, después de nueve horas, aterrizó puntual en el país del Nilo. La noche cubría con su velo el aeropuerto y sus aledaños, aún tardaría una hora en amanecer y dos en poder coger el autobús para Quena. Desde allí seguirían en tren hasta Aswan y continuarían en autobús hasta Abu Simbel.

Llegaron extenuados, casi de noche, apenas si tuvieron tiempo para comer un kebab y alquilar una habitación en un hotel. Al día siguiente, por la mañana, visitaron los templos de Ramses II y Nefertari, al atardecer se dedicaron a buscar y contratar los servicios de una faluca para desplazarse hasta un pueblo nubio ubicado en la frontera con Sudán. No querían aventurarse dentro del país, les daba miedo encontrarse con los vestigios de cinco años de guerra civil. Con la puesta del sol se atrevieron a dar una vuelta por la ciudad, finalizaron el día con una cena en un restaurante de comida local.

Un sol de luz blanca alumbró el nuevo día, pasajeros, capitán y equipaje estaban preparados en el puerto. Ya en la faluka, pudieron disfrutar del agua del Nilo, sufrir el acoso de los insectos y la incomodidad del calor exasperante de mayo. Fueron remontando el río lentamente, después de cuatro horas, en la ribera occidental divisaron algo parecido a una playa fluvial flanqueada por casas de barro. Conforme se iban acercando a tierra observaron cómo los aldeanos se concentraban en la orilla del río en actitud curiosa. Cuando la faluca clavó su proa en la arena vieron que aquel lugar no se parecía en nada al Egipto que habían dejado a su espalda, la miseria se manifestaba en toda su amplitud, no había turistas.

Ya lo habían intuido, de alguna manera lo habían sentido a través de otras personas, no les sorprendió su reacción ante aquel panorama. Quedaron seducidos por las sonrisas y las ganas de jugar de unos críos que tenían que sacudirse las moscas de la cara, por la solicitud y la amabilidad de unos adultos que habían perdido buena parte de su dentadura, por la coquetería de unos jóvenes con gorras ajadas que sabían que su atractivo no dejaba indiferente.

Los primeros días, a lomo de camellos y guiados por un aldeano, se dedicaron a visitar pueblos de los alrededores, la mayoría se situaban a unos kilómetros del río, en las arenas del desierto, para evitar las crecidas del Nilo. Cuanto más al sur se desplazaban mayor era la miseria y más discretas las sonrisas. Uno de los días decidieron aventurarse en Sudán, visitaron una aldea más miserable que las anteriores, las sonrisas habían desaparecido y la hospitalidad, tan apreciada en estas tierras, se había escondido tras una actitud adusta impropia de aquel pueblo, el sufrimiento asomaba en sus rostros. Regresaron a la aldea tristes y ensimismados.

Decidieron ayudar a estas gentes. Se desplazaron de nuevo a Abu Simbel y enviaron decenas de mensajes en los que narraban lo que habían visto. Intentaron tocar la fibra sensible de sus compañeros y amigos y comprometerlos para que enviaran dinero, pensaban contratar uno o dos camiones para distribuir arroz y trigo en las aldeas cercanas a la frontera con Sudán.

 

No hubo más comunicación, no se recibieron más mensajes, excepto la postal que encontramos en el libro comprado en una tienda de viejo. Para reconstruir la historia que guardaba indagamos a partir de la dirección postal. Enviamos mensajes a las autoridades de Souraïde, sus pesquisas enseguida nos pusieron en contacto con los padres de Camille, éstos nos condujeron al colegio de Lizarra y aquí pudimos obtener un montón de contactos, compañeros y amigos que en sucesivos viajes a Ganuza fuimos visitando.

A día de hoy no sabemos qué fue de ellos, nunca regresaron a sus trabajos ni a sus casas, tampoco hemos podido dar con la destinataria de la postal, Amelie, un nombre inédito en Souraïde, las autoridades llegaron a pensar en una bordelesa que pasó un mes de junio veraneando en el pueblo.

Camille sigue en el recuerdo más viva que nunca. Tanto sus padres como sus amigos están convencidos de que decidió quedarse en Nubia, seguramente había encontrado el mundo que estaba buscando desde los nueve años. En cuanto a Maxime, sus colegas no tenían ninguna duda, seguiría ciegamente los pasos de Camille, siempre estuvo enamorado de ella.