El hechizo de una rosa




Aún recuerda esa mañana calurosa de un sábado del mes de junio. Salió tranquilamente de casa en busca de la sombra de mediodía. La calle Mayor se mostraba animada, los viandantes ocupaban las aceras deteniéndose en los pequeños escaparates de las tiendas. Había quedado para tomar una caña en la Taberna Almau, una certeza casi inesperada se hizo patente, se jubilaba.

El último día en la oficina fue un poco especial, como el final de una desaceleración que acaba por dar la última campanada. Una pequeña reunión en medio del pasillo, café de máquina y unos bollos que habían traído de una pastelería cercana. Fue un adiós rápido, de sonrisas inacabadas y abrazos fugaces.

En la calle se sintió extraño, embargado por un vacío cómodo y agradable, liberado de esas cargas leves y cansinas que habían ocupado más de media vida. Tenía planes, disfrutar de la familia, de los amigos y de los pequeños viajes. También quería deleitarse con paseos tempraneros de calles estrechas y parques de río. No era ambicioso, solo quería vivir otra vida.

Los días fueron avanzando inexorablemente añadiendo años a un universo cada vez más frágil. Pequeños eslabones de vidas agotadas fueron rompiendo paulatinamente la red social que lo protegía, cada esquela, cada compañero perdido iba dejando una pequeña muesca que añadía un vacío y lo aislaba.

Con el tiempo fue notando como la distancia con el mundo se iba acrecentando. A veces llegaba a intuir que vivía en un espacio mediático sin referencias ni dios. Unas opiniones sólidas atemperadas por los años quedaron en el vacío mientras nuevas versiones se hacían acompañar por otros vientos.

Una salud que siempre le había acompañado empezó a mostrar síntomas propios de la edad. Una cama de hospital, consultas médicas y un rosario de pastillas se incorporaron a su devenir de manera súbita. Algo cambió, una fragilidad desconocida se adueñó de su cuerpo, un miedo anticipado hipotecó sus ganas de vivir.

Un día invernal de viento y lluvia paseaba con aire triste por la calle Mayor. El aguacero arreció y tuvo que refugiarse en la entrada de una tienda. Mientras pasaba el chaparrón aprovechó para curiosear en el escaparate. Bolsas de semillas, plantas y pequeños sacos de legumbres ocupaban las estanterías de la exposición. La curiosidad le llevó a entrar en el establecimiento, un señor de bata azul y movimientos suaves lo saludó con cordialidad.

Iniciaron una larga conversación en la que se cruzaron el cielo y la tierra, el campo y la ciudad, y la vorágine de estos tiempos, para finalizar hablando de plantas. El tendero le confesó que no había encontrado sosiego hasta que descubrió el mundo de las plantas. Le habían enseñado un ritmo sosegado que le había permitido descubrir la belleza de las cosas, la calma sinuosa del río, el canto desacompasado de las aves. Sus queridas plantas le habían devuelto una paz que ya no recordaba.

Desde hacía quince años se dedicaba a ellas, las cultivaba en un huerto que tenía en Movera y las vendía en la tienda con una pequeña guía de cuidados. Los clientes casi siempre estaban satisfechos con sus plantas y las cuidaban. Cuando alguien sospechaba que no sabía cuidarlas, le enseñaba. Excepcionalmente algún cliente se iba enfadado y sin planta.

Compró un rosal con el compromiso de que al día siguiente lo plantaría en un huerto que su familia tenía en las afueras de la ciudad. Así lo hizo, lo plantó con cuidado y le echó el agua necesaria, sin pasarse. Volvió contento a casa.

Todos los días, provisto de un libro, se acercaba al huerto para disfrutar de la compañía del rosal. Acariciaba su espinoso tallo y a veces le contaba pequeñas anécdotas. Nunca la lectura había sido tan agradable ni los rayos del sol tan luminosos. Paulatinamente, la alegría fue desplazando a la tristeza y el desasosiego fue reemplazado por una tranquilidad que le permitió ver el mundo de otra manera. Una nueva realidad empezó a manifestarse.

Un día de abril, una rosa roja emergió con fuerza en busca del sol. Se quedó maravillado, por primera vez fue consciente del milagro de la naturaleza, de la singularidad de una flor. Su mirada quedó impregnada de una belleza roja que lo rejuveneció.

Aquella tarde, sin falta, decidió visitar la tienda, no había vuelto desde el día que compró el rosal, quería hablar con el dueño, compartir su experiencia y mostrar su agradecimiento. No la  encontró, la tienda había cerrado, un cartel en el escaparate indicaba que el local se alquilaba. La perplejidad inicial dio paso a una expresión de esperanza. Pensativo abandonó el lugar y tomó el camino de su casa.

 

Un hombre tranquilo camina lentamente por la calle mayor, se detiene delante de una tienda de semillas y plantas, y mira satisfecho el cartel. Levanta la persiana y abre la puerta, una vez en el interior, se pone una bata azul y, poco a poco, va sacando algunas macetas a la calle. Satisfecho observa sus plantas y mira curioso la calle Mayor.