Viviendo solo

Rate this post

Tengo un curriculum de relaciones poco envidiable. Escasas y fracasadas experiencias han conformado la historia amorosa de mi vida, una mezcla de dependencias, abandonos y desastres que han evidenciado mi incapacidad para mantener una relación.

Al principio les echaba la culpa a ellas. Nunca me quisiste, sólo querías salir de casa de tus padres, tu profesión es lo primero, … Era un diálogo sordo, nunca les dije nada, pero estos argumentos me permitieron durante mucho tiempo sentirme víctima.

Después empecé a sospechar que había algo más, que no sólo era la actitud de ellas lo que me alejaba de su lado. Creo que siempre las necesité en exceso, las agobié con mis peticiones de atención y cariño. En demasiadas ocasiones tuve que oír, tú no necesitas una mujer, necesitas una madre.

Tal vez, el ingresar en un internado a los nueve años me privó de una ternura que sólo me podía dar la familia, o tal vez estaba predestinado a ser un niño dengue con poco empuje. Esta debilidad no me privó de tener un carácter desagradable y un genio caprichoso que me acarrearon más de un disgusto.

Siempre busqué el cariño y la protección en las mujeres, las atraía con mi desvalimiento y tristeza. Cuando fui consciente de este hecho llegué a dibujar un personaje más melancólico de lo que realmente era.

Al principio todo aparentaba ir bien, les complacía cuidar de una persona que las necesitaba y el sexo parecía satisfacer sus expectativas. Encontraban graciosa mi actitud de aprendiz curioso y esa disposición permanente a meterme en la cama. A pesar de todo, pronto se cansaban. Empecé a distinguir las señales que indicaban que me iban a abandonar: los encuentros sexuales empezaban a ser esporádicos, casi nunca quedábamos solos, manifestaban un desdén comedido por todo lo que decía, … Hasta que llegaba el fatídico tenemos que hablar.

Después de mi último fracaso decidí que ya era hora de intentar vivir sólo. Siempre había pensado que era un hombre de pareja, que necesitaba una persona a mi lado. Creo que esa idea fue responsable de que intentara una y otra vez montar mi vida alrededor de una mujer.

Ahora vivo sólo, tuve que echar mano de la disciplina aprendida a lo largo de los años para no caer en la desidia de un piso sucio, armarios desordenados, camas sin hacer, comidas precocinadas, platos sin fregar, …

Siempre me ha costado mucho acostumbrarme. Cuando ellas se iban quedaba un enorme vacío que no sabía cómo llenar. Al principio lo llevaba muy mal, la calle con sus viandantes y escaparates se convertía en una aliada indispensable, los bares de solitarios en cálidos refugios. Tenía que tener cuidado, si me pasaba con las cañas se apoderaba de mi una tristeza que me duraba días.

Poco a poco, con el paso de los días y la ayuda de Ikea, iba colonizando ese vacío con un blanco nórdico que me ayudaba a consumir horas de televisión y siestas de sofá. De nuevo volvía a ocupar un lugar importante una playstation que me acompañaba desde hacía algún tiempo.

Estoy aprendiendo. Miro a los amigos de otra manera, como seres valiosos que debo cuidar para no perderlos. Procuro entenderlos, entretenerlos, no quiero que se aburran conmigo. Intento ocupar la cabeza con pequeños proyectos y lecturas, dedico más tiempo a Facefook y llevo un calendario férreo de actividades físicas. Es mi forma de esquivar la melancolía.

Tengo que llegar al final de la jornada cansado, preparado para coger el tren del primer sueño, ése que me llevará hasta la madrugada. Si esto no ocurre me desvelo y la oscuridad de la noche resucita los fantasmas. Empiezo a cuestionar mi forma de vida, algo me dice que no sé vivir, que nunca he tenido el valor de sumergirme en la vida, que el miedo a sufrir sigue gobernando mi agenda sentimental. Inevitablemente acabo sintiéndome un desgraciado y compadeciéndome.

El sonido desagradable del despertador y las luces del nuevo día acuden en mi ayuda y se encargan de mitigar los efectos de la noche. La pena y el desasosiego se suavizan, pero siempre me queda un poso de tristeza, una sensación que me perturba, la certeza de que he renunciado definitivamente al amor.

Continúa en Viviendo sólo II