A un palmo del suelo

Hoy casi me he sentido iluminado, por un momento una lucidez desconocida me ha acompañado durante unas horas, una sensación agradable y tranquila me invitaba a pensar que una certeza muy simple podía dar sentido a mi vida.

He necesitado vivir a un palmo del suelo para ilusionarme y poder levitar por encima del lado más dramático y aburrido de la vida. Con la pandemia la ilusión se ha vestido de luto y me ha abandonado, me ha dejado con la monotonía del día a día, con un presente descolorido y un futuro desesperanzado.

Hoy, de alguna manera, he abandonado por unas horas mis pensamientos más pesimistas para perderme en un laberinto que me ha hecho soñar despierto.

Durante varias semanas he estado trabajando para hacer una sauna, es la primera vez que dedico tanto tiempo a tratar la madera  y es muy probable que este contacto prolongado haya despertado algo en mí. En los últimos días, mientras finalizaba lo que iban a ser los bancos, he empezado a tratar los listones de abeto de otra manera, con mimo y parsimonia, cada vez que hacía un corte acariciaba sus aristas y las lijaba manualmente. Tengo la sensación de que estaba accediendo a otra forma de hacer las cosas, a otro modo de vivir.

Casi puedo decir que una brisa de sabiduría me ha rozado. He vislumbrado el valor de lo simple, la magia de la transformación, el contacto íntimo con la materia y una cadencia verde y lenta evocada por las vacaciones en Galicia. Siempre he pensado que si me hubiera quedado el tiempo suficiente en esa tierra la paz me habría contagiado y transformado en una persona más sosegada. No le di esa oportunidad a mi vida.

Esta experiencia me invita a alejarme de mi trabajo, de la casa rural, de la casa donde vivo, también me invita a instalarme en tierras del cantábrico y cambiar de actividad. Me gustaría la carpintería: hacer sillas, mesas o bancos, pero también podría aprender a hacer zuecos, lo que sea, algo que fuera útil. Además intentaría retomar el dibujo y la pintura, cuidaría del terreno anexo a la casa, no olvidaría la lectura y saldría a pasear todos los días acompañado de mi perro.

Sería un experimento bonito, no sería algo definitivo porque «me canso de las cosas». No sé si mi pareja me acompañaría. Tal vez sí, si conseguiéramos convencer a nuestros gatos para explorar nuevos territorios.

Como he comentado, la sensación de vivir en un laberinto placentero ha sido breve pero lo suficientemente significativa como para comentárselo a mi pareja. Esta experiencia me ha dejado un poco trastornado y confuso, con la vuelta a la realidad me he sumergido de nuevo en ese pesimismo lleno de malos presagios.

He observado con preocupación como mi expresividad verbal ha empeorado notablemente, una parte se la debo a un accidente que sufrí, la otra a la pandemia, la escasa sociabilidad ha impedido el ejercicio de la conversación. Estoy perdiendo capacidades.

Tal vez esa revelación haya sido fruto de la necesidad de esconderme en un mundo menos exigente y más habitable, tal vez sea una retirada obligada o una estrategia para evitar los empentones de la existencia. Tengo la certeza de que la vida me está derrotando, he perdido la iniciativa.

A pesar de todo he podido soñar con una alternativa que me seduce y esto me anima y me da fuerza. Tal vez el paso siguiente, cuando la rehabilitación del alojamiento rural haya finalizado, sea alquilar una casa en una aldea del cantábrico, trasladarnos con nuestros gatos y herramientas, y seguir viviendo en un entorno más natural y sosegado.

Os invito a soñar.