El proyecto de una vida

Fotografía de Esudroff

Una enfermera encendió la luz rompiendo la intimidad de la habitación. La desveló, le puso el termómetro y le tomó la tensión. A los dos minutos salía tan rápidamente como había entrado apagando la luz. Aunque ya sabía que no iba a dormir, se relajó protegiéndose con el manto que le brindaba la oscuridad.

Cuando el sueño era esquivo se dejaba llevar. Cuántas veces se había refugiado en recuerdos huyendo del dolor, el miedo o el aburrimiento. Recuerda con nitidez la entrada urgente en la Maternidad con unas contracciones que le partían el alma. Todo fue muy rápido, no pudieron ponerle la epidural, el parto se precipitó llenando el paritorio de gritos desesperados. Por fin la matrona sacó a la bebé y pudo respirar tranquila.

Un ruido de pasos apresurados en el pasillo llamó su atención expulsándola de la brecha abierta en el tiempo. Fue un lapsus breve, el silencio se hizo de nuevo, el manto de oscuridad volvió a protegerla del mundo.

La cama del dormitorio las cobijó en los primeros años de su vida. Dormir era un poco incómodo pero pudo disfrutar de una lactancia privilegiada. Cuando se despertaba buscaba su pecho izquierdo y no se soltaba hasta que se saciaba. Mientras mamaba entraba en un duermevela apacible que le permitía estar pegada a su pequeña, una sensación muy primaria y física la llenaba de fuerza y ternura. Cuando abandonó su cama en busca de otro espacio pudo dormir mejor, pero sintió un pequeño agujero en el estómago, un día se alejaría de ella.

El sonido metálico de un objeto chocando en el suelo seguido de una palabrota la sobresaltó. Su imaginación se fue al pasillo a observar cómo un enfermero recogía del suelo un recipiente y se alejaba rápidamente acompañado por un murmullo de refunfuños. El silencio se hizo de nuevo.

No quiso perderse el crecimiento de su hija, decidió volcarse en ella, hacer de ella su pasión. Juntas construyeron un mundo aparte que lograron conciliar con la guardería y el trabajo, el resto del tiempo fue para ellas. 

Compartían las figuras de plastilina y  los experimentos que hacían en la cocina con las hamburguesas ecológicas. Cómo disfrutaba observándola, se quedaba embelesada mirando cómo se movía la aguja de la báscula mientras su carita dibujaba líneas de sorpresa. No lo podía evitar, la sacaba de la trona y la llenaba de besos hasta que protestaba.

Pronto amanecería, una luz incipiente de sol se coló por la persiana mal ajustada. Se dio  la vuelta y se cubrió con el embozo de la sábana para recomponer ese mundo de oscuridad con el que protegerse de nuevo. 

Nunca se acostumbró a dejarla en la puerta del cole. Cuando iba a recogerla la intuía venir entremezclada en una piña de niños, en un torbellino de personitas que se dirigían inexorablemente a la salida del colegio. Por fin la reconocía: el anorak, la mochila, su forma de andar, … La levantaba en un abrazo de besos y risas, y cogidas de la mano abandonaban el colegio parloteando sin parar. 

El sol inundó las ventanas, el bullicio de los pasillos llenó el silencio de la noche. Los auxiliares, ataviados con uniformes de olor a detergente, rompieron la intimidad de la habitación con la energía y cháchara de un nuevo día. El aseo y el desayuno de galletas María con leche, mermelada y mantequilla señaló el inicio de un nuevo día. 

El médico la visitaría después de las once. De nuevo le vinieron recuerdos de otro tiempo, de aquellos meses que vivieron un amor de película en una Barcelona llena de sol y mar. Fue un tiempo de felicidad que dibujó un arcoiris que ya no volvería a repetirse. Seis meses fueron suficientes para vivir la relación más intensa de su vida y para quedarse embarazada.

El médico entró en la habitación con aire circunspecto escoltado por un pequeño enjambre de batas blancas. Un interrogatorio protocolario muy breve fue suficiente para darle el alta, «Ha superado el covid, ya puede regresar a casa». 

Cuando el séquito médico abandonó la habitación rompió a llorar, se derrumbó, emergió con crudeza la soledad, la tristeza y el miedo que había sufrido a lo largo de los dos meses de hospitalización. Se vistió lentamente y llamó por el interfono para solicitar que alguien la acompañara hasta la salida del edificio, se encontraba un poco desorientada.

Ya en la salida, una mascarilla azul se acercó con los ojos llenos de lágrimas y la envolvió en un abrazo desesperado. De nuevo rompió a llorar desbordada por mil emociones. Lentamente se desprendió del abrazo e intentó recomponer su rostro, se cogieron de las manos y se miraron. ¡Mi niña, cuánto te he echado de menos!