Calles vacías

Zologorri Kalea, Ganuza, Navarra

Se llamaba Daniel, era uno de los muchos niños de 4 años que iban al cole todos los días con una sonrisa dibujada en su rostro. Aquella tarde tuvo muy mala suerte, al pasar por el paso de cebra fue atropellado por un joven que venía lanzado con su bicicleta. No se enteró, fue muy rápido, salió despedido contra el asfalto mientras el chico de la bicicleta acabó estrellándose contra la acera.

Ambos quedaron aturdidos y quejumbrosos, mientras Daniel llamaba a su madre con un hilo de voz, el chico de la bicicleta intentaba levantarse como podía ayudado por un viandante que pasaba por ahí.

Su madre, que había venido a recogerlo al cole, llegó rápidamente hasta él y lo abrazó con preocupación. Inmediatamente se acercó uno de los padres que era médico y, después de un rápido examen, lo tomó en brazos y lo introdujo de nuevo en el colegio para examinarlo con más detenimiento.

El médico lo miró de arriba a abajo y comprobó que, salvo un chichón en la cabeza y una pequeña herida en la rodilla, Daniel estaba bien, incluso, una vez pasado el susto, le gustó sentirse protagonista del atropello. La madre abrazó al médico efusivamente y le dio las gracias.

Dejaron el colegio, después de 30 minutos de rodar por las calles llegaron a casa. Nada más abrir la puerta la alegría se desató. Como si hubiera intuido el accidente, Kira se abalanzó sobre él y lo llenó de lengüetazos, ambos acabaron en el suelo entre risas y ladridos. Su madre tuvo que poner orden para apaciguar el caos que se había generado en la entrada.

Para compensarlo del susto del accidente, lo liberó de los deberes y le dejó ver la televisión durante la tarde. Se sentaron los tres, Kira en el suelo, y eligieron un vídeo que les encantaba, «La granja de Tomaso». Media hora duró el documental, no callaron, hasta la perra participó en la cháchara. 

Cada vez que veían el vídeo una gran sonrisa llenaba el salón de la casa, habían aprendido a reconocer los animales y los árboles que rodeaban la granja. Casi podían oler la fragancia del heno y sentir la calidez de la paja. El granjero y su mujer se desvivían por el bienestar de sus animales y disfrutaban de su compañía y sus juegos.

Una cena frugal puso fin al día, excepcionalmente, Kira se aposentó al pié de la mesilla, junto a Daniel. Su madre lo arropó amorosamente y con un abrazo lleno besos le dio las buenas noches y apagó la luz. 

Un crepúsculo de claridad inició su recorrido por las estrellas, los astros se confabularon para hacer de la noche un baile de sueños, la vivienda de Daniel brilló en la oscuridad. Soñó con una casa, con un pueblo y una escuela, con árboles y geranios. Los fragmentos del sueño se extendieron por la vivienda y alcanzaron a su madre que soñó con dejar la ciudad y empezar otra vida lejos del ajetreo del asfalto. También alcanzaron a Kira, que fantaseó con calles sin coches y hierba húmeda.

Un susurro despertó a Daniel, era la hora de levantarse, el cole le esperaba. Kira ya estaba en la cocina comiendo su ración de pienso. Desayunaron de prisa, cogió la mochila y el bocadillo y salieron volando hacia el coche, la perra se quedó disgustada y ladrando. 

Aquel día llovió, el tráfico estaba insoportable, toda la ciudad era un atasco monumental. Llegaron al colegio con diez minutos de retraso. Con pena, lo dejó a la entrada de clase.

Cuando se dirigía al coche, en el gran panel de anuncios que había a la entrada, se fijó en uno especialmente llamativo. «Para los que sueñan. Se alquila casa pequeña con jardín en pueblo, se admiten mascotas, precio económico».  

El sueño se hizo realidad. En agosto abandonaron la ciudad y se instalaron en el pueblo. Daniel inició el curso rodeado de niños de distintas edades en una escuela unitaria. Kira se acostumbró a pasear por las calles saludando a los vecinos y su madre tuvo que buscar un nuevo trabajo en la panadería del pueblo de al lado.

Daniel aprendió a coger moras, a distinguir el canto de las aves, a recolectar miel con Oscar el mielero y a recoger los huevos de las gallinas de Víctor. Se aplicó en aprender, era un buen estudiante, las buenas notas le acompañaron a lo largo de la escuela y el instituto.

Cuando acabó el bachillerato tuvo que abandonar el pueblo, la Universidad le esperaba con un futuro de conocimiento y oportunidades. La ciudad lo sedujo con decenas de vidas paralelas. Se olvidó de las gallinas y la miel, de las aves y los renacuajos, ya no le quedó tiempo para visitar a su madre.  

 

Un viento desangelado barrió las calles, la escuela cerró, los ancianos se convirtieron en testigos solitarios de un pueblo que languidecía. Arrugas de olvido moldearon el semblante de su madre, Kira descansó para siempre en el jardín. 

Aquella noche buena le tocaba visitar a su madre, vino al pueblo con prisa, al día siguiente tenía que marcharse. Fue una velada triste, a pesar de los años seguía pesando la ausencia de Kira, también la falta de futuro de un pueblo que se moría.

No pudo descansar bien, el viento ululó sin descanso y un duermevela inquieto se instaló en su sueño. «Un niño observaba atónito el movimiento de los renacuajos en la balsa de los nogales, mientras Kira rompía el espejo del agua con sus patas». 

Se despertó abatido, un vacío de ausencia lo llenó, había enterrado un mundo que le dio los mejores momentos de su vida. Se levantó con cuidado de no despertar a su madre y se dirigió a la cocina. Mientras preparaba la cafetera italiana un pensamiento se cruzó con una clarividencia inusitada, tenía que detener el viento.