Entre la necesidad y el deseo

 

Era una pareja normal, bien avenida, con las desavenencias propias de un recorrido largo, algunas veces se percibían gestos y expresiones que dejaban traslucir cierto descontento y crispación que remitían con prontitud. Cuando no podían solucionar los problemas con el concurso de la palabra recurrían al sexo, un remedio que utilizaban para tapar las grietas por donde escapaban las discrepancias más notables.

Habían convertido el sexo en una herramienta de convivencia fundamental, los conflictos más relevantes acababan sepultados por una relaciones sexuales muy pragmáticas. No era un sexo rebosante de hormonas donde follar era menos costoso que hacer el bocadillo del almuerzo, todo lo contrario, era un sexo trabajado en el que tenían que poner interés para superar la laxitud de la pereza.

Esto era posible porque, a pesar de la edad, habían mantenido la costumbre de hacer el amor, programaban los días y las horas para echar un polvo, ello suponía prepararse y acopiar la voluntad necesaria para que el encuentro fuera exitoso. Muchas veces fueron criticados por la escasa espontaneidad de sus encuentros sexuales.

La vida siguió su curso con normalidad hasta que empezaron a surgir algunas disfunciones que achacaron a la edad. Pronto fueron conscientes de que el universo sexual que habían creado con tanto empeño se estaba desmoronando. Se quedaron abatidos, se preguntaron cómo iban a poder vivir en pareja sin la colaboración del sexo. 

Fue una catástrofe, no solamente perdieron una fuente de placer, también el nexo que los mantenía unidos. Sufrieron una crisis grave que no supieron resolver con la colaboración de los médicos.

A falta de soluciones dirigieron su mirada a la nube, no sabían si para dar con un remedio o para explicar la situación de la pareja. En esa búsqueda encontraron la Oxitocina, hormona que siempre habían asociado al embarazo pero no al orgasmo. Esta hormona, se comentaba en la página, además de otras sensaciones maravillosas, producía «una agradable sensación de pertenencia al otro».       

Ambos coincidieron en que ese podía ser el remedio a sus males. Con el asesoramiento de un médico freelance decidieron inyectarse Oxitocina sintética, ésta les ayudaría de nuevo a tener relaciones y los orgasmo volverían a estimular el cerebro para liberar la hormona de manera natural. El asesor dejó claro que había algunos efectos secundarios que podían producirse.

Iniciaron de nuevo la programación de los encuentros sexuales, a la Oxitocina sintética acompañaban algunos estimulantes, geles varios, juguetes sexuales y algunas técnicas aprendidas en los vídeos. El experimento fue un éxito, tanto es así que las relaciones sexuales aumentaron y retomaron con creces el interés por el sexo.

Envolvieron la experiencia en luces cálidas, aromas sugerentes y sonidos estimulantes. Empezaron a divertirse buscando artilugios de distintos colores y sabores, nunca pensaron que hubiera tal variedad de estimuladores de clítoris. El sexo casi se convirtió en algo secundario.

En ese proceso acabaron por inyectarse cada vez más Oxitocina. Un domingo, viendo una serie de televisión, sufrió un incidente cardiovascular que lo llevó a las urgencias del Hospital de Miguen Servet. Le diagnosticaron un derrame cerebral leve que lo tuvo hospitalizado cinco días. Los médicos, después de una severa reprimenda, concluyeron que la responsable del incidente había sido la Oxitocina sintética. 

Una nueva encrucijada se abrió ante ellos, olvidarse de la hormona o seguir tomándola a pesar de los riesgos. No habían sido conscientes hasta que punto un sexo casi de viejos se había convertido en el centro de sus vidas, decidieron seguir como antes, inyectánsose hormonas.

No fue sencillo, no temían a la muerte pero sí a las lesiones de un derrame cerebral. Decidieron apostar más fuerte y añadir a la Oxitocina el éxtasis, si sufrían un accidente cardiovascular que fuera lo suficientemente serio para provocar un percance fatal que los condujera a la muerte.

Dejaron la ciudad, se ubicaron en una finca campestre con sus animales y dejaron una alarma a sus amigos, si no recibían todos los días un mensaje de correo electrónico es que algo grave había ocurrido, les preocupaba fundamentalmente sus mascotas. 

Los mensajes fueron llegando regularmente, la vida parecía haberse estancado en una quietud fatigosa de personas mayores. Un sábado del mes de mayo decidí hacerles una visita, tenía una curiosidad no exenta de temor sobre la salud de mis amigos. 

Los encontré bien, tal vez un poco más viejos de lo esperado, pero lúcidos y ocurrentes. Dejaron caer alguna máxima mística que sonaba extraña, presumieron de sentir un estado de emocionalidad permanentemente y experimentar la vida segundo a segundo. A mi juicio, estaban viviendo un momento de plenitud exagerada.

Fueron unas horas excesivamente breves, una reunión entretenida llena de una curiosidad que navegaba entre la duda y la perplejidad. Cuando me despedí un sentimiento incomodo se apoderó de mí, la alegría del encuentro se diluyó con la envidia que me inundó al abandonar la finca. Sorpresivamente cuestioné mi forma de vivir, tal vez me estaba equivocando.

Ya en casa me relajé, abrí una cerveza y me puse a ver la televisión. A las diez de la noche comprobé con alarma que el mensaje de correo electrónico no había llegado.