Confesiones de un jubilado

Fotografía de Jorge Bernal

Ya barruntaba que aquello no iba a ser tan sencillo, había organizado su vida para estar ocupado, para que su cabeza no sufriera el estrés de interrogantes existenciales ni pensamientos tristes propios de la edad y de una jubilación ociosa.

Al principio todo fue bien, no se cansaba de los viajes a Ganuza ni de los trabajos de mantenimiento que había que realizar constantemente. Fue gratificante dedicar más tiempo a los pequeños detalles que siempre quedaban olvidados por falta de tiempo, comprobar cómo, poco a poco, la casa rural había ganado en belleza y confortabilidad.

Estaba satisfecho, los huéspedes se sentían bien en nuestro alojamiento y algunos volvían a repetir su estancia en Ganuza. Sin duda, dedicar más tiempo a la casa contribuyó a asentar el éxito.

Seguía innovando, copiando de otros establecimientos lo que les gustaba de ellos. Materializar una idea, aunque no fuera original, siempre era un reto que entrañaba algunos riesgos y mucho trabajo, pero también alimentaba la ilusión y la sensación de estar vivo.

Tal vez lo menos grato era comprobar cómo las energías eran cada vez más escasas, para compensarlas tenía que poner más empeño y en ocasiones hacer esfuerzos  «no aconsejables», el desgaste y molestias de las articulaciones ya habían impuesto un peaje sustancial a su existencia.

Aquel viernes llegó de Ganuza con ganas de descansar. La encontró sentada en el porche con una expresión extraña y la mirada ausente. Después de interrogarla con cierta insistencia rompió su silencio, le pidió que se buscara otra casa, que ya no podía vivir con él.

Es probable que si hubiera alegado razones para que siguiera a su lado o para ganar un poco tiempo, tal vez no hubiera tenido que irse, pero quiso facilitar su decisión, dios sabe lo difícil que habría sido tomarla, probablemente tuvo que hacer acopio de mucho valor para llegar a esa determinación.

Ella le comentó que le costó mucho asumir el fracaso, encontró demasiadas excusas para tomar una decisión que significaba aceptar que los últimos años de su vida habían sido un fraude. Se enfadó por no haber encontrado el valor suficiente en el mismo instante en que se dio cuenta de que se estaba engañando.

No fue difícil recordar los argumentos por los que habían llegado a esta situación, hacía tiempo que había empezado a esgrimir razones pero él no había prestado la atención suficiente, no fue capaz de ver la trascendencia de lo que trataba de decirle.

Se había alejado excesivamente de ella, de ese mundo de plantas y mascotas, de días que se repiten inexorablemente en una soledad sin testigos. La soledad puede ser muy cruel, a veces se necesita que alguien de fe de que estás viva, de que el universo personal no ha colapsado. Algo o alguien tiene que subrayar los pequeños acontecimientos de la existencia: un nuevo peinado, una noche de insomnio, un presentimiento. Hubiera deseado estar con él para evitar el eclipse del tiempo.

Fue demoledor comprobar en la propia pareja como los sueños de uno pueden acabar con la realidad del otro, no supieron conjugar sus proyectos, las diferencias acabaron por romper un equilibrio que sirvió hasta que la jubilación los alcanzó.

Ella entendió que su relación había fracasado, no podía seguir engañándose ni engañándolo, debía irse de casa. Así lo entendió él también.

Le propuso una alternativa, casi un juego, no quería perderla. Como su relación había fracasado en el marco de una relación convencional, le sugirió que iniciaran una nueva relación en una espacio distinto y con otras reglas más laxas y más acordes con las necesidades y deseos de la nueva situación. Ella estuvo de acuerdo, correría el riesgo.

Al principio intentaron explotar lo que en los últimos años menos habían disfrutado, los placeres de la ciudad. Vermú de sábados acompañados de fritos o vinagres, cine vespertino de jueves, copas de viernes acompañados de amigos al anochecer, paseos matinales de domingos con visita a alguna exposición o algún concierto en la Sala Mozart. 

Intentaban repetir aquello que habían hecho con cincuenta años, cuando aún tenían ganas suficientes para ver sesiones de cine después del trabajo sin caer dormidos, cuando acudían, a veces somnolientos, los domingos a los conciertos de la sala Mozart, o cuando no perdonaban la salida de los sábados con los amigos aunque estuvieran reventados por la fatiga de la semana.

La experiencia fue un fracaso, un exceso de días, acabaron agotados de ciudad y de compañía, necesitaban estar solos. Decidieron que se llamarían a lo largo de la semana para tentar las apetencias de ambos, llegaron a la conclusión de que era mejor no planificar nada y funcionar bajo demanda.

Aquella semana no se llamaron, pero a la siguiente él la invitó a pasar el fin de semana en Ganuza, le recordó todo aquello que podían visitar, ella ya conocía la zona. Aceptó. Nacedero del Urederra, Venta de Larrión, Mirador de Lazkua y Lizarra fueron los hitos de un encuentro memorable. 

Algo volvió a despertarse en ellos, una repentina y extraña atracción empezó a fluir. No dijeron nada, silenciaron la euforia, no querían romper el hechizo. Se despidieron del fin de semana con un abrazo largo y una mirada cargada de nostalgia.

La vida de ambos discurre entre Pinseque, Ganuza y Zaragoza, y escapadas a Asturias y el Mediterráneo. El la ayuda con las labores más penosas del jardín y ella contribuye al mantenimiento de la casa rural, siempre le gustó pintar. Siguen sin hablar de aquel fin de semana, no comentan lo que sienten, solo se miran y guardan celosamente el secreto.