Un viaje de fantasía

Fotografía de Jarel22

Aquella mañana Amadou estaba muy cansado, no había podido dormir. Todos los días, al finalizar la jornada, después de estar mendigando por el barrio colonial, acudía a una casa vacía que había en la rue Flamand a dormir, muy cerca de la prisión. 

A la entrada, un niño mucho más alto y fuerte que él le pidió que le diera el dinero que llevaba. No tenía ni un franco, lo poco que le habían dado se lo había gastado en comer. El niño grande se enfadó y lo arrojó al suelo de un empujón acompañado de amenazas.

Pasó la noche deambulando por la calles. A medio día se encontraba agotado, un calor infernal unido a la noche de vigilia lo habían llevado a descansar a la sombra de una de las casas de estilo europeo. Apenas conciliado el sueño, una patada y una expresión malsonante lo despertaron, un policía airado lo echó con cajas destempladas. Salió corriendo profiriendo insultos contra el agente.

Al anochecer ya no le quedaban fuerzas, después de vagar durante todo el día necesitaba dormir. Llegó a uno de los muelles donde infinidad de cayucos se hacinaban en la estrecha playa del río Senegal, apenas había transeúntes. Decidió subir como pudo en una de las embarcaciones y se acurrucó en proa oculto por unas lonas y unos chalecos salvavidas. Nada más cerrar los ojos se durmió.

Un ajetreo de ruidos y personas lo despertó. Al incorporarse y destaparse de la lona se dió de bruces con el rostro atónito de una mujer que tenía un niño en brazos. Una vez superada la perplejidad, la mujer le hizo una señal para que siguiera callado y se cubriera con la lona.

Amadou no pudo evitar acongojarse, estaba temblando, notó como el barco se desplazaba lentamente por el agua, su mano buscó la mano de la mujer que tenía pegada al lado. Cuando pudo cogerla se encontró con un vaso de plástico con agua y un trozo de pan. Apenas un susurro le llegó al oído exigiéndole que se mantuviera quieto hasta el anochecer. 

Pasó unas horas angustiosas hasta que la mujer retiró la lona. Era de noche, al fin pudo respirar el aire salino y húmedo del mar, también pudo distinguir el olor a sudor y angustia de la multitud que se agolpaba en la nave. Miró con curiosidad, agradecimiento y complicidad a la mujer que lo había salvado de ser arrojado por la borda.

Amadou ya no tuvo que esconderse, nadie podía fijarse en que había un niño más, el cayuco llevaba tantos pasajeros que era imposible moverse sin que el barco amenazara con zozobrar. 

Los primeros días navegaron sin perder de vista la costa Mauritana, al amanecer del cuarto día un silencio sepulcral se apoderó de los migrantes, la embarcación dejaba la costa para sumergirse en mar abierto rumbo a las Canarias.

En la quinta noche, después de colaborar en achicar el agua del cayuco, cayó rendido por el agotamiento. Ni la angustia ni el miedo doblegaron la necesidad de descansar, la mayoría de pasajeros cayó en un profundo sueño. Un sopor de olas peligrosas meció el barco durante la noche.

Una playa se dibujó en el horizonte, la embarcación viró el rumbo y navegó vertiginosamente hacia la costa hasta clavar la quilla en la arena. Muchos de los migrantes saltaron al agua e hicieron los últimos metros a nado. La angustia desapareció, la alegría apareció de nuevo en sus rostros. En frente, junto al mar, contemplaron un bosque de ceibas, palmeras y mangos. Habían alcanzado el paraíso.

Después de extasiarse contemplando el paisaje, se organizaron en varios grupos para recoger fruta, hojas de palma y troncos, había que procurar alimento y cobijo. A Amadou y otros niños les tocó recoger leña para hacer fuego. 

Se introdujo en la espesura en busca de ramas secas y pequeños troncos, una senda zigzagueante lo condujo al interior del bosque. Cuando intentaba alcanzar una rama, resbaló y cayó por una pronunciada pendiente golpeándose la cabeza en un árbol.

Amadou despertó sobresalto, no sabía dónde se encontraba, estaba postrado en la cama de una habitación blanca. Notó algo en la cabeza, se tocó, era un vendaje. Se fijó que en la muñeca izquierda llevaba una pulsera con algo ilegible. 

Una mujer con uniforme apareció por la puerta con una sonrisa y le preguntó cómo se encontraba. Le comentó que habían encontrado el barco a la deriva, todos se habían salvado, también su madre que estaba esperándolo en el centro de acogida con su hermano pequeño.


Nota: De Saint Louis hasta el sur de Tenerife hay al menos 1.350 kilómetros de navegación, primero costeando por Mauritania hasta Nuadibú y luego poniendo rumbo directo al norte. Son unos diez días, es una de las rutas migratorias más peligrosas del mundo. Si falla el motor, el patrón se pierde o se calculan mal las provisiones, a los ocupantes del cayuco les espera un destino horrible, una muerte lenta por hambre y sed.
Fuente: Canarias7

 

 

En un futuro próximo
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