Cuando la vida se apaga

cuando la vida se apaga

Fotografía de Tumisu

Fue su penúltima batalla perdida, su mujer murió de agotamiento, no logró superar una enfermedad de viejos, un compendio de males que fue acumulando en un diagnóstico de mala solución. Fue una ceremonia sencilla, unas palabras leídas por una amiga de toda la vida, un silencio y un ataúd volatilizado por las llamas de un infierno industrial.

Cuando volvió a casa saludó a la gata. Su mujer había dejado anotado en la puerta del frigorífico el número de teléfono del veterinario, las gotas que había que darle con la primera ingesta del día y la comida que debía ponerle de ese pienso especial para gatos domésticos con sobrepeso.

Se sentó en el sofá y tomó el mando de la televisión. Era medio día, fue un gesto extraño, ella solía seleccionar los programas. Las imágenes quedaron fuera de contexto, no sabía qué estaban poniendo, un leñador barbudo hablaba de la crudeza de un paisaje de frío. Se quedó quieto con la mirada fija, muy pronto el leñador se perdió en un río. Se durmió.

No le gustaba quedarse dormido, aunque era uno de sus mayores placeres temía despertarse en un mundo extraño. Le costó reconocer el espacio, no localizaba la luz mortecina de la ventana. El tiempo también le invitaba a la confusión, no sabía si era la hora de la comida o había pasado por una digestión pesada.

Le vino a la cabeza el día en que la ingresaron, no era la primera vez. Ese día estrenó camisón y unas zapatillas de andar por casa, fue el último esfuerzo por mantener una coquetería aplastada por los años y el cansancio de vivir. El se dio cuenta y la piropeó, seguramente también sería su último piropo. No dijo nada, su mirada se dejó llevar por un abatimiento de paredes blancas y olor a limpiador de suelos.

A pesar de la ceremonia se encontraba especialmente acartonado e indiferente. Con el paso de los años había pasado de una emocionabilidad quisquillosa a un vacío que no alimentaba sentimiento alguno, solo sentía molestias en espalda y cuello, había perdido todo interés por el género humano, ya no quedaba pena ni compasión para nadie, ni siquiera para él mismo.

Pese al interés de su mujer para que saliera más, con los años se había vuelto más huraño. Su enfermedad le obligó a llevar unas relaciones sociales no deseadas, ahora que ya no estaba ella, dejaría de hacer esfuerzos por mantener una sociabilidad de mínimos y se abandonaría a su misantropía de viejo.

Aquel atardecer el sol se puso antes de tiempo, notó con fuerza su ausencia, aunque su cerebro seguía gestionando con profusión imágenes y conversaciones recientes que le acompañaban y espantaban el fantasma de la soledad. Todavía la inmediatez organizaba su vida con la memoria más próxima, aunque sabía que esto no duraría, sus conexiones neuronales se agotarían y desdibujarían su vida reciente dejando solo imágenes de un pasado lejano.

Pese a que hizo esfuerzos para mantenerse en pie se acostó muy temprano, estaba cansado y aburrido de un sofá ya demasiado familiar. El contacto con las sábanas fue especialmente frío y poco confortable, tardó un buen rato en componer la calidez de un lecho acogedor.

El libro de mesilla de noche le acompañó unos minutos, se lo recomendó la encargada de la biblioteca municipal. Le gustaba perderse entre las páginas de un libro antes de apagar la luz, aunque cada vez le resultaba más penoso leer, sus ojos se enfurruñaban ante el esfuerzo de la lectura.

El último recuerdo del día fue para sus años mozos, para aquel autobús infernal que los llevó a Barcelona en su luna de miel. Un olor a cerrado y tabaco lo agredió con virulencia, un mareo de carreteras mal trazadas casi le hace vomitar. Fue un viaje interminable que acabó en una ciudad que no entendían.

Por fin se durmió, una somnolencia pesada acabó por enterrar los últimos vestigios del día.

Al día siguiente el servicio de asistencia no consiguió contactar con el anciano, una unidad de urgencia acudió a su domicilio. El cerrajero tuvo que forzar la puerta, encontraron la vivienda ordenada y las luces apagadas. Tras un breve tramo de pasillo accedieron al dormitorio, lo hallaron acostado en la cama, a su lado la gata velaba la quietud del viejo con la mirada perdida en la penumbra.