El carpintero

el carpinteroHoy me he acordado del carpintero que tenía el taller al lado de mi trabajo. Nunca nos habíamos saludado pero no puedo decir que no lo conociera. Tenía una expresión afable que acompañaba con una tripa de carácter y un puro casi humeante, se acercaba a los cincuenta y manifestaba la serenidad de un hombre maduro que ha llevado su vida con dignidad. Cuando paseaba, la estrecha acera se contagiaba de una calma inusitada, la calle se transformaba, pasaba del bullicio de bares y vehículos de descarga, a una tranquilidad de ruidos modulados y movimientos suaves.

Muchas veces me he parado disimuladamente delante de su carpintería para fisgar el interior y ver el equipamiento que tenía, apenas veía las herramientas excepto una sierra de cinta que sobresalía de un desorden de tableros y listones. Lo que más me gustaba era verlo trabajar delante de su mesa manipulando pequeños muebles, aunque nunca vi con detalle qué estaba haciendo, pero me lo imaginaba atornillando una bisagra o cepillando una tabla.

Otras veces lo veía apoyado en el quicio de la puerta alcahueteando distraidamente el movimiento de la calle, inclinado a su lado izquierdo, los bolsillos en las manos y el puro desafiante. Esta imagen me parecía menos afable, como si fuera un poco más chulo, como si la carpintería le aportara un aplomo que sólo tienen los carpinteros de verdad. De nuevo, cuando abandonaba el quicio de la puerta y transitaba por la acera, su imagen cambiaba y volvía a ser la persona serena y calmada que infundía sosiego.

A veces la puerta estaba cerrada con un cartel que comunicaba a todos los transeuntes el teléfono con el que podían contactar. Siempre imaginaba que estaba con una clienta, en el dormitorio de una vivienda cercana a la carpintería, montando un armario empotrado de grandes dimensiones.

En algunas ocasiones lo veía acompañado pegando la hebra con algún amigo o cliente, nunca lo había visto acompañado de una mujer. Hablaba distraidamente, con la mirada fuera del alcance de su interlocutor, como si sus palabras no fueran con él.

Un día advertí que la persiana de la carpintería llevaba cerrada varios días y no había ningún cartel. Al principio llegué a preocuparme seriamente por la suerte del carpintero, con el paso del tiempo me olvidé hasta que un martes, seis meses después, lo vi intentando abrir con dificultad la persiana del taller. Me sorprendí, había adelgazado, el pelo se le había llenado de canas y se movía despacio y un poco encogido, parecía enfermo. Desapareció dentro del local y ya no lo volví a ver en mucho tiempo.

Un día me pudo la curiosidad, entré en el bar que estaba junto a la carpintería y le pregunté al camarero qué sabía del carpintero. Llamó a un tal Huang, me preguntó qué quería de él, le conté brevemente cómo lo había conocido. Amablemente me pidió que nos sentáramos en una mesa.

Juan, así se llamaba el carpintero, llevaba en esta calle más 20 años hasta que un día cayó enfermo y tuvo que dejar de trabajar. Perdió sus ingresos y la maquinaria la embargaron para hacer frente a las deudas, pudo conservar el local y un baúl metálico con herramientas de mano. Se quedó en una situación precaria, con muy pocos ingresos y una larga recuperación por delante.

Antes de que enfermara, vivíamos y trabajábamos en una calle próspera donde los pequeños negocios salían adelante, los vecinos estaban contentos y los clientes no dejaban de acudir a sus comercios. Cuando Juan enfermó, la calle cambió, se volvió más ruidosa, las zonas de carga y descarga ya no eran respetadas, los transeuntes empezaron a andar más deprisa y la gente empezó a entrar menos en los comercios. Tanto la amabilidad de los vecinos como de los clientes y comerciantes se resintió.

Nos dimos cuenta de que Juan, sin pretenderlo, se había convertido en el catalizador que había facilitado la prosperidad de nuestra comunidad contagiando la calma y la afabilidad que le caracterizaban. Los vecinos y comerciantes estaban coordinando esfuerzos para posibilitar la pronta vuelta a su trabajo.

Me despedí de Huang prometiendole que acudiría con asiduidad a tomar el café en su bar.

Juan tardó un año en recuperar la salud y gracias a la aportación de vecinos y comerciantes pudo abrir de nuevo el taller y buscar la vieja clientela de antaño. No fue difícil, además de su maestría como carpintero, contaba con una opinión magnífica. El taller empezó a funcionar bien y a trabajar como siempre lo había hecho.

Todos esperábamos que la calle se transformara, pero no fue así, el hechizo no funcionó. Los comercios fueron cerrando poco a poco, solo quedó un bar, la farmacia y la carpintería. Tal vez la calle o sus gentes habían cambiado en exceso, o tal vez la enfermedad de Juan había mermado su afabilidad, algunos pensaron que la magia del carpintero no fue suficiente para contrarrestar el encantamiento del centro comercial.