Huyendo del sol

No se lo pensaron dos veces, no volverían a sufrir ese calor infernal del verano pasado en Zaragoza. Estas vacaciones iban a ser distintas, tres meses, de junio a septiembre. Habían alquilado una casa en medio de un prado, muy cerca del mar, junto a una estrecha carretera sinuosa que los llevaría a todas partes.

Regresaron de nuevo a Asturias, a ese trozo de tierra enmarcado por montañas de postal y el horizonte infinito del mar. Cuando llegaron volvieron a recordar el olor a tierra húmeda y el ambiente de una luz suave tamizada por un cielo azul manchado de blanco. Se apropiaron del paisaje y de sus habitantes, de sus casas y carreteras. Ya habían llegado, ya estaban de nuevo en casa.

Siguieron disfrutando de los merenderos, esos bares de cocina rápida y sidra escanciada en los que se reunían los parroquianos después de finalizar la jornada. Conocieron a varios ellos, la mayoría ganaderos dedicados a la cría de vacas y algún albañil, también jubilados demasiado jóvenes que arrastraban la tristeza de un paro forzoso.

Los paseos se convirtieron en una rutina diaria, el último lo hicieron por la carretera que lleva a la playa acompañados por una pareja de Madrid. No era la primera vez que tomaban esa senda protegida por la umbría del bosque próximo a la casa. Cuando acompañaban a alguien o querían sentirse privilegiados siempre elegían ese paseo.

De vez en cuando el asfalto les regalaba la visión de algún rincón escondido. Después de una curva cerrada, la estrecha carretera los sorprendió con una casa de indianos que los embrujó y llenó de fantasías, una placa ubicada a la derecha de la puerta principal rezaba Construida en 1925 por D. Cecilio del Campo Balmori. Estuvieron un rato paseando por su jardín especulando y dando rienda suelta a la imaginación.

El sábado 11 de julio dieron comienzo las fiestas patronales en honor de Santa María Magdalena. Fueron dos días intensos donde no faltaron los bailes regionales y la verbena del sábado, el domingo después de la Danza Prima se dio por concluida la fiesta con una espicha y comida casera.

El lunes al medio día estaban tomando una sidra en la Antigua Central cuando se inició de manera repentina una tormenta, la sombrilla que estaba en la mesa desapareció y vieron como la carpa que hacía de merendero salía volando por los aires. Tuvieron que refugiarse en el interior para no acabar golpeados por los objetos que volaban caprichosamente en todas la direcciones. El propietario cerró la persiana de la puerta ante la furia desatada. En la televisión se veían unas olas enormes que rompían en un espigón de espuma, una voz en off acompañaba las imágenes: Un temporal de lluvia con vientos huracanados y olas de 14 metros estaba barriendo el litoral cantábrico.

La pantalla se apagó, la corriente eléctrica dejó de fluir, un silencio de miedo se hizo en el bar. El propietario salió de su silencio para tranquilizar a la parroquia y encender una linterna que alumbró sombras de temor. No supieron cuánto tiempo estuvieron encerrados soportando el rugir de un viento enfurecido, cuando amainó levantaron la persiana y se asomaron a un panorama de desolación: el mobiliario de la terraza había sido sustituido por un montón de ramas y objetos de una obra cercana, la carretera había desaparecido cubierta por el fango y restos de vegetación, un árbol de grandes dimensiones descansaba junto a la cuneta apoyado en el tejado de una casa cercana.

Aún pasaron varias horas antes de abandonar el bar, no solo no funcionaba la luz, los repetidores habían sucumbido a la tormenta destrozando la red de comunicaciones, estaban aislados. Se pusieron de camino en busca de su casa sin saber qué iban a encontrar, costaba andar por el fango sorteando los dispares restos que habían cubierto la carretera.

Después de más de una hora llegaron a casa, no se extrañaron del espectáculo que vieron, ya se habían familiarizado. Como pudieron, retiraron los restos de la entrada y accedieron al interior, el suelo estaba mojado, pero el agua apenas había entrado. Se cambiaron de ropa, estaban ateridos, empapados y sucios de barro, se sirvieron una copa de vino y se acurrucaron entre mantas y miradas de estupor. Un silencio de destrucción los acompañó durante la noche mientras un futuro de malos presagios se cernía sobre ellos. Nadie estaba a salvo de las embestidas de una naturaleza enfadada y vengativa, ya no quedaban refugios seguros.

Al cabo de varios días pudieron regresar a Zaragoza desde Llanes. La ventanilla del autobús registró la secuencia de la magnitud del desastre. Cuando llegaron a la estación de Delicias una bofetada de calor les recordó que este año también se batirían records de temperatura.