El hombre que tenía el pito largo

 

De cómo nací en una bodega

Nací en un lugar un poco siniestro,  el espacio más húmedo y oscuro de la casa, la bodega. Mi madre había bajado a por una botella de vino cuando empezó a sufrir fuertes  dolores. Yo quería salir, estaba intentando cruzar el cuello del útero a empentones. Un grito desgarrador atravesó el ventanuco para llegar hasta la casa de la Paula, la comadrona del pueblo. 

Rápidamente dejó lo que estaba haciendo y salió presurosa. Cuando llegó a casa se quedó desorientada, no la encontró en el dormitorio, le costó varios minutos dar con ella, ¿cómo iba a imaginar que se había puesto a parir en la bodega? 

Cuando la Paula asomó por la puerta, la parturienta se relajó pero siguió pegada al suelo, no podía moverse, yo cada vez empujaba con más fuerza. La cubrió con una manta y fue a poner agua a hervir y a coger unos trapos que mi madre había preparado para la ocasión. Cuando regresó yo ya estaba fuera, tuvo el tiempo justo para cortar el cordón umbilical y darme tres tortas en el culo para que rompiera a llorar. 

Ayudó a mi madre a llegar a la cama del dormitorio y me llevó a la cocina. Me depositó en la mesa e inicio la limpieza cercionándose de que las vías respiratorias estuvieran limpias. Cuando llegó a la entrepierna se sobresaltó, nunca había visto un pito de esas dimensiones, asaltada por un extraño pudor cubrió mis partes.

Aquí empezó mi triste historia, la Paula no tardó en difundir la noticia de mi nacimiento y del tamaño de mis atributos, también sembró las dudas sobre la viabilidad de mi vida amorosa, no encontraría mujer con la que yacer.

La casa paterna se convirtió en destino de peregrinación, todos querían ver el pito del recién nacido. Mientras mi padre mostraba un orgullo disimulado, mi madre se enfadó tanto que optó por cortar la visitas y mandar a la porra a sus convecinas, más de medio año estuvo enfurruñada con todos.

Mi vida, ajena al tamaño de mi miembro, transcurrió apaciblemente entre pechos, llantos y cacas, hasta que un día, andaría por los tres años, un crío se mofó de mi pito. No entendí nada, pero se lo conté a mis padres entre medias palabras y un llanto compungido. Algo debí de atisbar ya que empecé a desarrollar un miramiento exagerado.

Tuvieron que pasar unos años para que el pueblo cubriera mi pito con un manto de olvido. Nunca me juntaba a orinar con otros niños, no iba a la balsa a bañarme en pelotas, tampoco me desvestía delante de mis padres. Mi pudor, alimentado por el recuerdo de los ojos saltones de la Paula, generó en mí una vergüenza extrema.

 

Entre la escuela y los internados

A los 6 años ya estaba en la escuela, un maestro autoritario y viejo intentaba gestionar con su vara una escuela unitaria con un montón de niños. En medio de la escuela, como si fuera un fetiche tenebroso, sobresalía una estufa grande y siniestra que vigilaba los largos inviernos de posguerra. Mi pito había caído en el olvido.

Fue una época tranquila, a mi pudor enfermizo le acompañaba el pudor de los otros niños que, en los cálidos veranos de aquellos años, cubrían su desnudez con enormes bañadores que se perdían en las aguas de la balsa para mofa de sus compañeros. A mí nunca se me cayeron, cuando alguno intentaba dejarme en cueros me enfurecía como un energúmeno.

Ya en el colegio seguí intentando ocultar mi entrepierna. A pesar del celo mostrado, una tarde en el vestuario, después de un partido de balonmano, se me cayó la toalla y mi pito quedó al aire. Fueron varios los que lo observaron y los que no pudieron evitar una exclamación de sorpresa. La noticia corrió como la pólvora.

Fue un duro golpe, atraje la atención de todos, aquel día, si aún me quedaba algún orgullo, lo perdí. Dejé el equipo de Balonmano, me alejé de mis compañeros y me convertí en un sujeto cabizbajo, no quería sentirme humillado por la mirada de los otros. Me aislé intentando esconder una vergüenza que acabaría por enfermarme.

Mi madre, conocedora de lo que estaba aconteciendo, después de una visita con el padre Jesús, Director del colegio, me animó a que cambiara de centro, la formación profesional me daría oportunidades de trabajo para el futuro y me liberaría del oprobio del colegio. 

Me matriculé en el centro de Formación Profesional guiado por el consejo de mi madre y el padre Jesús. Intenté olvidar la vergüenza sufrida en el colegio y me mentalicé para dar una oportunidad de esperanza a mi vida. Confíe en que el estudio, los talleres y los nuevos compañeros me ayudarían en la nueva andadura.

Con los años había desarrollado una mirada desconfiada y una expresión asustadiza que no me ayudó a relacionarme, tropecé con todos los abusones del centro, los atraía como a las moscas. Me gané gratuitamente un montón de tortas y empellones pero mis agresores nunca sospecharon cuál era la causa de mi miedo.

En segundo curso mi cuerpo cambió, di un estirón y mi carácter mudó, me volví más nervioso, la mirada asustadiza seguía siendo la misma pero la acompañé de ligeros tics que desconcertaban a mis compañeros. A la salida de clase un alumno de un curso superior me dió un empujón y caí al suelo. Perdí los nervios, cogí una piedra que tenía al lado y se la tiré a la cabeza.

Una brecha con abundante sangre dieron testimonio de que me había convertido en una persona violenta. Fui amonestado severamente por el director del centro y señalado por mis compañeros como un loco peligroso, ya nadie volvió a meterse conmigo.

En tercero ya era casi una persona normal, me incorporé de manera natural a las inquietudes y ambiciones de mis compañeros, había dejado de sufrir agresiones pero seguía pesando la amenaza permanente del pito, mi paquete cada vez era menos disimulable. 

 

Mi primer amigo

Una parte nada despreciable de los alumnos de los últimos cursos, además de estudiar, trabajaban en talleres especializados de la ciudad obteniendo unos ingresos impensables para un estudiante. Eran los alumnos más envidiados del centro, algunos de ellos tenían moto, otros lucían sus novias los domingos y más de uno le daba al bebercio como si no hubiera un mañana.

De todos ellos había uno un poco más especial que los demás, amable, bonachón e ingenuo. Se llamaba Angelito, un putero empedernido que dejaba todos sus cuartos en vinos y prostitutas. Era muy apreciado en tabernas y prostíbulos, siempre tenía palabras amables para las chicas y compañeros de farra.

Un sábado, Angelito me invitó a tomar unos vinos, no nos tratábamos pero siempre nos saludábamos con cierta complicidad. Nos dedicamos a recorrer algunos bares, en uno de ellos encontramos chicas alternando con clientes, por un momento me atemoricé e intenté recular en el bar para salir a la calle. Angelito me tranquilizó, «La mayoría de esas chicas son amigas mías, no te preocupes». Nos pedimos una cerveza.

Con los nervios tuve que ir al baño, un espacio infecto que tenía como urinario una pared mugrienta y una tubería de hierro oxidado con varios orificios que escupían agua. Estaba en ello cuando asomó Angelito por detrás, di un respingo para ocultar mi pito pero solo conseguí salpicarme los pantalones. Me vio pero no dijo nada.

De vuelta en la barra del bar me comentó con tranquilidad. «No voy a decir nada, si yo tuviera un pito así me pagarían por follar». Le agradecí el secreto, le comenté el calvario que había sufrido en el colegio. Aquel encuentro me sirvió para hacer un amigo entrañable e intuir que mi entrepierna podría servir para algo más que para atemorizarme.

 

Mi primer amor

Me dediqué con ahínco a estudiar y a trabajar en el taller, tenía prisa por ganar dinero, hasta ahora siempre había gorroneado a  Angelito. Aquel sábado quería hacerle un regalo especial, nos fuimos de vinos a la zona de siempre y después de recorrer varios bares, le invité a encamarse con una de las chicas, después de mucho insistir accedió, quedamos en encontrarnos en el próximo bar.

Esperé sentado en una mesa tomando un vino y viendo la televisión. Al cabo de media hora llegó acompañado de una de las chicas. Me la presentó y entablamos una conversación acompañada por mis silencios y animada por su desparpajo. Se llamaba María, apenas pude intercambiar palabra, a los 5 minutos tuvo que marcharse. Tomamos un último vino y regresamos al centro acompañados de una nube rosa.

Era la primera vez que una chica me miraba a los ojos y dibujaba sonrisas para mí, por primera vez observaba detenidamente la imágen de un rostro femenino. Un sentimiento desconocido recorrió mi cuerpo dejando un cosquilleo permanente en mi estómago. Me había enamorado.

Mi cabeza se llenó de sonrisas tontas, paseos inexistentes y conversaciones mudas. No dormía bien, la inquietud me tenía en vilo, como si al alba fuera a encontrarme con ella. De nuevo empecé a caminar como un conejo asustado de mirada esquiva, me alejé de Angelito.

De vez en cuando me acercaba a los bares pero nunca me atreví a entrar en el bar de María, temía el efecto de su contemplación, su indiferencia o la compañía masculina. Me convertí en un desgraciado.

Un día, Angelito me arrastró hasta un parque próximo, me sentó en un banco y me ordenó que esperara, después se marchó. Al cabo de unos minutos vi aparecer a María por uno de los senderos. Mi mundo se hundió bajo el peso de un manojo de nervios e inquietud.

Me tranquilizó, me cogió del brazo y me invitó a dar un paseo por el parque. Estuvimos una hora y media hablando, fue una conversación liberadora y terapéutica, casi natural, conseguí agarrarme a una extraña normalidad a pesar de la excepcionalidad del encuentro.

Cuando nos despedimos hizo una gracia sobre mi pito y se alejó por uno de los senderos del parque, no volvería a verla hasta unos años después. En ese breve espacio de tiempo algo me cambió, pude exorcizar los demonios del enamoramiento y atisbar una seguridad que me convertiría más adelante en un hombre afortunado. 

 

Una tragedia familiar

Superé la crisis ocupando todo mi tiempo, me volqué en la mecánica, no quería ni pensar ni sufrir, mi vida sentimental se quedó atascada en aquel encuentro con María. Por la mañana asistía a clase y por la tarde estudiaba y trabajaba tres horas en un taller, llegaba a la noche reventado. 

Poco a poco la expresión de mi rostro empezó a cambiar, mi mirada se tornó mas confiada y menos esquiva, y mis miedos se mitigaron, dejé de aparentar una persona apocada y asustadiza, pero seguía teniendo pavor a que alguien descubriera el secreto de mi entrepierna.

Aquel día, el director del centro se presentó en el taller y con gesto grave me pidió que le acompañara al despacho. Nunca había estado en él, una mesa de respetables dimensiones escoltada por sendos sillones nos recibió con solemnidad, me pidió que me sentara y con voz compungida me comunicó que mi padre había muerto. 

Me quedé como un palo, muy serio, creo que no manifesté emoción alguna. El director tuvo que reprimir sus expresiones de consuelo ante mi aparente frialdad. Me dieron una semana de fiesta.

Ya en casa, encontré a media familia gimoteando, mi madre me contó que mi padre había muerto aplastado por el tractor en un ribazo de Garzuriza. Dijeron que no sufrió, que casi murió en el acto. El tractor apenas sufrió daño, un vecino lo condujo hasta la bajera de casa y lo dejó encerrado.

Al día siguiente del entierro, entre lágrimas, mi madre me comentó que estábamos muy endeudados, la compra del tractor y la herramienta agrícola se habían hecho con unos créditos muy onerosos. No sabía cómo íbamos a salir de ésta.

Después de una reunión con mi madre en la sucursal bancaria dejé el pueblo y volví al centro, tenía que finalizar el curso. El banco nos había dado tres meses de plazo para definir un plan de amortización.

 

El futuro

Aquella misma tarde le conté a Angelito la crítica situación financiera de mi casa, estuvimos hablando mucho rato. Me propuso ponerme en contacto con un amigo que tal vez podría ayudarme, nos citamos al día siguiente en un bar del centro.

Fue un encuentro un poco extraño, hallé un personaje extravagante que vestía un traje a rayas, una corbata demasiado llamativa, unas gafas ahumadas y un reloj enorme, además impostaba un deje extraño. Salvada la primera impresión, la conversación fue muy cordial.

Diego, así se llamaba, me propuso trabajar en exclusiva para él, me prometía trabajo y dinero, a cambio pedía seriedad y moldear levemente mi aspecto y mi conducta, había una zafiedad en mi apariencia que debía corregir, además tendría que aprender las habilidades propias del oficio. 

No puse ninguna objeción, aquel día me convertí en el empleado de Diego, él gestionaría la agenda y las finanzas a cambio de una comisión del 30%. Contrató para mí un entrenador personal y le pidió a Laura, una de las chicas más veteranas, que me adiestrara en el oficio. 

Ponerme en forma fue relativamente sencillo, dos horas de entrenamiento todos los días dieron sus frutos rápidamente, a los dos meses mi cinturón abdominal controlaba mi tripa. Más difícil fue aprender las habilidades amatorias, una vida sexual inexistente habían provocado tal carencia que mi pito era un descontrol absoluto, cada vez que me tocaba Laura, me corría. Tuvieron que pasar más de dos meses hasta que pude hacer la primera penetración. 

En ese lapsus de tiempo Laura me inculcó la sabiduría del erotismo femenino, me ayudó a descubrir la lascivia que esconden las mujeres e  insistió repetidamente que debía ser honesto con ellas, tenía que parecer un personaje auténtico no un ridículo gigoló de película. Los desvelos de mi maestra dieron sus frutos, pasé de la ignorancia absoluta a un conocimiento que muy pocos hombres tenían a su alcance. 

 

Una profesión cotizada

Un día le pregunté a Angelito que me hablara de Diego. Me comentó que no era un chulo, era un representante, un intermediario que había entendido muy bien cuál era la esencia de la relación entre los clientes y las chicas. Ellas, como en mi caso, se llevaban una comisión a cambio de gestionar la agenda de los clientes. Había alcanzado un éxito notable en esta profesión.

El primer día, como si fuera el padrino de una boda, me acompañó casi hasta la puerta, me dio los últimos consejos y se despidió. Los segundos previos a tocar el timbre se hicieron eternos, me sudaban las manos. Una señora de cierta edad abrió la puerta, me presenté, me invitó a entrar y, con una sonrisa, me hizo pasar a una sala, dos copas y un botella de vino blanco me esperaban.

Yo creo que Diego, viejo conocido de la clienta, ya le había advertido de mi bisoñez, en todo momento manifestó una amabilidad ajena al descaro propio de la lujuria. Creo que mi partenaire sexual pudo disfrutar lo suficiente del juego erótico y de dos orgasmos que me valieron una propina sustanciosa.

Siguieron otras clientas menos amables y más exigentes, mas lascivas y menos cariñosas, también menos generosas. Casi siempre repetían, las segundas citas siempre eran mejores, la complicidad y la confianza siempre han sido un factor decisivo en el juego amoroso.

Ganaba mucho dinero, le propuse a mi madre hacerme cargo de los créditos, le conté que me pagaban muy bien, ella siguió pensando que yo era un mecánico excepcional. 

Había encarrilado mi vida, nunca pensé que podía dedicarme a este oficio, me costó muy poco acostumbrarme a cobrar por favores sexuales, mi moral se flexibilizó de tal manera que mi conciencia nunca me molestó. Me convertí en un profesional cotizado.

 

En crisis

Aquel día me levanté raro, noté que me faltaba algo pero no sabía el qué, tenía una cita a las cuatro de la tarde con una clienta y debía apresurarme si quería llegar a la hora. Llegué puntual, todo se desarrolló con absoluta normalidad hasta que mi clienta notó que mi pito estaba flácido, caí en la cuenta de mi extrañeza al levantarme, no me había levantado con mi habitual erección matinal. Me alarmé, me disculpé con mi acompañante y escapé atropelladamente de su casa.

El médico, después de realizar varios análisis y consultas a especialistas, me diagnosticó una disfunción eréctil de carácter psicológico generado por ansiedad, me sugirió que hiciera más deporte y que acudiera a terapia con el psicólogo. Dejé de trabajar, cancelé todas las citas y me sumí en una profunda apatía.

Tuvieron que pasar varios meses hasta que empecé a ver la luz, a ello contribuyó sustancialmente una compañera que estuvo muy pendiente de mí, el psicólogo y unas pastillas que me dejaron el pito totalmente adormecido.    

El psicólogo siempre pensó que la ansiedad no derivaba de mi trabajo, era una ansiedad vieja, de toda la vida, creada en el instante en que mi incipiente consciencia de bebé captó la conmoción en los ojos de la matrona al ver mi pito, la vergüenza y el acoso escolar hicieron el resto. 

Pude salir de esa apatía triste que me estaba destruyendo y centrarme de nuevo en la vida. Hace ya un año que vivimos juntos, mi pito volvió a tener sus erecciones matinales y yo monté un taller mecánico con la ayuda de Diego. Seguí como trabajador sexual, aunque reduje las citas sustancialmente. Intentamos llevar una vida normal de pareja pero trabajamos en exceso, le he pedido a María que reduzcamos nuestra actividad, un día no muy lejano queremos tener hijos.

 

 

Epílogo

Este texto pertenece a un cuaderno que encontré una tarde de aburrimiento hurgando en un baúl que estaba en el granero de casa de mis abuelos. La curiosidad me pudo, me lo llevé a hurtadillas y lo guardé celosamente hasta encontrar la ocasión de leerlo con tranquilidad.

En un primer momento pensé que podía tratarse de uno de esos aburridos cuadernos escolares que, por alguna extraña razón, nunca reciclamos. Una vez leído comprendí que se trataba de un testimonio muy personal enmarcado en un mundo de otro tiempo. 

Me atrevo a adivinar, aunque no lo voy a mencionar, la persona de la que se trata. Es muy probable que nadie en la familia ni en el pueblo conozca realmente la historia que se esconde detrás del protagonista del texto, sería una humillación innecesaria sacar a la luz su nombre asociado a una profesión tan peculiar.

Durante un tiempo me estuve preguntando porqué el relato se cortaba ahí, por qué el protagonista ya no quiso continuar escribiendo. Si me ciño a los avatares de la persona que sospecho, creo que pudo coincidir cuando dejaron la ciudad y se asentaron en Ganuza. Puedo imaginar que ya no sintió necesidad de escribir, que había conseguido exorcizar los demonios del pasado.

Más de una vez he pensado que viví en su tiempo y conocí algunos de los lugares donde habitó. Sus descripciones, a pesar de ser tan escuetas, son demasiado familiares. Creo que muy pronto formaré parte de su mundo.

Cuando voy a Ganuza, siempre que puedo, les hago una visita. Hablamos del pueblo y su gente, de nuestros achaques, también de los pequeños proyectos. Debajo de la humildad y la discreción puedo percibir la sabiduría que esconden. Me seducen con su presencia, no puedo dejar de escrutar sus miradas y examinar sus sonrisas, yo creo que los incomodo un poco, pero no puedo disimular la ternura que despiertan en mí.