Ganuza, Euskal herrian

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Es un día extraño, la memoria me transporta a Ganuza, a días grises de un invierno duro en el que un sueño largo tiempo esperado empezó a materializarse de una manera improvisada. Había empezado a rehabilitar un gallinero con la pretensión de hacer una casa rural. Un extraño estado de ánimo me acompañaba, me apetecía sentirme sólo, aislado, jodido de frío en casa de mi madre. Aita había fallecido y la amatxo estaba pasando este invierno en Lizarra, alejada de una casa enorme que se la comía.

Muchos viernes me iba al pueblo a trabajar, la llegada siempre daba mucha pereza. Tenía que abrir la casa y cambiarme de ropa. Hacía frío. Había prescindido de la calefacción de gasoil y utilizaba una estufa para calentar una única  habitación.

Tal vez el frío y la soledad tuvieron que ver con el presentimiento que me acompañaba. En aquellos días temí por mi pueblo, un fantasma sombrío lo empujaba irremisiblemente al vacío, a la desaparición de sus gentes y a la ruina de sus casas. La vida en Ganuza se acababa, el futuro había dejado de existir.

Un relevo generacional inexistente venía de la mano de una media de edad muy avanzada, una sola criatura tenía la responsabilidad de romper el silencio de sus calles. Un argumento sólido y muy pesado lastraba cualquier posibilidad de mirar hacia adelante, duermen 30 personas en el pueblo, muy poca gente. La carencia de servicios y expectativas alimentaba un letargo que no contribuía a ser optimista. La praxis aún podía ser más desoladora, bastaba con pasear por las calles para saber que no ibas a encontrar a nadie.

Tal vez todo se debiera a ese frío que se había instalado en mis huesos, a esa soledad que encontraba demasiadas dificultades para continuar. Es probable que nadie compartiera unas opiniones tan negativas y todo fuera fruto de una tristeza de invierno. En cualquier caso, a lo largo de esos cuatro años de rehabilitación mi perspectiva empezó a cambiar.

Los primeros atisbos los percibí después de dos años de mandato de la nueva alcaldesa del valle. Hinchables instalados en el pueblo para disfrute de los niños, comidas organizadas en torno a celebraciones como los carnavales o la fiesta del valle y, fundamentalmente, el nacimiento de un bebé que venía a acompañar la soledad del vecino más joven del pueblo. A pesar de todo seguía pesando la incertidumbre del futuro, la proporción de los mayores seguía siendo aplastante.

Un día surgió, casi de la noche a la mañana, un caserón que habían levantado en una de las fincas de Unanua, varias veces fui a ver cómo iban los finales de la obra. Me dijeron que eran de Lizarra, no dí más trascendencia al hecho, en Ganuza no todos los proyectos de casa acababan en vivienda.

Después de varios meses nos encontramos con los nuevos vecinos, una mujer, un hombre y dos niñas. Tal vez fue en este momento cuando empezó a materializarse mi optimismo, los habitantes de Ganuza habían pasado de 30 a 35 y había 4 niños con menos de 7 años.

A la par que se iba gestando el asentamiento de nuevos vecinos, se desarrollaba una intensa labor de inversión que ha llevado a la rehabilitación de varias casas, además se reformó el frontón para proteger la cancha del viento y se ha ganado un nuevo espacio de ocio al antiguo “Corral” de las ovejas.

Este desarrollo ha venido acompañado de una actitud muy positiva que ha permitido que una buena parte de sus vecinos se involucren en la organización y mantenimiento de lo público. En Ganuza, tal vez sea por el auzolan, hay una tradición bien asentada que invita a colaborar en las labores públicas, además la convivencia es fácil, hay un empeño en evitar aquellos aspectos que puedan generar problemas. Tengo la impresión de que los vecinos han envejecido bien.

Percibo en el pueblo otro aire, tal vez todo siga igual, tal vez sea yo el que ha cambiado, ahora me enfrento a la realidad de otra manera, con más posibilidades y más proyectos. Siempre pensé que no podría vivir aquí, creo que esto ha cambiado, ahora encuentro más motivaciones para disfrutar de una cotidianidad que hasta ahora se me resistía.

Voy almacenando vivencias, frustraciones y placer en este entorno privilegiado. No querría renunciar a las peñas de Lokiz, ni a los paseos por Ollogoyen o la muga de Aramendía. A lo largo de estos últimos años he ido acumulando sudor, piedra, polvo e ilusión, de alguna manera mi carácter ha cambiado, se ha contagiado de la tierra de mis ancestros.

El último gran acontecimiento fue hace unas semanas, la fiesta del Euskera, el día de la lengua. Se congregaron en la comida más de 170 personas, un sinfín de gente acudió por la tarde a celebrar los distintos actos, la trikitixa no dejó de sonar. Nunca había conocido el pueblo con tanta energía.

La vida transcurre lentamente amparada en un refugio de verde y piedra. Un leve proceso de euskaldunización ha impregnado la calle con expresiones cotidianas. Una ventana abierta a un futuro de posibilidades nos anima a seguir. Quiero estar presente en este futuro.