La boina roja




Hace ya muchos años, cuando mis padres pasaron a vivir a la casa de mis abuelos, descubrimos un mundo nuevo impregnado de viejas historias y objetos antiguos que nos sedujeron con la magia de lo ancestral. Ese caserón lleno de misterios y rincones por descubrir emborrachó mi curiosidad y me llevó a investigar todo aquello que se escondiese detrás de armarios, cajones o alacenas. 

Un día muy caluroso, buscando la umbría y el frescor de la casa, di con un nuevo armario que estaba en un pasillo de la última planta, estaba tan a la vista que ni siquiera me había dado cuenta de su presencia. Moviendo ropas y cajones vislumbré una boina roja con borla amarilla. 

Me asombré del descubrimiento, como si de un objeto mágico se tratara, la luminosidad y el brillo de los colores me transportó a un mundo solemne de héroes y grandes hazañas. El tío Andrés, el tío americano que regresó de las américas sin fortuna, había llenado mi cabeza de historias, muchas de ellas tintadas con el colorido de su vivencia de emigrante, otras llevaban la impronta de lo cercano, la añoranza de la memoria. 

Andrés Oroquieta nació en 1885, en unos tiempos relativamente apacibles. Navarra se estaba recuperando de los desastres de la última guerra carlista, los graneros se estaban llenando pero las historias y malos recuerdos aún permanecerían por mucho tiempo. De esta manera, con los relatos acumulados a lo largo de los años y la voluntad de no olvidar, una parte de la crónica de la familia quedó en manos de mi tío.

Murió cuando yo tenía 7 años, en la habitación que después sería de mis padres. Tuvo tiempo para llenar mi cabeza de historias que con el tiempo y las ausencias de la casa paterna fui olvidando. 

Hace unas semanas, estando en casa de mi madre le pedí una sudadera, me había puesto perdido de cemento. Me indicó que la cogiera del armario que hay en el pasillo de la tercera planta. Subí las escaleras, abrí las puertas del armario y empecé a mover mantas, zamarras, sábanas, … Seguí hurgando en busca de la sudadera hasta que di con una boina roja con una borla amarilla, la cogí con delicadeza y la observé con curiosidad. En un instante el estupor me sorprendió, una imagen violenta llenó mi mente de imágenes y voces, la historia de Valerio Oroquieta contada por el tío Andreś me vapuleó emocionalmente, una tristeza fúnebre se apoderó de mi estado de ánimo.

Tenía 26 años cuando estalló la guerra carlista. Se enganchó en una partida que se organizó desde Murieta, se encargaban de vigilar la carretera del Ega y hostigar a los alaveses desde Santa Cruz de Campezo.

En enero de 1874 varias unidades Navarras, entre las que se contaba la de Valerio, fueron convocadas para defender el sitio de Bilbao. Después de varios reveses y tres meses de enfrentamiento los batallones carlistas tuvieron que abandonar el asedio de la villa. En abril estuvo en Ganuza, le dieron dos semanas de permiso para recuperarse de las fatigas y una disentería. Fue la última vez que lo vieron. A mediados de abril partió de nuevo para incorporarse a su batallón. Unas alpargatas nuevas, su boina y el morral medio vacío le acompañaron.

A finales de julio, varios batallones se atrincheraron en Monte Muru, cerca de Abárzuza, con el objetivo de cortar el avance del ejército republicano. Después de varias escaramuzas se ordenó una contraofensiva, Valerio cayó de bruces en el suelo, una descarga de fusilería lo abatió. Un compañero de armas, paisano de Murugarren, vio como un proyectil le reventó el pecho, cogió su boina roja, la guardó en el morral y siguió corriendo ladera abajo.

Los carlistas consiguieron ganar la batalla, Estella seguiría en sus manos. Después de la retirada vino el recuento e identificación de los muertos, la mayoría de ellos, al igual que Valerio, fueron enterrados en fosas comunes cercanas a la iglesia de Muru. 

Transcurridos unos días, un soldado a caballo con la prestancia de un oficial se presentó en casa Oroquieta, era vecino de Murieta. Comunicó a sus padres la muerte de su hijo y les entregó la boina roja con la borla amarilla.

El tío Andrés recordaba: la entrada del jinete en el pueblo fue tan sorprendente, el colorido del uniforme tan vistoso, que todos pensaron que Valerio debió hacer algo muy grande para que la mala nueva hubiera llegado en manos de un militar de tanto postín.

La boina quedó depositada en la alacena del cuarto principal durante muchos años, hasta que un día Patro, la que fuera sobrina de Valerio, la guardó en el armario harta de ver cómo se cubría de polvo.