Un extraño vacío

Sucedió sorpresivamente, sin avisos, sin preámbulos que anunciaran los síntomas, no encontré ninguna explicación, tal vez la única señal que podría indicar algo es que ocurrió el día de mi cumpleaños.

Me levanté distinto, me sentí extraño desde el primer momento, aunque lo achaqué a las vicisitudes del despertar, a las exigencias de adaptarse a la rutina del día. Pensé que la ducha me despejaría y me encajaría en la normalidad pero no fue así, el desayuno tampoco ayudó.

El coche, la radio, la carretera aportaron una rutina ajena a la de otros días, como si el tono del paisaje hubiera adquirido un color más neutro, como si el sol de ese amanecer caluroso tuviera pereza de asomarse en el horizonte.

Subiendo las largas escaleras del despacho, ocho pisos, me ensimismé pensando en qué me estaba ocurriendo, no era el mismo, pero no sabía por qué, simplemente me sentía distinto, las sensaciones habituales que tenía en las primeras horas de la mañana habían cambiado. El sofoco de una respiración de muchas escaleras me dejó jadeante en la planta octava.

El despacho me abofeteó con un calor asfixiante, después de abrir las ventanas decidí seguir las pautas habituales de una mañana de trabajo, a ver si esa rutina de años conseguía centrarme en quién era. Puse un empeño especial, presté toda la atención, conseguí despistarme con las tareas que tenía programadas. Llegué al final de la mañana cansado, ya sólo sentía la fatiga y la necesidad de ir a comer y echar la siesta.

Después de comer la somnolencia habitual me depositó en la cama, un sueño de urgencia se apoderó de mí. Al despertarme me sentí muy raro, a los síntomas que me habían aquejado a primera hora de la mañana, se sumaban las sensaciones poco agradables del despertar de una siesta excesivamente larga. Me levanté, empecé a vagar por la casa buscando razones que explicaran por qué no me sentía como antes.

Me asomé al salón, no me sentí cómodo, el poster de Dufy me sorprendió con una opacidad que ya no contagiaba la calidez de sus colores, la chimenea, ese armatoste siempre en medio, había perdido la magia del fuego. La casa había cambiado, la sentía ajena a la querencia de los años que llevábamos en ella. 

Me senté alicaído en el sofá, la preocupación había dado paso a la asunción de una realidad desconcertante, me había convertido en un extraño. ¿Por qué?

Llegué a la conclusión de que el cambio se produjo durante la noche, mientras mal dormía un sueño lleno de pesadillas y duermevelas. Empecé a intuir que mi entorno más próximo no me decía nada, todo lo que había de afectivo en las cosas y personas se había esfumado, la indiferencia me había secuestrado. De sopetón, de la noche a la mañana, me había alejado sentimentalmente de todo, del trabajo, de mis amigos y compañeros, de mis sueños e ilusiones, de las barras de los bares, de todo aquello en que me había convertido en los últimos años. 

Mi corazón se había enfriado, ya no deseaba los besos de mis amigos ni los abrazos de mis compañeros, ya no me ilusionaba la ampliación de la casa rural, las conversaciones cálidas acompañadas de vino ya no me apetecían, pensar, preocuparme por las personas que rodeaban mi mundo había dejado de importarme.

Sentí un vacío extraño que no generaba desasosiego, acepté sin disgusto unos sentimientos vacuos que ya no me decían nada, ni siquiera unas ilusiones descoloridas carentes de profundidad me entristecieron. Me transformé en una persona anodina sin nada que proyectar ni aprender, mis emociones se empequeñecieron  con el peso de la apatía.

Dejé pasar un tiempo prudente para asimilar esta experiencia. Las personas de mi entorno apenas notaron nada, pero yo enterré una parte importante de la esencia de mi vida, el placer y el dolor de vivir se habían diluido, casi se habían evaporado. Fue un pérdida indolora, sin pesar ni tristezas, sin lamentaciones, sólo sentí la necesidad de comentarlo.

Fue un episodio extraño, en algún momento llegué a pensar que algo o alguien había usurpado una parte importante de mis sentimientos. Poco a poco ese vacío se fue llenando y conseguí recuperar una parte de mi vida. De aquella noche rara solo quedó un frío inquietante y un miedo incómodo a no emocionarme.