La huida

Fueron tiempos oscuros, la pandemia había dejado miles de muertos y la pesadumbre se había apoderado de la población, una falsa seguridad inherente a nuestro modo de vida había saltado por los aires. La desenfrenada actividad humana y sus prácticas incorregibles habían envenenando la tierra, el clima estaba cambiando muy deprisa y en significados ámbitos de la sociedad la banalidad y la mediocridad habían adquirido carácter de sabiduría.

Aquélla mañana se levantaron con ganas de huir, querían escapar de la pesada losa del desasosiego y la crispación, de una atmósfera tóxica alimentada por la intolerancia y la mezquindad que había socavado definitivamente la creencia de que un futuro mejor era posible. Un empeño absurdo por fomentar la infelicidad y el enfado había acabado por hastiarlos.

El verano había sido caluroso, durante muchos días un bochorno de desierto los había obligado a cobijarse en la oscuridad de su casa para protegerse de los rayos del sol. Decidieron huir hacia el norte, a tierras más frías de luz más tenue donde el abrigo se hacía necesario y la escasa densidad poblacional invitaba a la reclusión, a indagar en los pensamientos más olvidados y profundos, y a buscar una relación más prolífica con la naturaleza.

Cargaron el coche con cierto pesar, no sabían si regresarían, la jubilación los había liberado de las cadenas de un trabajo cómodo. Una tristeza de despedida les acompañaba, en un tiempo pensaron que esa casa sería su último refugio, pronto se dieron cuenta de que un ruido molesto y ajeno a sus inquietudes perturbaba seriamente sus vidas.

Sos del Rey Católico

La carretera, tan denostada por ellos, se convirtió en una vía de rescate que los liberó de la domesticidad que los había aplastado durante años, en un camino hacía una esperanza hasta ahora imposible. La huida fue emocionante, intensa, mezcla de sentimientos encontrados de derrota y optimismo, llegaron a percibir una chispa de luz, pensaron que había sido una buena decisión.

En la ruta fueron dejando territorios sembrados de torreones que en tiempos pasados fueron refugio frente a la barbarie de unas relaciones imposibles entre vecinos. Siguieron camino con cierto sosiego sabiendo que el turismo residencial había pacificado estas piedras dándoles un uso más lúdico.

La Foz de Arabaiun

Después de un cruce importante de carreteras, por fin, vislumbraron la entrada al recóndito valle. Redujeron la velocidad de marcha para entretenerse en un paisaje que había pasado del monte bajo a un arbolado de porte más alto, habían dejado atrás los colores matizados por la paja para pasar a una transición de verdes cada vez más intensos.

 

Otxagabia

 

Entraron en el valle y dejaron el coche a la entrada del pueblo para contemplar la aldea. Les sorprendió la belleza de sus casas de piedra. Las estrechas calles empedradas discurrían torpemente interrumpidas de vez en cuando por cuestas empinadas. Multitud de vistosos geranios rojos adornaban las fachadas y portales de las viviendas. Un puente estrecho de un solo arco surcaba el río escoltado por piedras, arces y avellanos, los aldeanos, como hormigas laboriosas, trajinaban por él sin descanso.

Hicieron una pausa en un banco de madera a la orilla del río. Ayudados del bocadillo de tortilla se ensimismaron con la experiencia visual, se estaban olvidando del pasado, estaban emergiendo paulatinamente a otro mundo, nuevas sensaciones empezaron a conformar su cerebro.

Dejaron el pueblo para dirigirse por una estrecha y empinada carretera al otro valle. Los vecinos les habían dado instrucciones para llegar a la cabaña, los últimos 500 metros los tendrían que hacer andando ya que no era posible llegar a ella en coche.

La cabaña del bosque

Con la visión de la cabaña el presente se hizo tan intenso que casi borraron de su memoria el pasado. Ya tenían planificado qué iban a hacer, venían preparados, la única tecnología que llevaban era una placa solar y un acumulador, atrás habían quedado los móviles y los portátiles, el coche lo utilizarían una vez al mes para traer provisiones del pueblo. La energía básica sería el butano y la leña, el aljibe que había al lado de la cabaña los proveería de agua.

A pesar de estar en septiembre pasaron mucho frío durante la primera noche, la cabaña estaba helada, no les dio tiempo de encender la estufa. Programaron la primera tarea, acumular leña seca para el invierno, no podían permitirse el lujo de enfermar.

Embalse de Irabia en el río Irati

Después de varios días de preparativos ya tenían la cabaña lista, era el momento de iniciar la exploración del bosque, llevaban planos topográficos y una brújula que aún no habían aprendido a utilizar. Primero empezaron a desplazarse por pistas forestales utilizadas por camiones madereros, después fueron estudiando recorridos por rutas apenas esbozadas en los planos y por último se atrevieron por veredas ignotas que les descubrieron rincones de gran belleza.

Poco a poco empezaron a intuir el latido del bosque, a entender el lenguaje de los árboles y escuchar el movimiento nervioso de las ardillas, también percibieron el susurro del arroyo y el sonido de la moto sierra apagado por la distancia.

Bosque de Zabaleta, Selva de Irati

Las criaturas iniciaron un acercamiento lento, después de mantener una distancia prudencial, las aves y los roedores se confiaron y empezaron a familiarizarse con ellos. Ya no estaban solos, multitud de seres animados les acompañaban, por primera vez notaron la protección del bosque.

Un día la magia los sorprendió. Al alba, el sol salió con fuerza para dirigir con maestría una sinfonía de colores y sonidos que los dejó extasiados. Hasta ese día no habían captado la armonía y belleza que irradiaba el bosque, fue una revelación, a partir de entonces muchos días contemplaron el amanecer.

En el bosque también había sombras, leyendas que en su día aterrorizaron a leñadores, espacios prohibidos que no era aconsejable visitar. Algunas veces, por curiosidad, se situaron en la linde de estos lugares para verlos más de cerca: la umbría era más espesa y oscura, el frío casi glacial, extraños susurros  se colaban entre los árboles. Nunca traspasaron el límite, hubiera sido una insensatez.

Refugio de Belagua

Un día, provistos de comida y sacos de dormir por si no podían regresar, iniciaron la exploración del sendero más largo que se dibujaba en el plano. Después de varias horas llegaron a un valle de cumbres muy altas y divisaron algo muy extraño en mitad de la ladera. Se fueron acercando con temor hasta ver con nitidez la silueta de una construcción futurista, se acercaron con precaución y comprobaron que era un antiguo refugio de montaña abandonado. Iniciaron el regreso a la cabaña con una sensación incómoda.

No todo era explorar, recoger leña y mantener la cabaña, también quedaba tiempo para la lectura y las manualidades. Los libros los tomaban prestados de la biblioteca del pueblo, y los utensilios y objetos de madera eran fruto de un trabajo concienzudo con el boj y el haya.

Aquel día de noviembre tocaba bajar al pueblo a recoger los víveres del mes, en la tienda les advirtieron que pronosticaban un invierno muy duro con temperaturas muy bajas y nieves copiosas. No hicieron mucho caso, cargaron el coche y regresaron a la cabaña.

Los pronósticos se confirmaron, la crudeza del invierno hizo imposible desplazarse al bosque. En el pueblo ya eran conscientes de que estaban bloqueados en la cabaña y los víveres se habrían acabado. A finales de marzo el tiempo mejoró y la nieve empezó a retirarse. El tendero del pueblo junto con un vecino que conocía muy bien la zona se acercaron con el Land Rover hasta la Cabaña, la nieve lo había cubierto todo, solo se veía la chimenea.

Con gran esfuerzo consiguieron abrirse paso hasta la puerta y entrar. La estancia estaba ordenada, notaron que faltaba la ropa de abrigo y pensaron que en algún momento del invierno habían decidido salir. Cerraron la puerta y regresaron al pueblo.

El tendero denunció la desaparición en la guardia civil, ese mismo día se organizó un operativo de búsqueda con agentes y vecinos. Pasadas dos semanas, después de peinar el bosque entre la sierra de Abodi y la muga con Francia, se dio por finalizada la búsqueda, habían pasado demasiados meses desde su última aparición.

Algunos vecinos pensaron que habían perdido un poco el juicio, se extasiaban hablando de la magia del bosque. Creen que cuando intuyeron que podían morir de inanición, decidieron dejar la cabaña y buscar el sustento en la frondosidad de los árboles.

En la intimidad de su casa el tendero no pierde la esperanza, a veces imagina que lograron encontrar alimento y refugiarse en algunas de las recónditas y desconocidas cuevas. Un día espera encontrarlos frente al mostrador comprando víveres y compartir con ellos la aventura del bosque.