La tormenta

Fotografía de AbelEscolar

La urbanización no dormía tranquila, últimamente se habían producido algunos robos que habían sembrado la alarma entre los residentes, a ello había que sumar varios conatos por ocupar una de las casas vacías. En más de una ocasión varios jóvenes habían intentado saltar la valla con sus mochilas pero tuvieron que desistir tras ser increpados y amenazados por los viandantes.

Los vecinos estaban inquietos y asustados, veían amenazas por todos los lados, no podían evitar enviar mensajes al wasap comunitario alertando sobre extraños merodeadores. La policía local fue requerida en varias ocasiones, incluso llegaron a interceptar y registrar una furgoneta sospechosa, pero no encontraron nada.

No pudimos librarnos del temor, nos contagiamos de inseguridad, cada vez nos sentíamos más vulnerables, incluso hablamos de abandonar la urbanización. 

La seguridad se convirtió en nuestra mayor preocupación. En una de esas anodinas mañanas de sábado llamaron a la puerta de la parcela dos jóvenes, vendían alarmas, se habían hecho eco de los últimos acontecimientos. Nos garantizaban tranquilidad y la certeza de que no nos iban a robar ni a agredir dentro del perímetro de nuestra casa.

A pesar de menospreciar y haber vilipendiado en más de una ocasión a esos vendedores de miedo, compramos un servicio de alarma que en teoría nos daba la confianza que necesitábamos.

Aquel 23 de agosto, a las seis de la tarde y cumpliendo las expectativas de la AEMET, el cielo se cubrió de nubes oscuras. Cerramos bien todas las ventanas y nos preparamos para ver el espectáculo de la lluvia, nos pegamos a los ventanales del jardín y seguimos atentamente el juego de las nubes hasta que la oscuridad se adueñó del cielo. 

Un estruendo violento y ensordecedor, seguido de un estallido de luz, nos obligó a retirarnos de las ventanas. Las luces se apagaron, la oscuridad se adueñó de la casa y de los exteriores. Intentamos asomarnos al wasap de la comunidad para informarnos sobre el apagón pero no hubo respuesta, el móvil no recibía señal, internet se había quedado congelada. Nos habíamos quedado incomunicados.

Encendimos varias velas, ya teníamos cierta experiencia con los apagones, y nos dispusimos a esperar pacientemente en el sofá con nuestros gatos. El ruido era ensordecedor, la lluvía venía acompañada por un viento racheado que amenazaba con introducirse por las ventanas.

Un trueno acompañado de un relámpago rompió el fragor de la tormenta. Una ráfaga de luz dibujó una sombra en el exterior, algo se había movido, alguien estaba merodeando por el jardín. Nos miramos aterrorizados, rápidamente nos dirigimos a la cocina y nos hicimos con sendos cuchillos, como habíamos visto en infinidad de películas, enrollamos uno de los brazos con toallas para protegernos de la agresión. La adrenalina nos estaba conduciendo a la locura. 

Un ruido fuerte y sordo nos alertó aún más, alguien estaba aporreando la puerta, estábamos fuera de sí. Nos miramos, nunca había visto esa mirada en mi pareja, solo podía albergar enajenación. A la de tres abrimos la puerta, nos parapetamos con los brazos protegidos y lanzamos sendas cuchilladas. Entre gritos una persona cayó al suelo, un reguero de sangre y agua empapó el felpudo, apenas pudimos vislumbrar que se trataba del vecino.

Rápidamente lo arrastramos hasta el salón de la casa y lo pusimos sobre una manta apoyando su cabeza en una almohada. A pesar de la luz de las velas pudimos dar con las gasas, el agua oxigenada y el yodo. Mientras hacíamos una cura de urgencia y taponábamos las heridas, no dejamos de disculparnos con el herido que estaba consciente pero aterrorizado.

Por fin llegó la luz, llamamos al 112 pidiendo una ambulancia. En treinta minutos ya estaban en la puerta, les comentamos qué había ocurrido y cómo habíamos intentado tratar las heridas. Nos pidieron la identificación para facilitar el parte de heridas en el hospital, no pusimos ninguna objeción. Ya en la ambulancia el vecino pudo balbucear, ¡están locos! Después de pedir nuevamente perdón al herido, pedimos a uno de los técnicos que nos llamara en cuanto supiera el estado del paciente.

Al día siguiente a primera hora se presentó la policía en casa para trasladarnos a una comisaría de Zaragoza y tomarnos declaración. En el trayecto me llamó el técnico en emergencias sanitarias de la ambulancia, me comentó que el herido se recuperaba bien y que las heridas no habían afectado a ningún órgano vital. 

Por la tarde pudimos regresar a casa. Encontramos un ambiente desolador, a las hojas y ramas rotas que tapizaban las calles se sumaba el recelo de las miradas de algunos vecinos. A las siete de la tarde un mensaje llegó al wasap de la comunidad. “Estamos consternados. Ayer por la noche ingresaron en urgencias a siete vecinos de la urbanización”.