Tiempo de espera

Un dolor insoportable me abrasó el pie izquierdo, subió por la pierna y el tronco, y acabó en mi cerebro generando un grito espasmódico envuelto por una expresión que probablemente repetí varias veces, “no puede ser”. Me había caído del andamio cortando el seto, una rama enorme me hizo perder el equilibrio. 

Me quité la bota y el calcetín, y como pude me arrastré al interior de la vivienda hasta que localicé el teléfono. Después de algunas llamadas infructuosas, logré comunicarme con Pili. En cinco minutos estaría en casa.

Para entonces los sentidos y las emociones, la razón aún estaba ofuscada, habían elaborado un diagnóstico simple, me había destrozado el pié. Compungido por un dolor persistente salimos para Zaragoza, en media hora un celador acudía con una silla de ruedas a la entrada de urgencias para conducirme hasta la ventanilla de control. 

Hasta entonces, a pesar de estar lastrado por un ánimo cabizbajo y preocupado, aún era capaz de entender qué me sucedía. Cuando me depositaron en la sala de espera de Traumatología y mi pareja se sentó a mi lado después de aparcar el coche, me abandoné, dejé de ser yo. Mis sentidos dejaron de percibir el entorno con la ayuda de un gotero de analgésicos y mis emociones se durmieron hasta casi desaparecer.

Me convertí en un vegetal acurrucado en una silla de ruedas ajeno a lo que sucedía a mi alrededor. Era consciente de que me había escondido del accidente, del ambiente ajetreado de la sala y de las horas de espera que iba a pasar en urgencias. 

Seis horas, un gotero, análisis de sangre, radiografías, un tac y un mal pronóstico, pusieron final a un ingreso voluntario en la séptima planta. Poco a poco fui abandonando mi condición vegetativa y recuperando mi sistema emocional. La misma expresión pero no verbalizada, volvía a repetirse en el cerebro, “no puede ser”.

Ya en la habitación me enfrenté a esos pequeños aunque intimidantes problemas de logística. Defecar y orinar, el primero lo resolví comiendo y bebiendo muy poco, el segundo con la ayuda de la pantalla que me separaba del paciente vecino y la complicidad de su acompañante, cuando abandonaba la habitación introducía el orinal en la cama y hacía pis. Es estúpido lo que comento, pero me ayudó a tener una estancia más relajada en el hospital.

Celebré la desaparición del protocolo que impedía descansar a los pacientes con intempestivas visitas nocturnas y ruidosos desayunos de madrugada. De las once de la noche a las ocho y media de la mañana, el silencio reinó en los pasillos. 

También celebré la norma covid, solo un acompañante por paciente. Adiós a las tertulias en habitaciones y pasillos, adiós a las molestias de los visitantes. Conseguí dormir las dos noches como un lirón, Pili me acompañaba a lo largo del día.

El poco tiempo que permanecí en el hospital me mortifiqué miserablemente pensando y repensando lo que podía haber hecho para evitar la caída. Un castigo cruel y corrosivo que me dejó tocado hasta que súbitamente desapareció.

Es probable que la soledad se convierta en nuestra aliada para aislarnos de una realidad muy desagradable, casi traumática, que nos ayuda a rumiar en silencio la fatalidad de nuestro destino.

El traumatólogo me invitó a estar un día más en el hospital pero decliné la oferta, quería salir de la burbuja hospitalaria y enfrentarme a lo cotidiano, a gestionar las consecuencias de un accidente que había paralizado mi vida.

A pesar del esfuerzo y el interés que puse en explotar las conductas y habilidades más autónomas, había un montón de actividades que requerían del concurso de mi pareja, me convertí en una persona dependiente. 

Dos semanas después acudía a la consulta de traumatología. En la sala de espera de radiología asistí a una ruidosa manifestación de pacientes quejándose de las esperas, el técnico de rayos nos comentó que sólo había una máquina vieja y dos personas, que acudiéramos al defensor del paciente.

El pronóstico del traumatólogo fue peor de lo esperado, me sorprendió con una recuperación muy larga, cinco meses. De vuelta a casa, en el coche, asumí con desesperación que mis días de trabajo en la uni habían terminado, que la rehabilitación de la casa rural quedaba paralizada y que tenía que despedirme del jardín. Decidí pedir ayuda.

Intento gestionar mis días con cursos, series y lectura, intentando ser cada día más autónomo y reconociendo constantemente la indispensable ayuda de mi pareja. La cama se ha convertido en una aliada necesaria pero incómoda y tirana, la clonación de los días me desespera pero me da la oportunidad de aprender y leer. Mi vida ha adquirido unos tonos grises que no me impiden vislumbrar un futuro esperanzador.

Poco a poco me estoy serenando, quiero encontrar el lado positivo de este accidente. Tal vez necesitaba parar, cortar drásticamente el hilo de mi vida y aparcar mis inquietudes y neuras, abandonar temporalmente los proyectos que tenía en marcha y que a veces me superaban.

He quedado varado en un tiempo de espera y reflexión, soñando con un futuro de días llenos de actividades y proyectos, y vislumbrando el final de la rehabilitación de la casa rural.

Un final bonito, casi luminoso, pero la realidad es más prosaica. La incomodidad y la frustración me incordian, el miedo y la incertidumbre acechan en la noche, los días se repiten hasta la saciedad. En este largo y tedioso camino Pili me acompaña y me cuida, no sé qué haría sin ella.