Una noche de lluvia

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Era un sábado muy lluvioso, los portales de las viviendas y los paraguas no eran suficientes para protegernos del agua, era un día de televisión y manta. A pesar de ello no nos arredramos, quedamos en el Sidecar, todos llegamos calados

La cerveza y el vino se convirtieron en el bálsamo que nos devolvió el calor, el plato de jamón en la referencia que nos dio la seguridad de que estábamos en el sitio apropiado, de que todo seguía igual. Solo estábamos los cuatro, hacía mucho tiempo que esto no sucedía, tardé en darme cuenta de que la comunicación fluía de una manera distinta.

Poco a poco nos situamos en un escenario ajeno al de otros fines de semana, una conversación sin pretensiones nos fue acercando, una complicidad de otros tiempos fue ganando espacio. Llegamos a La pasión, el ambiente relajado del bar asentó una connivencia emocional muy agradable y nos situó en un extraño trampolín que nos iba transportar en el tiempo.

Una güija invisible nos trajo personas del pasado y dibujó en la mesa coyunturas y piruetas de unas marionetas inquietas. En medio de esas marionetas nos reconocimos nosotros, arrastrados por una corriente imparable y unas ganas de vivir que no nos cabía en el cuerpo. En aquellos años, una euforia enmarcada en bares, conversaciones e ideas locas se apoderó de las calles que frecuentábamos, en algún momento nos sentimos especiales.

El tiempo transcurría deprisa, cuando las copas quedaron vacías un espejo desconsiderado nos devolvió la imagen de un presente excesivamente real, una comparación inevitable nos sumió en una reflexión de tristeza. Ya no teníamos energías para sentir de esa manera, ya no había deseo para mantener viva una ilusión, sólo quedaba el peso de los años y de las responsabilidades adquiridas.

La euforia se esfumó. Cuando salimos del bar la magia ya se había evaporado, la calle impuso el criterio de un ambiente húmedo de lluvia fría, nos devolvió a la fragilidad de unos seres que se aferran a la seguridad de rutinas repetidas, de calles ya conocidas, de locales muy frecuentados, … Una sensación de cansancio nos llevó a la barra de otra bar.

El alcohol ya empezaba a manifestar efectos no deseables, el hilo de las argumentaciones se perdía en el ruido del bar, la memoria se volvió excesivamente volatil, una extraña susceptibilidad se apoderó de todos nosotros. Decidimos coger un taxi, los dejaríamos en el portal de su casa, nosotros seguiríamos adelante.

El taxista se vio sorprendido por un jolgorio de usuarios un poco alborotados. Cuando ellos bajaron, una calma propia de esas horas se apoderó del taxi. Un ambiente más relajado permitió confesar al taxista que se había separado, que donde mejor se encontraba era en el taxi, trabajando. Sus palabras se fueron transformando en un débil hilo de voz que poco a poco se perdieron en el silencio de la noche.

A la mañana siguiente me desperté sobresaltado, en una posición extraña, con la rodillas de mi pareja a la altura de mis hombros. El dolor de cabeza y el malestar me dieron la medida de una gran resaca. Me levanté, tenía sed y la boca áspera. Me acerqué a la cocina. Me quedé estupefacto, un hombre desnudo estaba bebiendo un vaso de agua, tardé dos segundos en reconocer al taxista. No me vio, sigilosamente volví a la cama y me arrebujé entre las sábanas y el calor de mi pareja.