
Consideramos la monumentalidad de algunas ciudades andaluzas o el buen tiempo previsto en la costa mediterránea. También pensamos en el verde y montañoso Pirineo oscense. Ninguna de estas propuestas nos satisfacía. Necesitábamos el cielo, los colores y las aguas del Cantábrico, no nos podíamos imaginar en otro lugar.
Era la primera vez en 16 años que salíamos de vacaciones sin Canela. El trayecto fue emotivo. Además era un viaje de encuentro, en los últimos tiempos nos habíamos distanciado y parecía que había un acuerdo tácito en volver a retomar las riendas de la pareja.
Ver el mar fue una experiencia liberadora

Estábamos eufóricos, nos parecía imposible estar allí disfrutando de ese mar, de esa montaña de fondo, de ese verde inmune a la sequía estival. Creo que entonces fuimos realmente conscientes de la acuciante necesidad que teníamos de salir de casa.

Después de otro vino y una ración que hizo las veces de comida, nos retiramos al hotel, estábamos cansados después de cinco horas de viaje.

Un futuro mejor no exento de riesgos nos esperaba
El atardecer y la noche los llenamos de bares y conversaciones. El ambiente y los vinos nos invitaban a hablar, a sentir una alegría que había desaparecido de nuestras vidas. Era muy agradable estar sentado en una terraza, lejos de casa, hablando de esos sueños que nos separan, de esos miedos que nos unen.
El mundo lo dejamos aparte. En estas charlas pusimos algún cimiento de algo, no sé de qué exactamente. Creo que este primer día, con un sol que tenía las horas contadas, con un calor impropio de estas latitudes, nos instalamos en un universo optimista lleno de posibilidades.
Nos quedaban cuatro días por delante y anunciaban lluvias torrenciales. Cielos cubiertos y oscuros nos iban a acompañar el resto de la semana. Las excursiones programadas se verían afectadas, la estancia en la villa estaría sometida a la disciplina de los paraguas. Un ambiente apagado y gris con calles semidesiertas y bares vacíos nos aguardaba.
