Sola

sola

Fotografía de JerzyGorecki

Esta mañana me ha despertado una algarabía de luces y sonidos, no he podido evitar asomarme a la ventana, una ambulancia se ha detenido en el portal de enfrente. No sé si es una curiosidad fruto del aburrimiento o del morbo que me provoca esta situación de abatimiento generalizado, es probable que las malas noticias me ayuden a justificar este encierro voluntario.

Me levanto agotada, apenas salgo de casa, me he refugiado en este bunker del que apenas me ausento excepto para ir a trabajar, una vez a la semana, o para hacer alguna compra de urgencia, la intendencia la gestiono con el servicio a domicilio de un supermercado de al lado. 

Vivir sola se ha convertido en un tedio penoso, me gusta vivir sola, pero necesito hablar con alguien, hay demasiado silencio a mi alrededor. Los míos se han perdido en el tiempo, con mi ex, Juan, dejé de tener relación hace unos cuantos años, mi hija María se casó y vive en Berlín con un francés de Pau, de vez en cuando recibo algún mail que tardo en contestar porque no sé qué decirle.

Con mis amigas tampoco sé de qué hablar, no nos juntamos porque se ha vuelto complicado reunirse en los bares o las casas, todas estamos pendientes de este alien invisible que nos está alejando de todo, hasta de nosotras mismas. La última reunión del grupo en una terraza acabó en una espera inquietante, pendientes de los resultados de pruebas PCR, gracias a dios no hubo positivos.

Es probable que todo fuera igual a pesar de las restricciones, que no tuviera ganas de nada, tampoco de salir con mis amigas o ver a mis compañeros de trabajo. Esa tendencia a recluirme se inicio hace unos dos años, a raíz de un leve incidente en un bar, en un choque a la salida de los baños un energúmeno hizo una referencia grosera a mi edad, me sentí menospreciada y agredida.

También he perdido el gusto por la lectura, solo leo novela negra, policías con problemas y asesinos demasiado retorcidos, muertes extrañas y vidas rotas por separaciones y alcohol. No tengo ganas de enfrentarme a novelas que requieran esfuerzo o que me castiguen con mundos de pobreza y destinos marcados por tragedias inevitables.

Me he enganchado a las series de televisión, soy capaz de estar más de tres horas tirada en el sofá envuelta en guiones cómodos y simples. Tengo la casa hecha un asco, a veces los platos pueden estar dos días en el fregadero sin inmutarse, esperando a que alguien los ponga en el lavavajillas. Nadie llama, nada me obliga a mantener la casa presentable.

Ayer escuché una noticia que me sobrecogió, encontraron a un anciano muerto en su domicilio, había fallecido hacía más de una semana, los vecinos se alarmaron por el olor que desprendía el piso. ¡Qué triste! ¿Moriré también sola? Esta reflexión la hago de vez en cuando y aunque creo que será así, esta circunstancia no me desanima, es un signo más de estos tiempos, el aislamiento en el que vivimos y el desamparo en el que vamos a morir.

Tengo que hacer un esfuerzo para huir del pesimismo, a veces creo que es una excusa para rendirme. Hago planes para quedar, para escapar de esta tela de araña, pero al final desisto, no sé si no me atrevo o no me apetece.

Excepcionalmente el sábado invité a un amigo a cenar a casa, hacía mucho tiempo que no quedaba con él. Después de un abrazo sin besos iniciamos una charla entretenida hablando de todo, hasta de la familia. A la tercera copa de vino blanco, cuando servía los pimientos rellenos en la mesa, le propuse hacer el amor, aceptó con una sonrisa.

Más que echar un polvo quería sentirme protegida, amada también, ¿por qué no? Pero la propuesta la concreté en echar un polvo, tal vez fuera la forma más directa de llegar a la ternura. Es difícil decirle a un hombre “quiero sentirme protegida y amada”, es probable que se asustara ante una petición tan ambiciosa, follar es más sencillo y menos comprometido.

Aparcamos en la cama dejando el gin tonic en la mesilla, nos sentamos apoyados en la almohada y seguimos hablando como si nada hubiera pasado, como si siguiéramos en la mesa disfrutando de la copa. Ayudados por el alcohol dimos un paso más acompañando la conversación con miradas y gestos de ternura y complicidad. Poco a poco las palabras se fueron perdiendo entre besos y caricias.

A la mañana siguiente me desperté escuchando el sonido de la ducha, me dirigí al baño, el vapor del agua había creado una atmósfera irreal, no quise molestarlo con un saludo matinal. Un pis de emergencia y el desagüe del inodoro me inundaron con un aire excesivamente familiar.

Me dirigí a la cocina, necesitaba un café, mientras daba un repaso visual en busca del azúcar me fijé en el calendario, noté algo extraño, era de 1998. Lo examiné con atención, reconocí una bailarina que hacía un arabesque envuelta en un escenario de luces y colores. En ese momento Juan asomó por la puerta preguntando por María. Respiré hondo, todo había sido una pesadilla.