Deporte de alto riesgo

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En Ganuza nos alegramos mucho cuando un chico de Zufía, gran aficionado a la escalada, abrió una vía para escalar la Peña Roya,
ese paredón blanco manchado de oxido que compite en arrogancia con Morterupe. Algunos nos acercamos a la base de la peña sin otro propósito que ver esas clavijas metálicas hundidas en la roca, no hacía falta esforzar la vista, el reflejo del sol delataba sus posiciones.

Era una actividad absolutamente nueva, al senderismo, paseos a caballo, bicicleta y actividades propias del Museo de Interpretación de la Trufa, se añadía ahora la escalada deportiva. Creo que esta nueva posibilidad nos ilusionó tanto no por los deportistas que pudiera atraer sino por el carácter de la nueva actividad, quedaba muy bien en el currículum deportivo del pueblo añadir el ítem escalada.

En un primer momento hubo cierto recato en contar que ya se podía escalar la Peña Roya. Fue el propio deportista que colocó los hierros el que de alguna manera u otra nos hizo saber a todos que todavía no quería dar a conocer esta vía. Creemos que estaba preparando un vídeo, pero no estamos seguros. La cuestión es que durante más de dos años nadie hizo intenciones por difundir este pequeño secreto.

Ya casi nos habíamos olvidado que teníamos un paredón para escalar, cuando un sábado aparcó en la plaza del pueblo una furgoneta Mercedes blanca. De ella descendió una pareja, un hombre y una mujer morenos, esbeltos, atractivos. Al abrir el portón trasero ya supimos sin ninguna duda a qué venían: arneses, cuerdas, cascos, clavijas, mochilas, botas, … llenaban en un orden casi perfecto todo el espacio de equipaje de la furgoneta. Los primeros escaladores habían llegado a Ganuza.

Los saludamos y la pregunta retórica se abrió paso, ¿vais a escalar la Peña Roya? Habían leído en un blog, alguien se había ido de la lengua, de la existencia de un paredón en la Sierra de Lokiz en el que se podía practicar la escalada deportiva. A varios nos vino el mismo pensamiento, detrás de estos vendrán muchos más, ya casi empezamos a añorar una tranquilidad perdida por la afluencia incesante de deportistas y curiosos.

Les preguntamos si necesitaban ayuda, si necesitaban de alguien que les mostrara la senda que conduce a la peña. Venían bien informados, nos mostraron un mapa de la sierra de Lokiz que nunca habíamos visto, tenía anotaciones manuscritas y la senda perfectamente marcada. Declinaron la oferta con amabilidad.

En el pueblo estábamos acostumbrados a ver coches y camionetas en las que llegaban personas armadas con gorras y bastones dispuestos a subir a la Sierra, pero estos eran especiales, venían a escalar, una actividad minoritaria, arriesgada. Deporte de alto riego. Yo creo que en 30 minutos todo el pueblo se había enterado de la llegada de unos escaladores.

Los vimos desaparecer ocultados por los bojes y robles que acompañan la subida a las peñas. Por un rato nos olvidamos de ellos. En el frontón se había montado un partido a pala, la atención y los comentarios se centraron en el juego. Me seguía asombrando de la agilidad y aguante que mostraban estos jóvenes de más de 50 años, estaba acostumbrado a verlos, pero me seguía sorprendiendo su forma física.

A eso de las cuatro de la tarde ya se estaba congregando de nuevo gente en el frontón. Habían quedado para jugar otro partido después de comer, con la digestión a medio hacer, sin siesta. Estaban calentando cuando oímos gritos, provenían de Los Nogales. Por la plaza asomó el escalador que habíamos conocido por la mañana. Estaba herido, varias manchas de sangre ensuciaban su equipaje. Entre sollozos y con voz entrecortada nos dijo que su compañera había sufrido un grave accidente, se había quedado colgada de la cuerda, no había podido bajarla.

Alguien llamó al 112, Carlos y Koldo iniciaron la marcha hacia la Peña Roya con algunas cuerdas y un botiquín improvisado y otros nos quedamos con el escalador. Lo llevamos a una de las casas, limpiamos y curamos sus heridas superficiales. De su furgoneta cogimos un juego completo de ropa para que se cambiara.

Al cabo de una hora llegó desde Pamplona el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña de la guardia civil. Nos hicieron un sinfín de preguntas sobre la senda y la peña. Iniciaron la subida acompañados de Víctor. Al cabo de una hora y media vimos que habían iniciado el descenso, cuando estaban próximos, la imagen de cuatro guardias portando en una camilla el cuerpo sin vida de la escaladora se apoderó de nuestra visión. Estábamos presentes casi todo el pueblo, la tragedia se impuso, la estupefacción se adueñó de nosotros.

La furgoneta la dejaron en la plaza, precintada, el cuerpo de la escaladora lo llevaron a Pamplona, al Instituto Navarro de Medicina Legal, el escalador se quedó en la comandancia de la Guardia Civil de Estella haciendo la declaración.

Todos quedamos tocados. Intentamos olvidar esta tragedia, volver a esas rutinas que ejercemos cuando estamos en el pueblo: los partidos de pelota, el vermut, las cenas y los paseos por la sierra. Al cabo de un año aproximadamente, en el Diario de Navarra apareció una noticia que nos sobrecogió: “El juzgado de lo Penal nº 3 de Pamplona condena a Fernando de Santiago Alonso “, el escalador, “a 19 años de cárcel por homicidio en primer grado”, el artículo continuaba, “… no había habido denuncia previa de malos tratos. … sus vecinos los tenían por una pareja deportista y amable”.