Tiempos difíciles

estraperlo relato breve
Fotografía de Gorka Valencia

Eran tiempos difíciles de duras jornadas y noches cerradas. Los días que tenían porte se levantaban taciturnos y nerviosos, apenas cruzaban palabra, les esperaba un día largo y una noche interminable. No se acostumbraban, a pesar de la experiencia acumulada seguían temiendo los controles, los arrestos, las multas y las amenazas.

Se levantaban temprano, alrededor de las nueve de la mañana ya habían cargado un camión con destino a Estella. El conductor ya sabía que no debía circular por la carretera del Ega, el camino más seguro era por Zubielqui, ahí esperaban una señal para que continuaran por el túnel y un camino poco transitado hasta Estella.

En los almacenes preparaban una carga mayor con un camión más grande, al trigo que venía de Ganuza se sumaba el grano de Villatuerta o Arandigoyen, en total podían cargar alrededor de 100 sacos.

El trabajo en el almacén era ingrato, al esfuerzo que suponía desplazar un montón de sacos de 50 kilos se sumaba el recelo, temían que en cualquier momento los guardias irrumpieran con sus viejos fusiles. A pesar de que la contienda había finalizado hacía diez años, sus figuras seguían siendo excesivamente siniestras e inquietantes.

En una de esas ocasiones Serapio, cuando vio entrar a los uniformados, saltó del camión y salió pitando entre el vocerío y un disparo que alcanzó a una viga del techo. Fue una temeridad, sabían que no tenían que hacer nada, pero a Serapio se le escaparon los nervios y no pudo evitarlo. Los otros dos fueron detenidos y llevados al cuartelillo.

A las cinco de la tarde mi abuelo salía del cuartel acompañado por los dos hombres. Una conversación severa con el comandante, dos sacos de trigo y 500 pesetas, además de la promesa de presentar la autorización del porte, fueron suficientes para liberar a los detenidos y no perder la carga.

Habría que organizar otro transporte con nuevos papeles y preparar otra vez el dispositivo de vigilancia. Lo que más temían los camioneros es que fueran interceptados por la noche en un control de la benemérita, los guardias se ponían nerviosos y receleban de todo, también de los papeles que solían presentar.

En casa se notaba cuando algo salía mal, un humor de perros se adueñaba de mi abuelo. Mi tía cuenta que en una ocasión le preguntó por qué no estaban en la carretera vigilando los camiones, una bofetada fue la contestación. Era un tema tabú, no se podía hablar, era una actividad clandestina amparada en el silencio.

A pesar de las precauciones, muy de vez en cuando eran sorprendidos. Un 10 de julio, a primera hora de la mañana, se presentó la guardia civil en la casa a voz en grito, traían orden de bloquear todas las puertas de la casa e impedir que nadie saliera. Se montó un gran revuelo.

A las nueve de la mañana llegó el inspector de hacienda, venía del tribunal del estraperlo de Vitoria y traía una orden para registrar la hacienda y requisar el grano. A las diez dieron por finalizada la inspección, no encontraron nada, el inspector manifestó su contrariedad blasfemando como un energúmeno y amenazando a diestro y siniestro.

Ya en otros tiempos, mi abuelo me confesó que cualquiera le podía denunciar, lo importante era conocer cuándo iban a realizar el registro. Aquella noche les avisaron un poco tarde, apenas tuvieron tiempo de ocultar el grano, estuvieron moviendo sacos hasta el alba para dejar la mercancía en lugar seguro. Estaba bien informado.

Me hubiera gustado saber más a fondo el relato de aquellos días que transcurrieron entre vigilias nocturnas y miedos, conocer los detalles de unos viajes salpicados de robos, sobornos y guardias.

Aquellas actividades ilegales generaron unas rentas que sirvieron para mantener una prole numerosa y dar estudios a unas mujeres que engrosaron las filas de las escasas universitarias que se formaron en aquellos años de posguerra.

De mi abuelo me quedan pocos recuerdos: el andar inseguro de pasos cortos en los últimos años de su vida, un genio que heredó mi padre, una inteligencia despierta y un carácter decidido para hacer negocio en una actividad complicada y peligrosa, el estraperlo.